Capítulo 14
En mitad del puente, Jota les explica que no deben colgarse antes de que pase el primer vagón, donde va el maquinista, porque podría verlos y dar la voz de alarma.
Eso sí, en cuanto pase, tendrán que entrar en acción.
Deben salir al otro lado de la barandilla, colgarse de ella y dejarse caer sobre el tren.
Todos a la vez, eso es importante. No hay tiempo de dudar ni de tener miedo.
—A mí me da miedo —dice inmediatamente Eme al tiempo que abre su bolso para buscar algo.
—Son contenedores —aclara Jota—. Tienen el techo plano, va a ser superfácil. Lo peor que te puede pasar es que te caigas de culo. Irá muy lento, además.
Mientras ella revuelve el bolso, Uve le cuenta que él mismo acaba de saltar desde una ventana en el internado, muerto de miedo, pero que al final no ha sido para tanto. Jota se asoma a la barandilla del puente.
—Si es que no va a ser mucha distancia, en serio.
Eme deja de escarbar en su bolso.
—¿A que me lo he dejado en el coche? —se pregunta para sí misma antes de responderse—: Me lo he dejado en el coche.
—¿El qué? —pregunta Jota.
—Mi tabaco.
Jota va a decirle que no vuelva a por él, que no se arriesgue porque el tren debe de estar a punto de llegar, pero Eme alcanza el extremo del puente antes de que Jota llegue a abrir la boca.
—¡Pero corre, que viene ya! —le grita entonces, oyendo cómo baja las escaleras. Aprovecha el momento para comentar con su amigo—: Cómo está, ¿eh? Y lo que nos ha dicho que hace en el coche… Me ha puesto cachondo y todo. Me la pido, por cierto.
—Es guapa, sí —contesta Uve.
Solo por la manera en que su amigo le desvía la mirada, Jota entiende que no le ha hecho gracia que haya invitado a Eme a unirse a la fuga.
Sabe que está deseando hacérselo saber, regañarle por estropear el plan de dos.
Pero también sabe que Uve, en realidad, no va a decir nada, su amigo es muy dado a huir del conflicto.
Permanecen unos segundos en silencio, en mitad del puente.
—¿Qué te dije? —pregunta Jota tratando de animarlo—. Que a estas horas estaríamos en el puente, ¿sí o no?
Uve tan solo asiente, sin muchas ganas.
—Venga, tío, no me jodas. —Jota lleva mucho peor lo de callarse las cosas—.
Que hace un rato estabas llorando en la cocina porque no íbamos a poder escapar y ahora estamos aquí, como querías, a punto de coger el tren a la playa, y estás con esa cara, con los hombros por los suelos.
Que parece que te estoy obligando a ir. Yo.
A ti. Es que hay que joderse. —Se acerca más a él—.
Que, si lo que quiero es estar con esta tía, me piro ahora mismo con ella en el coche a cualquier lado, que no tengo que ir a casa de tu tío para nada.
Pero para nada. Arréglatelas tú como puedas.
Uve no se defiende, tampoco intenta quitarle la razón.
El silencio es su única respuesta a la mayoría de las situaciones.
—No te vayas —acaba por decir, agarrado a las correas de la mochila.
Su voz hace que Jota se sienta mal por picarlo como lo pica a veces. Tiene que dejar de hacerlo. Va a decirle que no pensaba marcharse a ningún lado y que, en realidad, sí tiene muchas ganas de conocer la isla de su tío, pero, justo en ese momento, un traqueteo lejano anuncia la llegada del tren.
Uve mira las vías, su reloj.
—Llega justo.
—Y esta no ha vuelto —añade Jota sobre Eme—. Vamos, ven, ponte aquí.
Se colocan en mitad del puente, sin acercarse aún a la barandilla, para no ser vistos.
Jota ajusta la posición de ambos, calculando lo mejor que puede dónde se encontrará la línea central de la vía y de los vagones sobre los que caerán.
A lo lejos resultan ya visibles los faros frontales de la máquina, que se aproxima al apeadero, al cruce, a ellos.
El tren avanza incluso más lento de lo que Jota esperaba, pero en unos treinta segundos, más o menos, pasará bajo sus pies.
—No le va a dar tiempo. —Dirige la mirada a la zona de aparcamiento, incapaz de discernir nada en la oscuridad—. Ella se lo pierde.
—Allá vamos —dice Uve, que vuelve a sonreír—. Voy a hacerlo sin miedo.
El metal de la estructura del puente chirría con unos pasos apresurados que ascienden por la escalera en un extremo, donde acaba apareciendo Eme.
Corre hacia ellos y los alcanza en el mismo momento en que el primer vagón ensarta el puente.
El estruendo ensordece las palabras que ella viene diciendo.
La corriente de aire que levanta el tren los envuelve a los tres.
Jota coge de los codos a Eme y a Uve, y los arrastra hacia la barandilla.
Él cabalga el riel para pasar primero una pierna, después la otra.
Los incita a imitarlo.
—¡Vamos! —les grita, aunque no sabe si pueden oírlo.
Tira de la chaqueta vaquera de Eme, de la sudadera de Uve. Ve las pulseras en la mano de ella, aferrada al riel. Ve a Uve casi tumbado sobre la barandilla. Las zapatillas de su amigo le rozan la cara. Eme le clava los talones buscando dónde pisar.
—¡Hay que colgarse! —grita Jota contra el estrépito de las vías.
Se agacha agarrado a los barrotes que hacen de balaustres hasta asir un travesaño horizontal inferior, momento en que suelta los pies.
Los demás lo imitan con menor destreza, pero acaban por quedar colgados igual que él.
Seis pies flotan en el vacío, sobre el tren.
Jota inicia una cuenta atrás, elevando la voz al máximo.
Confía en que los otros puedan escucharlo y logren sincronizar el salto.
—¡Ya! —grita después del uno.
Siente la dureza del metal contra su trasero casi al instante.
Un remolino de piernas, brazos, labios y narices lo arrolla hacia atrás.
Algo le estrangula un hombro. Es la correa del bolso de Eme.
La caída ha sido mucho menos limpia de lo esperado y los tres han acabado amontonados en un extremo del vagón.
Jota logra desenredarse de la correa y del montón de extremidades. Se arrastra al centro del contenedor.
—¿Estáis bien? —El traqueteo del tren le hace temblar la voz.
—Bien —contesta Uve batallando contra su cuerpo para lograr sentarse.
—Eso creo. —Eme lucha por atrapar el cabello que se sacude y se le enreda en la cara—. Y tengo el tabaco.
Lo muestra con una mano en alto y hace reír a Jota, que contagia su risa a Eme y también a Uve.
Los tres ríen con ganas, liberando la tensión del salto.
Jota eleva la barbilla para sentir el aire en la cara, la velocidad en el cuerpo.
Sentado con los codos enganchados en las rodillas, mira a su alrededor, al oscuro paisaje nocturno en el que solo algunas luces aparecen y desaparecen en función de la orografía del terreno.
Piensa que alguna de esas luces lejanas puede ser la de la garita a las puertas del internado, convertido ya en un irrelevante punto de luz del que ellos se alejan para siempre.
—Eh, Uve —le dice a su amigo—. Lo hemos conseguido. Vamos a brillar.
Jota se deja caer de espaldas sobre el contenedor. Extiende brazos y piernas como si dibujara un ángel sobre la nieve.