Capítulo 11
En el internado, el aire nocturno se cuela por la ventana que se ha qu edado abierta en el descansillo de la escalera, generando una corriente fría que afecta especialmente a una de las habitaciones que hay en la segunda planta.
Ahí duermen cuatro estudiantes de cursos superiores, igual que en el otro cuarto del mismo piso.
Uno de ellos se despierta con una tiritona.
Nota la nariz más fría de lo que debería, también los brazos, que tiene destapados.
Sus sensaciones del mundo real transpiran aún al sueño y generan imágenes de sí mismo en la competición del próximo sábado, para la que lleva meses entrenando.
Se ve en la plataforma de salida, mojado, solo con un bañador.
Se siente resfriado, congelado. Se imagina siendo descalificado por ser el único nadador que tiene la piel azulada, dura como el hielo.
Podría romperse en pedacitos, como un jarrón, al lanzarse al agua de la piscina.
El silbato de un árbitro, que lo expulsa de la competición en sus sueños, se transforma en un espasmo que termina de despertarlo del todo en el mundo real.
En repentino estado de alerta, en su cama, el nadador entiende enseguida lo que está ocurriendo, porque ya ha pasado más veces: los imbéciles de abajo se han dejado abierta la ventana de la escalera.
Habrán estado fumando, de noche, en el baño, y la habrán abierto porque esa ventana ventila el pasillo mucho mejor que la de los dormitorios.
Después, se habrán quedado dormidos, tan a gusto, en sus camas, sin padecer el frío que le están haciendo pasar a él.
—Cabrones —farfulla, y se sube la sábana hasta la barbilla.
Como le ocurre a veces con las ganas de hacer pis en mitad de la noche, lucha internamente contra la idea de levantarse, quiere convencerse de que puede aguantar hasta el amanecer.
Sin embargo, un pensamiento molesto, hipocondriaco, parasita su mente: con este frío está arriesgando su salud antes de la competición del sábado.
Se está jugando el no clasificarse solo por no levantarse a cerrar una ventana que tiene bastante cerca.
En realidad, no le cuesta nada ir, cerrar y volver a la cama.
Dormir tranquilo y sin riesgo de amanecer con dolor de garganta.
—Joder —susurra cuando sabe que ya no tiene escapatoria de ese pensamiento—. Os juro que os mato.
Se quita la sábana como si llegara tarde a clase.
Baja de la cama y sale de la habitación.
Deja caer todo su peso en cada escalón, hasta el descansillo.
El aire le enfría las orejas, el cuello.
Cierra la ventana haciendo todo el ruido que puede.
Y, aunque su idea era regresar a la cama cuanto antes, ahora que ya está aquí, tiene energía y, sobre todo, ganas de hacer algo más.
Baja el tramo de escaleras que le queda hasta la primera planta.
Sin ningún sigilo, entra en el primer dormitorio, donde uno de los niñatos ronca más fuerte que los de arriba.
Les abre la ventana del cuarto por completo.
—Hala, fresquito para todos —dice.
Se dirige al siguiente dormitorio y también les abre la ventana.
Una corriente de aire infla una de las cortinas.
Antes de abandonar el cuarto, distingue, sobre un aparador cercano a una de las camas en la que alguien duerme tapado hasta la coronilla, un despertador de timbre.
Lo coge. En la oscuridad brillan el minutero y el segundero, además de la tercera manilla, más corta y gruesa, que establece la hora de la alarma.
Está programada para las ocho de la mañana.
—No duermo yo —susurra el nadador—, no duerme nadie.
Gira la clavija trasera para restarles a todos una hora de sueño, estableciendo el despertador a las siete, incluso un poco antes.
Al devolverlo al aparador, la vibración de los timbres superiores produce una leve nota, como de bicicleta bajando un bordillo.
En el pasillo, el nadador no identifica ni rastro del olor a tabaco que supuso que inició todo esto. Claro, por eso abren la ventana del descansillo, porque da un excelente resultado de ventilación.
De vuelta a su cama, el nadador cae dormido enseguida.