Fuegos artificiales Capítulo 10
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Capítulo 10

En el aire flota olor a goma quemada.

El coche se detiene en seco.

La inercia del frenazo manda el cuerpo de Jota rodando capó abajo, al charco luminoso que los faros proyectan sobre el asfalto. Uve corre hacia el bulto en el suelo, se arrodilla junto a él. Las luces lo deslumbran y no puede ver nada.

—¿Jota? —Encuentra su cabeza al tacto—. ¡Jota!

Posa una mano en su pecho, esperando sentir una inspiración que no llega. Sigue buscando algún rastro de respiración en su tripa, preparándose para enfrentar el peor de los escenarios. Uno que repetiría un aciago patrón.

—Buah, qué flipe —dice Jota entonces, su abdomen duro de repente—. Ha tenido que molar verlo, ¿no?

El cuerpo se esfuma bajo las manos de Uve, que se hace visera con ellas para protegerse de los faros.

—Pero qué flipe, tío, que he salido volando.

—Tras levantarse con agilidad, Jota alza los brazos y lanza un triple aullido poseído por la adrenalina, como si el atropello hubiera sido una práctica voluntaria de algún deporte de riesgo.

Cuando baja los puños, se mira las manos.

Arranca guijarros y trozos de piel raspada.

Uve percibe exageración en su júbilo, como si se esforzara por no pensar en otra cosa—. Buah, chaval, qué pasada.

Mientras él opera su palma, se oye cómo se abre la puerta del conductor del coche. Sin entender muy bien qué está pasando, Uve ve cómo Jota desaparece del campo luminoso, empujado por la silueta de un hombre que lo insulta.

—… como un puto conejo. ¿Qué mierda te crees que haces? —Es una voz cascada, como si hubiera tragado alambre de espino—. Te podría haber matado, gilipollas. La hostia que me he dado contra el volante.

Uve se aproxima al altercado. Espera encontrar a un señor mayor, de la edad del director del internado más o menos, pero en realidad es un chico que no debe de sacarles tantos años.

Diez, como mucho. En lo que sí les gana es en altura y corpulencia, por muchos centímetros y más kilos.

Lleva la cabeza rapada y una chaqueta de color verde militar con el forro naranja.

El pantalón vaquero, ajustado, termina en unas botas negras anudadas hasta arriba.

El chico registra la llegada de Uve con una mirada turbia, de ojos vidriosos y enrojecidos.

A pesar de la agresiva presencia frente a ellos, Jota no se amilana.

—A lo mejor eso es porque no llevabas puesto el cinturón —dice.

—¿Me estás vacilando? —Su aliento esparce olor a cerveza.

—Me estarás vacilando tú a mí —replica Jota sin un ápice de temor—. Que me has atropellado tú a mí, tío. ¿Y encima la culpa es mía?

—Pero si te has lanzado al coche, gilipollas. Y mira cómo celebrabais. —Los señala a los dos como si para él fueran críos—. Inconsciente, que eres un inconsciente.

—¿Más inconsciente que tú conduciendo con esa borrachera? —suelta Jota—. ¿O menos?

El rapado le propina un empujón que lo obliga a dar varios pasos hacia atrás para no caer. En lugar de huir, Jota regresa, con el pecho hinchado. Aunque el otro le saca una cabeza entera, Jota le increpa con la cara ardiendo, sin tomar aire, sin hacer pausas.

—Vuelve a hacer eso, hijoputa, y te rajo con la navaja que llevo en la mochila, que conmigo te estás equivocando y no me importa una mierda ni tu vida ni la mía ni la de quien sea y te puedo matar aquí mismo, aunque no te lo creas.

Uve ya ha visto así de enajenado a Jota en otras ocasiones, con la mirada llena de tormenta y la saliva espesándosele en la boca, pero no tiene constancia de que lleve una navaja, o el cúter, en la mochila.

Ha de ser puro ladrido inofensivo. La ferocidad del ataque logra descolocar al rapado solo un instante.

Enseguida se recompone y da una simple toba en la frente a Jota, reduciendo su ferocidad animal a la molesta presencia de un mosquito.

—Quítate, pringado.

Jota respira entre dientes, más indignado, más rojo aún. A toda velocidad, lleva la mochila al frente.

—¿Quieres verla? —dice a tenor de la navaja—. ¿Te la saco? ¿O te saco otra cosa?

La provocación termina por hacer explotar al rapado, que aprieta el cuello de Jota con una mano. El ahogamiento llena su frente de venas inflamadas.

Uve oye que se abre otra puerta en el coche. Los faros lo ciegan al mirar hacia allá. Una carrera explosiva, de pasos cortos, los alcanza.

—¿Estás tonto? —La dueña de la voz femenina la emprende a puñetazos contra la espalda del rapado—. ¡Que lo sueltes!

Un montón de pulseras cascabelean cuando extiende el brazo para alcanzar la cabeza del atacante, la cual araña con uñas largas, esmaltadas en rosa intenso. El zarpazo hace voltear al rapado, que suelta a Jota para centrar toda su furia en la chica.

—Hazme eso una vez más, una sola vez más en tu vida, y te juro por mi madre, niña, que te mando a la mierda, pero para siempre.

—Pero ¿tú te has visto? ¿Peleando con unos niños? Animal, que eres un animal —responde ella. Después, se dirige a ellos—: Estáis bien, ¿no? Menudo susto, creí que te habíamos matado. Perdonad, ¿eh?, que íbamos a otras cosas.

Jota trata de recuperar el aliento, tose encorvado, con las manos en las rodillas.

La chica espera algún gesto de Uve, que asiente para confirmar que están bien. Ella lleva el pelo cardado, parte recogido con una goma voluminosa. La tela vaquera de su chaqueta, con hombreras y muy corta, es casi del mismo azul que los tejanos de tiro alto.

—¿A dónde vais? —pregunta ella.

Retoma un chicle que había dejado de mascar.

—Sí, tú encima hazte amiguita de ellos —suelta el rapado, y sacude los brazos.

—Anda, relájate —replica ella—, que estás muy animal.

Imitando, precisamente, a un animal, usa las mismas uñas de antes para arañarle la cara, de forma cariñosa.

Y, aunque la intención de ella parece la de calmarlo con una caricia, él la agarra de la muñeca.

Las pulseras se deslizan hacia el codo por debajo de la manga de la chaqueta.

El rapado afila su mirada vidriosa recordando la amenaza que lanzó antes sobre lo de arañarle.

Furiosa, ella sacude el brazo, consigue zafarse.

—Estás loco —le suelta a la cara.

Él le suelta a ella una bofetada desmedida que, como el grito de Jota, genera eco en alguna esquina de esas calles. La chica se lleva las manos a la mejilla golpeada. Lo mira en silencio, con la boca abierta.

—Hostia, niña, otra vez, perdóname —dice el rapado enseguida—. Se me ha escapado.

Sin mediar palabra, la chica se lanza contra él, convertida en un remolino de furia felina, todo codazos, uñas y gemidos de esfuerzo. El rapado logra mantenerla a raya con sencillos empujones.

Jota, que recupera en ese momento el aliento y la posición erguida, corre a la pelea y se incorpora a los ataques de la chica, sumando puños y patadas a la ofensiva.

Uve no se lo piensa y se añade también al ataque.

El tres contra uno les da la suficiente ventaja para que el rapado prefiera alejarse, caminando hacia atrás.

Pero ellos siguen atacando como un cancerbero.

—Pero qué es esto, qué asco, dejadme en paz —grita él escudándose como puede con antebrazos y rodillas.

El improvisado escuadrón no tiene un objetivo claro, quizá simplemente liberar diferentes iras, pero el embate acaba por llevar al rapado al borde de la calle, que se convierte en tierra.

Y la tierra, en terraplén. Es un desnivel similar al que antes remontaron Jota y Uve, pero más inclinado y mucho más profundo.

El rapado pierde el equilibro cuando sus talones, sus botas enteras, son devorados como por tierras movedizas, que lo hacen caer hacia delante.

Trata de agarrarse a alguno de los brazos que lo atacan, que ahora se retraen como tentáculos.

El rapado acaba por caer de boca contra la tierra, que se desmorona bajo su peso y lo obliga a deslizarse terraplén abajo.

Los tres atacantes retroceden lo justo para que no se los trague el desprendimiento.

De la mochila, Jota saca no una navaja, sino la linterna que no ha usado hasta ese momento.

Ilumina con el foco la pendiente de tierra hasta alcanzar el fondo, al menos cinco metros por debajo del nivel de la calle.

Allí, entre matorrales que marcan el inicio del bosque, el rapado batalla contra la voluble rampa, que se deshace bajo sus botas cada vez que intenta escalarla.

Jota se ríe al verlo.

—¡Que te jodan! —le grita desde arriba.

Para picarlo, agita la linterna logrando que el foco baile a su alrededor.

El efecto hace reír a todos.

Él bufa varias veces, infectado de rabia.

Al no tener a nadie más cerca, se da una bofetada a sí mismo.

—¡Niña, no me toques los cojones! —vocifera.

—Te toco lo que me dé la gana. Y la que te manda a la mierda para siempre soy yo. —La chica se señala a sí misma con un dedo en tensión, sus pulseras cascabeleando—. Pero para siempre. Que estaba deseando hacerlo. Irme lejos de tu puto lado.

Jota aplaude a esas palabras, ríe, suelta improperios. Uve se anima también y grita el primer insulto que se le ocurre.

—¡Maltratador!

La chica aplaude.

—¡Justo! ¡Un cabrón maltratador! ¡Eso es lo que eres!

El rapado bufa, gruñe. La ira lo impulsa y logra subir hasta la mitad del desnivel, pero la avalancha que él mismo genera lo hace descender. En un momento que el foco de la linterna le ilumina el rostro, los ojos parecen brillar en la oscuridad, como los de una fiera.

—Estáis muertos —amenaza.

Uve nota la mano de la chica agarrándolo del brazo. También coge a Jota.

—Venid, venid —dice mientras tira de ellos—. Ay, madre, qué fuerte va a ser esto.

Desde abajo, aunque no pueda verlos, el rapado debe de intuir sus intenciones, porque se le oye vociferar:

—¡Ni se te ocurra, hija de puta!

Ella aligera el paso, llevándolos hacia el coche, y deja escapar alguna risita nerviosa. Uve puede oler el chicle de sandía que mastica, pero también su ropa y su respiración, que huelen a tabaco y a cerveza tanto como las del rapado.

—Vamos, vamos, subid.

Uve quiere consultar con Jota si no deberían evitar dejarse arrastrar por esta reyerta sentimental, pero se lo encuentra abriendo la puerta del copiloto.

—Flipo —exclama subiéndose al coche—. Esto es lo máximo.

Uve se sienta detrás.

Al volante, la chica los mira a ambos, con las manos en la boca.

Sus pendientes de aro se balancean.

—Estoy loca —dice. Enseguida, echa el asiento hacia delante, busca la llave, enciende el motor y mete primera—. Estoy loquísima.

Pisa con ganas el acelerador dejando escapar una carcajada que se mezcla con las de Jota. Él, además, vuelve a aullar, disfrutando de la inyección de adrenalina.