Capítulo 13
Eme detiene el coche en la zona de aparcamiento de un pequeño apeadero, visible en la oscuridad gracias a dos solitarias farolas en sus extremos. Sobre las vías, una irregula r sucesión de focos, en su mayoría fundidos, dibujan el trazado de un cruce peatonal.
—¿Ese es el puente? —pregunta ella.
—Supongo —responde Jota, que agarra la mochila y baja del coche.
Sus nudillos golpean, desde fuera, la ventanilla trasera, metiendo prisa a Uve por bajar. Antes de que pueda abrir la puerta, la cabeza de Jota reaparece en el interior del vehículo.
—¿Tú te vienes o no? —le pregunta a Eme.
—¿De verdad os vais a subir al tren así, en plan película?
—¿Se te ocurre otra manera de hacerlo? —responde Jota con una sonrisa. Después, mira a Uve—. ¿Bajas o qué?
Uve se apresura en descender del coche. Quizá de esa manera, viéndolos a ellos dos tan seguros de lo que van a hacer, Eme se sienta excluida, fuera de ese grupo espontáneo que Uve en ningún momento ha querido formar.
No es que la chica le haya caído mal, todo lo contrario, pero a Uve no le apetece compartir la compañía de Jota.
Siempre ha imaginado esta huida como algo que harían ellos dos juntos. Solos.
—Venga. —Jota, por el contrario, sigue animando a Eme—. Vente con nosotros. ¿Cuándo se te ha presentado la oportunidad de vivir una aventura así?
Ella frota el volante, da un sorbo a la lata que lleva vacía desde hace cuatro, se muerde la uña del meñique.
—Me va a matar.
Insiste en preguntar a dónde se dirigen, como si el destino del viaje pudiera alterar su decisión. Uve sisea junto a Jota, reclamando silencio, pero esta vez él no le hace caso.
—En el tren queremos llegar hasta la playa, son setecientos kilómetros —explica al interior del vehículo—. Después en la costa cogemos un ferry y ese ferry nos va a llevar a…
Uve lo interrumpe con un chistido que ni se molesta en disimular.
Jota reacciona cambiando el nombre del destino por una suerte de adivinanza.
—… a esa isla que es famosa por la fiesta, por sus discotecas y por estar llena de hippies y libertad. Todo lo contrario a nuestro internado. —Mira a Uve esperando que esté satisfecho con su discreción—. Su tío vive allí, por eso vamos.
Uve chasquea la lengua porque sabe que a Eme, seguro, le va a gustar la idea de ir a la isla. Y, si ya le preocupaba aparecer en casa de su tío, sin avisar, con Jota, llevar a una tercera persona va a complicar más las cosas.
—¿Y qué hago con el coche? —Su pregunta deja claro que se está planteando acompañarlos—. Es que creo que me estoy pasando, en serio…
—Pues a la mierda el coche —suelta Jota—. Pero, a ver, ¿tú quieres seguir teniendo algo que ver con esa rata inmunda que te ha soltado ese bofetón? ¿En serio crees que la Eme del futuro sigue con él?
Eme sale del coche dando un portazo. Jota le dedica su clásico par de aplausos y cierra la puerta del copiloto también. Exaltado, señala las vías del tren y urge a Eme a que tire por ahí la llave del coche.
—¡Tira la llave!
Eme se remanga la chaqueta vaquera, las pulseras. Llega a coger impulso para realizar el lanzamiento, pero acaba por arrepentirse.
—Es demasiado. —Abre la portezuela y desecha la llave en el interior del vehículo—. No nos pasemos.
—Mejor sí nos pasamos —contradice Jota.
Un gruñido de esfuerzo acompaña la patada que asesta contra el retrovisor exterior que tiene más cerca.
El espejo se rompe hacia atrás y queda medio colgando, como una oreja caída.
Eme se lleva las manos a la boca. Después, Jota da un puñetazo a la ventanilla, con la intención de romperla, pero solo consigue hacerse daño y acaba masajeándose los nudillos con la otra mano.
Uve lo agarra de un hombro y lo separa del coche.
Jota mira el vehículo con la misma furia con la que antes miró al rapado, esa furia con la que podía enemistarse contra lo que fuera de manera inmediata, aunque luego se le pasara enseguida. Eme rodea el coche para valorar el destrozo, pero ríe al verlo.
—Si es que se lo merece, joder.
—¡Claro que se lo merece! —añade Jota, de nuevo más eufórico que violento—. ¡Jódele más!
Eme abre esa puerta y coge la basura del suelo, de los compartimentos laterales.
Desperdiga por los asientos latas, bolsas de papel con restos de comida y servilletas usadas.
Rompe el racimo de ambientadores, arrancando con ello el retrovisor interior, y lo lanza todo contra el salpicadero.
Fuera, choca las manos con Jota, que toma una profunda inspiración.
—¿Y este olor a lluvia? —pregunta al respirar el aire nocturno—. Qué bien huele, joder. Respirad, en serio. ¡Respirad!
Jota espera a que lo hagan. Cuando Uve inspira, es cierto que el ambiente se ha inundado con el aroma a petricor que presagia lluvia, pero su olfato acaba por centrarse en el olor de la ropa de Jota.
—Hora —solicita él señalándolo con un dedo en tensión.
—Las tres y doce —lee Uve en su reloj de pulsera.
—Perfecto, vamos.
—¿No tenéis frío así vestidos? —pregunta Eme.
—Define «frío» —dice Jota.
Eme pone los ojos en blanco, vaticinando un nuevo discurso de Jota sobre la relatividad de las cosas, pero él tan solo niega con total convicción, dando a entender que cómo va a tener frío si le arde la piel de emoción y juventud, y sale corriendo hacia el puente.
Uve se sube la capucha de la sudadera.
—Un poco —responde a la pregunta de ella.
Eme le agarra la cara para calibrar ese frío. Uve nota en las mejillas que las manos de ella siguen calientes por la calefacción del coche.
—Eres muy mono. Con cara de bueno —le dice Eme—. Pero tienes un secreto.
Uve no asiente, no niega. No dice nada. Tan solo se frota las manos dentro del bolsillo frontal de la sudadera.
—No te quiero molestar, en serio —añade ella, que sonríe de manera comprensiva—. Tan solo quiero escapar, como vosotros.
Pellizca una mejilla a Uve antes de seguir a Jota, dejando tras de sí una ligera brisa de tabaco, alcohol y sandía.