Capítulo 15
El rapado cae terraplén abajo.
Una vez más.
Cuanto más alto sube, más clava los talones de las botas a la tierra y más se deshace el suelo bajo sus pies, arrastrándolo de nuevo a la base.
—¡Tu puta madre! —grita a la pendiente.
Tiene la ropa llena de tierra, la siente hasta en las uñ as.
Bajo la chaqueta, la camiseta empapada en sudor se le adhiere a la espalda.
Escupe, pero el salivazo se le queda pegado a la barbilla. Se muere de sed. Lleva un rato obsesionado con la lata de cerveza que dejó en el coche antes de salir a por el niñato. Ojalá se la hubiera acabado, enterita, fresca, antes de bajar del coche.
—¡Vamos, hostia! —se grita a sí mismo para animarse.
Se palmea la cabeza como un boxeador.
Con un grito animal, emprende una nueva carrera explosiva pendiente arriba. La rabia desatada en sus extremidades tan solo remueve el terraplén bajo sus botas y manos, sin permitirle ascender.
De vuelta al suelo, brama con los puños en tensión.
Se quita la chaqueta de mala manera, como si la prenda fuera la culpable de algo. La desecha sobre un matorral. Remete el bajo de la camiseta en su pantalón, buscando algún tipo de eficiencia ergonómica.
—Ahora sí, ahora sí, ahora sí —se repite, motivado por la ligereza del cambio de ropa.
Da unos pasos atrás para alargar el impulso y se lanza a por otro duelo contra el desnivel.
A punto está de comenzar a remontarlo a lo bruto, igual que ha hecho hasta ahora, pero una idea lo detiene.
Frena en seco antes de subir. Esta vez, en lugar de ascender a toda prisa, posa un primer pie, suavemente, en una de las hendiduras que él mismo ha cavado en intentos anteriores.
Hace lo mismo con el otro pie, colocando la bota en un agujero ya formado.
Como esperaba, la tierra no se desmorona con tanta facilidad.
—Vale, vale… —susurra, como si hubiera descifrado el secreto del terraplén—. Que más vale maña que fuerza.
Prosigue la escalada buscando al tacto zonas ya aplanadas, para ayudarse también con las manos. Algún paso en falso todavía desmiga partes del terraplén, pero logra sostener el avance.
Cuando la línea de los ojos alcanza la altura de la calle, empiezan a temblarle los codos, las rodillas.
Quiere lanzar las manos a esa firmeza, pero los movimientos bruscos no le han dado buenos resultados.
Necesita subir las piernas un poco más. El último pie que ancla con firmeza al remonte le da la confianza suficiente para impulsarse.
Y, aunque ese último empujón provoca un peligroso desprendimiento, resulta suficiente para anclar los brazos a terreno firme.
Tirando de ellos, logra completar el ascenso y ponerse de pie sobre el asfalto.
Se sacude tierra de todo el cuerpo, en algunas partes se ha quedado pegada al sudor.
No esperaba encontrar otra cosa, porque oyó claramente cómo el motor se alejaba en dirección descendente, pero ver la calle vacía en el lugar donde frenó su coche por última vez reaviva su ira.
—Estáis muertos —sentencia.
Se limpia saliva seca en las comisuras de los labios.
A paso ligero, retoma la dirección que llevaba el vehículo, dejándose guiar por la ligera caída del trazado, acalorado a pesar de haberse quedado en manga corta.
Pronto alcanza el cruce con la carretera. Es una secundaria, de afueras residenciales, con un solo carril en cada sentido. Su reloj le dice que son más de la tres y media de la madrugada. Es posible que no pase ningún coche por ahí hasta el amanecer, así que más le vale buscarse la vida.
Tiene muy claro lo primero que va a hacer: llamar a la policía.
Denunciar el robo de su coche. Ojalá detengan a esa golfa, conduciendo, borracha como va, con dos menores en el vehículo.
A ver con qué cara le pide el dinero de la multa a sus padres.
Lo mismo le quitan hasta el carnet. La multa va a ser una buena hostia, pero una suya se va a llevar también en cuanto los dejen solos. Y sin pedir perdón esta vez.
El rapado se lanza a caminar por el arcén del carril derecho.
Se seca el sudor de las cejas.
Comprueba que tiene monedas en el bolsillo delantero del pantalón.
Si pasa algún coche, sacará el dedo para hacer autoestop.
Si no, en poco más de media hora, a buen paso, alcanzará una cabina telefónica.
Sabe dónde hay una: en el aparcamiento del apeadero del tren.