Capítulo 9
Con un gruñido de empeño, Jota alcanza la cima de un terraplén que los saca por fin del bosque.
Pisa el asfalto varias veces. Arrastra la suela para retirar barro, hojas podridas, agujas de pin o.
Uve va tras él, superando el mismo remonte con mayor esfuerzo.
Frota sus zapatillas contra la calle y disfruta del firme terreno.
Llevan un buen rato caminando por el campo, a oscuras, iluminados solo por la luz de la luna.
Jota quería encender la linterna enseguida, Uve prefirió ser precavido.
Aprovechó el camino para relatarle a Jota la imprevista incursión del conserje en la casa y cómo el engaño de las almohadas bajo las colchas había surtido efecto.
La calle a la que han salido es pequeña, residencial. No han abandonado todavía la zona de urbanizaciones a la que pertenece el internado, pero saben que, si toman cualquiera de estas calles en sentido descendente, deberían llegar a la carretera.
—Qué gusto —dice Jota, que agradece el asfalto—. ¡Y qué gusto también poder gritar! ¡Joder!
Uve lo manda callar.
—Venga ya, tío, relájate, que estamos lejísimos.
Uve aclara que no le preocupa que los oigan en el internado, sino algún vecino de la urbanización.
—Somos dos personas normales, libres, caminando por la calle. —Jota le da un par de toques en la frente—. Tienes que empezar a pensar que hay vida más allá del internado. Esta vida. —Abarca con los brazos la nueva inmensidad que los rodea—. El internado aquí ya no significa nada. ¡Nada! ¡¡Nada!!
El último grito, apoteósico, origina eco en algún lugar del entramado de calles. El volumen preocupa a Uve, pero la exaltación y el entusiasmo de Jota se le contagian. Tiene razón. Esto querían. Salir de allí. Estar fuera.
Y lo han conseguido.
Ni siquiera han abandonado las urbanizaciones y el mundo ya parece otro. Más grande, más colorido, lleno de posibilidades.
En mitad de la calle, Jota hace un giro con los brazos extendidos. La sudadera cuya cremallera desabrochó a mitad de camino, acalorado por la excursión a pesar del frío, hace vuelo con el movimiento.
—Nos hemos ido de ese sitio que nos consumía para esto. Para vivir. Para gritar. Para hacer lo que nos dé la gana. —Mira de frente a Uve—. Que la vida no tiene sentido, Uve. Que da igual todo. Que puedes gritar.
Uve se aclara la voz como si necesitara despertar esas cuerdas vocales que han estado reprimidas toda la noche. O que llevan toda la vida cohibidas para decir ciertas verdades. El carraspeo que resulta decepciona a Jota.
—Grita, Uve.
—¿Y qué digo?
—Que grites, tío, lo que sea. —Para animarlo, Jota repite el grito de antes—: ¡Nada! — Su aliento se convierte en vaho contra el cielo nocturno.
Uve se deja llevar. Libera su garganta como hizo en la orilla del lago. Y, aunque su intención, hasta el último instante, es gritar la misma palabra que Jota, los labios o su inconsciente acaban pronunciando otra:
—¡Buuum!
La vocal alargada se convierte en un ligero gallo cuando él mismo se sorprende de lo que está diciendo, pero termina el grito con fuerza y a gran volumen. Los dientes de Jota empiezan a silbar y la olla a presión de sus carcajadas estalla en mitad de la calle.
—¡Eso es, tío! —logra decir entre risas—. ¡Que se prepare el mundo, que vamos a brillar! ¡Vamos a explotar!
Abre y cierra las manos, dirigidas al cielo.
Después, le pone un brazo encima a Uve, que nota la acalorada humedad de todo su cuerpo.
La camiseta, la sudadera y la piel de Jota transpiran el olor de la colonia que usa siempre, la que se echa con las manos a los lados del cuello.
Incluso en una noche fría de otoño, Jota siempre hace pensar a Uve en las noches perfectas de algún verano futuro.
Lo imagina caminando por la playa, con una camisa abierta sobre un pantalón corto vaquero y el walkman enganchado a una de las trabillas.
—Verás mañana la que se va a liar —dice Uve, tan animado de pronto que hasta le divierte pensar en la reacción que generará su fuga, algo que lo ha tenido preocupado durante semanas—. La cara que van a poner todos cuando se despierten y vean que solo somos unas almohadas en las camas.
Jota se separa.
—¿Mañana? —Frunce el ceño, exagerando confusión—. ¿Eso qué es? No me suena de nada esa palabra. —Coge a Uve por los hombros como un capitán de equipo que diera la instrucción definitiva a su mejor jugador—. Mañana no existe, Uve. Solo existe hoy. ¡Solo hoy!
Uve intuye lo que hará a continuación y se tapa los oídos con las manos.
—¡¡Solo hoy!! —grita Jota incluso más alto de lo que ha gritado hasta ahora.
Como si no pudiera contener el torrente de jovial energía que le proporciona saber que no hay futuro, que solamente importa el presente, Jota sale corriendo calle abajo, repitiendo su consigna a gritos hasta alcanzar un cruce que ignora por completo.
Uve oye el chillido de un frenazo al mismo tiempo que aparece el resplandor de unos faros.
Ve brillar esos faros, haciéndose grandes, en los ojos aterrorizados de Jota.
Con la boca muy abierta en mitad de uno de sus gritos, pero mudo de repente, el cuerpo de Jota se precipita contra la luna delantera del coche que lo acaba de atropellar.