Fuegos artificiales Capítulo 16
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Capítulo 16

—No me jodas, que se va a parar del todo —dice Jota, de pie sobre el contenedor. Llevan un buen rato viajando a velocidad constante, pero desde hace unos minutos han notado que aminoraba—. No me lo puedo creer.

El tren se detiene por completo.

Uve se levanta, mira el paisaje nocturno que los rodea. Lu ces dispersas en el campo delatan la posición de algunas casas, algunos caminos rurales. Pero son muy pocas y están muy alejadas entre sí. En el sentido del tren, apenas alcanza a ver tres vagones de la decena que tienen por delante.

—¿Nos habrán visto? —pregunta Eme, aún sentada.

Jota responde que no, desde que se montaron hasta ahora no ha ocurrido nada que pueda delatarlos. Ni siquiera se los ve en la oscuridad. Y, si alguien los hubiera visto saltar desde el puente, el tren habría parado mucho antes.

Uve mira el reloj.

—A lo mejor es una parada programada.

—¿A estas horas? ¿En mitad de la nada? —Eme se incorpora y se frota los brazos.

Sacude los hombros presa de algún escalofrío.

Inicia una de sus búsquedas en el bolso remachado de bisutería, revolviéndolo todo, y saca una petaca metálica a la que da un sorbo fugaz—. Ya sabía yo que esto no era buena idea.

Uve intercambia una mirada con Jota, a quien se le adivinan las intenciones de pedirle bebida, pero Eme guarda la petaca enseguida.

—Sí, hombre —dice ella poniendo las palmas al cielo—, ¿también esto?

Uve nota las primeras gotas en la cara.

—Por favor, mi pelo —añade ella.

—Os dije que olía a lluvia —confirma Jota.

Uve se da cuenta de que lo dice con una leve sonrisa, de pronto convirtiendo ambos inconvenientes, el parón del tren y la lluvia, en algo que celebrar. Jota, como siempre, creciéndose ante lo inesperado, disfrutando de todo aquello que hace la vida imprevisible.

—Pero se va a mover el tren ¿o qué? —Eme se cubre la cabeza con su chaqueta vaquera—. Digo yo que tendrá que seguir el camino y entregar estas mercancías, o carbón, o lo que sea que lleva, ¿no?

—En serio —dice Jota, que extiende los brazos y eleva la cara—, ¿cuándo habéis estado vosotros bajo la lluvia, encima de un tren, en mitad del campo, de noche? ¿Cuándo os va a volver a pasar?

—Espero que nunca —responde Eme.

El golpeteo de las gotas sobre el contenedor aumenta en intensidad. Uve nota que se le moja la nuca, también el pantalón a la altura de los muslos. Con una mano en la frente busca la luz más cercana en el campo que los rodea.

—Ahí hay algo.

Señala un foco que brilla en una pequeña construcción en forma de cubo alargado, de una sola planta. También resulta visible parte de un techado de uralita.

—¿Vamos? —sugiere Eme con impaciencia.

Tanto ella como Uve esperan la respuesta de Jota, que mira al frente del tren como si pudiera sopesar el tiempo que falta para que retome la marcha. De la mochila, saca la linterna. Ilumina los alrededores de la vía en una improvisada investigación sin mucho sentido.

—Al final vas a conseguir que nos vean —dice Uve.

—Venga, vamos —insiste Eme.

Jota parece decidirse y dirige la linterna a la parte trasera del contenedor.

—Bajad por ahí.

Ilumina las barras del cierre de seguridad para que las usen de agarre.

Eme baja primero, después Uve, que se queda esperando para ayudar a Jota.

A mitad de altura, en lugar de descender como ellos, Jota salta al suelo desde el contenedor, con un alarido.

Después, iluminando el camino campo a través, lidera la marcha hacia la construcción.

Eme no deja de meter prisa para escapar de la lluvia cuanto antes.

Sus grititos repentinos, al pisar barro o tropezar con una piedra, hacen reír a Jota y Uve.

Antes de alcanzar el techado, Jota se detiene.

—Venga, sentid la lluvia —dice con los brazos al cielo—. Sentid algo.

—Ni muerta. —Eme huye del agua.

Uve le coge la mochila a Jota, para que no se moje, y va detrás de Eme.

Alcanzan refugio bajo el techo de uralita que cubre un porche con suelo de cemento.

La construcción es un almacén al que llega un camino de tierra.

En la pared, poco iluminada por el único foco encendido en lo alto de un poste, Uve distingue el dibujo hecho a mano de unos petardos, cohetes y tracas.

Escritas con letras que simulan arder, lee las palabras:

EL DIABLO

Almacén de pirotecnia.

Venta de petardos.

Bajo la lluvia estalla uno de los aullidos adrenalínicos de Jota.

—¡No sabéis lo que es vivir! —grita mientras se empapa.

—Yo vivo mejor seca —murmura Eme mientras se enciende un cigarro con el mechero. Ofrece la cajetilla a Uve, que niega con manos y cabeza—. ¿Es siempre así? Tu amigo. Así de… impulsivo.

Uve asiente.

—Seguro que lo pasáis bien. —Eme da una calada al cigarro y dedica una sonrisa fugaz a Uve—.

A lo mejor tendríamos que ser todos más como él.

Más de saltar al tren y ya está. Más de robarle el coche al tío que nos maltrata sin pensarlo dos veces.

La verdad es que creo que sin vosotros no lo habría hecho.

Uve piensa que él tampoco habría hecho muchas cosas si no fuera por Jota.

—¡Qué puto frío! —grita entonces Jota.

—Ah, claro. —Eme se ríe con una carcajada llena de humo—. Ahora.

Jota aparece bajo el techado. Su pelo ondulado, alisado por el agua, parece más largo, más negro. Lo sacude salpicando a Uve y a Eme, que suelta unos grititos de queja.

—¿Para mí no hay? —pregunta Jota señalando el cigarro.

—Sécate primero, anda —dice Eme.

Uve le cuenta a Jota que están en un almacén de pirotecnia.

—¿Qué dices? ¿En serio? ¿Pero qué le pasa a esta noche que no deja de mejorar? —contesta con una sonrisa—. ¿Y se puede entrar?

Intenta abrir la puerta, pero está cerrada. Y la única ventana que hay en esa fachada tiene rejas. Sin dudarlo, Jota sale del techado por un lateral, de nuevo bajo la lluvia y con la intención de rodear la construcción en busca de algún acceso.

—Ya, claro, como que va a poder entrar —dice Eme—. Estará todo igual de chapado.

Apenas unos segundos después, la luz de un fluorescente se enciende en el interior del almacén.

—Lo de tu amigo es muy fuerte —añade ella.

La ventana enrejada se abre desde dentro y Jota se asoma.

—¿Queríais algo? —les pregunta—. Tenemos todo tipo de petardos.

Sus dientes silban hasta explotar en una carcajada.