Fuegos artificiales Capítulo 12
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Capítulo 12

A Jota le hace mucha gracia el caos en el interior del vehículo.

Una lata de refr esco, vacía, rueda junto a la mochila entre sus pies.

Del retrovisor cuelga un racimo de ambientadores que no huelen a nada, hay envoltorios arrugados de comida rápida en varios compartimentos, prendas desperdigadas sobre los asientos. Más latas de cerveza, algún botellín.

—Oye, pero una cosa —comienza la chica al volante—, ¿de verdad llevas una navaja?

—Qué va, qué dices —responde Jota—. Era un farol.

—Me va a matar, os lo juro.

—Que no, que acabas de tomar la mejor decisión de tu vida —dice Jota—. Menudo idiota.

—Es que me tiene harta, de verdad. Vivo con él, pero compartimos con colegas suyos.

Todo chicos, claro. Además, que son… mala gente.

—Enciende la calefacción y comprueba el flujo de aire entre los dedos—.

Me paso el día metida en un cuartucho y nuestras salidas al final son esto: beber y follar toda la noche en un coche.

Es la primera vez que Jota escucha esa palabra en boca de un adulto que no sea el conserje.

Dedica a Uve una mirada con los ojos muy abiertos, aguantando la risa.

En el asiento trasero, su amigo arquea las cejas.

La chica baja su ventanilla con la manivela y escupe a la carretera el chicle que iba mascando.

No se da cuenta de que la velocidad del aire lo envía de vuelta al interior del coche.

Enseguida coge otro chicle de un paquete en el salpicadero.

—¿Queréis? —les ofrece también a ellos—. Yo me fumaría un cigarro, la verdad, pero no puedo conducir a la vez. Si queréis vosotros, tengo ahí, en el bolso. Bueno, que no sé ni si tenéis edad de fumar.

Jota se conforma con la tira de chicle. Mientras la desenvuelve y se la mete a la boca, ve cómo Uve rechaza el ofrecimiento. Le hace una señal para que lo acepte.

—Encima es que él les hace más caso a sus colegas que a mí —continúa ella—.

Pero, claro, ¿qué hago? Pasta para buscarnos un piso para nosotros no tenemos.

Y yo a casa de mis padres no vuelvo ni muerta.

Si es que encima me fui por él, toda chula, montándola.

—La chica, más que mascar, exprime el chicle con los dientes—.

Total, que estoy jodida. Pero bastante. Ya tendréis que buscaros la vida y veréis cómo el dinero lo jode todo.

—Encuentra una lata de cerveza junto al freno de mano y la apura con un sorbo—.

Aunque ahora mismo, justo ahora, si os digo la verdad, estoy contenta.

De subidón, incluso. —Tamborilea con las uñas en el volante—.

Vosotros ¿qué? ¿Qué hacéis por la calle a estas horas?

A Jota le divierte que lo pregunte con tanta naturalidad, sin regañar por defecto a dos chicos en edad escolar que caminan por la calle un día de entre semana, de madrugada. Intercambia otra mirada con Uve, como pidiendo permiso para contarle la verdad o solo avisándole de que lo va a hacer.

—Escapar —explica Jota—. Eso hacemos.

—¿Vosotros también? —La chica vuelve a beber de la lata, inclinándola mucho—. ¿De dónde?

—Que te lo diga este. —Jota cabecea hacia el asiento trasero.

—De los gilipollas de nuestro internado —suelta Uve.

A Jota se le desborda la risa entre los dientes, recordando el día que le obligó a gritar esa palabrota a su amigo por primera vez, junto al lago.

—Así se habla, tío. —Le dedica dos aplausos—. A él le hacían la vida imposible y yo me he unido a su causa porque soy algo así como su salvador. Y porque, en realidad, yo también quiero escapar. En general. De todo. De mí mismo, incluso.

La sonrisa con la que la chica seguía la conversación se desvanece.

Parpadea como si acabara de ver a Jota por primera vez.

—Así que hemos puesto unas almohadas en la cama y nos hemos pirado —continúa él—. Y lo fuerte es que ha funcionado.

—¡Yuju! —La chica forma un puño triunfal en el aire.

Uve sonríe ahí detrás.

—¿Y a dónde ibais? —pregunta ella.

Jota le cuenta que buscaban la carretera para después caminar hasta un puente que cruza las vías del tren. Se supone que a las tres y veinte de la madrugada pasa uno de mercancías sobre el que tienen pensado dejarse caer.

La chica se aguanta la risa, pulverizando saliva.

Jota está a punto de enfadarse, pero ella se disculpa enseguida.

—¿Va en serio?

—Totalmente —responde Jota.

—Muchas películas habéis visto vosotros.

—Los trenes y los polizones existían mucho antes que las películas —responde Jota—. Necesitamos llegar a la costa para coger un ferry.

—Me estáis vacilando —insiste.

—Que no, que va en serio.

La chica busca a Uve en el retrovisor. Después vuelve a mirar a Jota. Se queda en silencio, con el parpadeo detenido, dándose tiempo a asimilarlo.

—Sois graciosísimos —dice.

Jota le explica que ya iban mal de tiempo, por una movida que les ha retrasado la salida y por el encontronazo con ellos en la calle.

—Pero tu coche nos ha venido perfecto, ahora vamos a llegar de sobra. Estamos al lado ya.

—¿Ya? No era mucho, entonces —se sorprende ella—. Y el coche no es mío, os recuerdo. Madre mía, me va a matar. Es que dejarlo es una cosa, pero llevarme su coche… Eso es pasarme cuatro pueblos. ¿Con el ferry a dónde vais?

Jota va a responder, pero algo se le clava en la espalda. Es la rodilla de Uve, a través del respaldo.

—Es secreto —responde entonces—. Pero puedes descubrirlo si te vienes con nosotros.

La rodilla en el respaldo se remueve contra sus lumbares. Jota no se desdice ni retira la invitación. Le ha caído muy bien la chica y no hay razón para que no los acompañe. Aprovecha el momento para formalizar una presentación.

—Yo soy Jota. Él es Uve. ¿Tú?

—¿Iniciales? Muchos secretos tenéis vosotros.

—Que no, que a mí siempre me han llamado así, Jota —dice Jota—. Luego él me copió, eso sí. ¿A que sí?

Mira a Uve y descubre que su amigo se ha puesto serio. Su cara, ladeada, se colorea de manera intermitente con el paso de las farolas.

—Entonces yo sería… —La chica se lo piensa—. Eme. Y el cabrón que hemos dejado atrás era… Erre.

—Erre supongo que viene de Rata y me la sopla completamente —dice Jota—, pero Eme me gusta.

Eme se ríe y acepta su nuevo nombre.

—¿No sois muy jóvenes para estar escapando? —pregunta.

—Define «joven» —contesta Jota—. ¿Poder conducir? ¿Poder beber? ¿Poder fumar? ¿Poder amar? ¿Poder pensar por ti mismo? ¿Poder saber que necesitas escapar de un puto lugar que te aplasta el espíritu?

Jota reconoce en Eme el desconcierto de quien no espera ciertas reflexiones de la boca de un chico de su edad.

Tampoco es que sea tan joven, tiene dieciséis, pero a quién le importa eso.

Qué relevancia tiene la edad en realidad.

Su amigo Uve tiene catorce y es tan listo como él.

O más. E, igualmente, qué importa ser listo.

A Jota serlo ni siquiera lo ha librado de repetir curso.

Disfrutando de la confusión que ve en el rostro de Eme, añade una pregunta para impresionarla más:

—¿Qué pasa? ¿Te parezco demasiado joven para ser tan nihilista?

Eme abre la boca, pero se toma un tiempo en responder.

—Pues que sepas que ni siquiera soy nihilista —se adelanta él—. Soy más bien absurdista.

—En serio, eres graciosísimo —acaba por decir Eme. Y, hablando al retrovisor, añade—: No sé cómo lo aguantas, pero me cae bien tu amigo.

Uve no responde y Jota se fija en que sigue serio, así que se voltea para mirarlo directamente a los ojos. Se queda así, observándolo, picándole, poniéndolo nervioso, hasta que logra resquebrajar su seriedad.

—Para —dice Uve, ya con una sonrisa.

Jota se acomoda en su asiento. De pronto, su voz sube una octava.

—Por ahí, por ahí, por ahí —repite a gritos, señalando un desvío—. Es ahí mismo.