Fuegos artificiales Capítulo 8
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Capítulo 8

—A ver, que está asegurada, tío, con tornillos —dice Jota sobre la única ventana de la cocina—. Hubiéramos salido por ahí desde el principio si no.

Uve trata de abrirla desde dentro, sin razón, ambos saben que es imposible. Tornillos y un cerrojo impiden que corra. Lo comprobaron días atrás. Esa ventana nunca se abre y está bloqueada por seguridad.

—¿Y qué hago?

Más que escuchar, Jota intuye las palabras susurradas de Uve. Le resulta graciosa la inmediata desesperación de su amigo, que vocaliza con los ojos muy abiertos, las palmas extendidas al techo formulando una pregunta sin respuesta.

—Vas a tener que salir por delante, tío —responde Jota.

—Sí, hombre. Me ve el Búho, seguro. Y el dormitorio del director da a ese lado.

Ambos acompañan el diálogo con aspavientos que ilustran lo que dicen, contrarrestando con mímica el bajo volumen de sus voces.

—Por favor… —El gesto que hace Uve ahora es el de suplicar con las manos—. No me quiero quedar.

Cuando la angustia de su amigo deja de ser divertida, Jota se pone serio. Da unos pasos atrás y extiende una mano en el aire, midiendo un palmo de alguna distancia en la fachada trasera.

—Yo creo que puedes —le susurra a Uve en el quicio de la puerta—. En serio, no está tan alta.

—Que puedo ¿qué?

—Saltar por la ventana de la escalera.

Uve sacude la cabeza al instante.

—Dijimos que no. Que era peligroso.

—Que no, que sí que puedes. Te cuelgas y ya. Es dejarse caer.

Uve sigue diciendo que no con la cabeza, pero Jota empieza a asentir.

—Como primera opción a lo mejor no, pero ahora… En serio, no es para tanto.

La ventana se encuentra en un pequeño descansillo que hay en las escaleras que suben a la segunda planta. Su distancia al suelo es algo mayor que la de las ventanas del primer piso.

—Que es muchísimo —dice Uve—. No puedo. Me voy a romper las piernas.

—¿Y puedes quedarte ahí dentro? ¿Ves al Uve del futuro despertándose otra vez en el cuarto?

La respuesta es silenciosa, no hace falta pronunciarla.

—No hay otra salida, Uve —añade Jota—. Venga, que no tenemos tiempo.

Uve reacciona como si hubiera perdido de repente el miedo a las alturas, a los huesos fracturados.

Jota lo ve esfumarse entre las sombras de la cocina.

Lo imagina entrando al vestíbulo, subiendo las escaleras.

Mientras, él se desplaza a la parte inferior de la ventana, a esperar a que se asome.

Cuando lo hace, el rostro desencajado con el que Uve lo mira desde las alturas lo obliga a morderse la lengua para no reír.

Jota levanta una mano y marca un tamaño pequeñísimo entre el índice y el pulgar, restándole importancia a la altura.

Desde abajo, en realidad, no es para tanto.

Si Uve se cuelga, la distancia entre los pies y el suelo será bastante asumible.

Siempre existe el riesgo de una mala caída, pero no tiene por qué darse.

Uve no se mueve.

Jota da dos palmadas silenciosas, llamando a la acción.

Y tiene ganas de aplaudir de verdad, de silbar y de saltar cuando ve cómo su amigo, aún con brazos temblorosos, se encarama al alféizar de la ventana, gira sobre sí mismo y se queda colgando en el aire, enfrentándose a un miedo, aunque fuera solo por huir de otro miedo mayor.

Jota piensa que, al final, las personas acaban viviendo en el espacio delimitado por las fronteras de sus diferentes miedos.

Las punteras de las zapatillas de Uve rascan cemento entre los ladrillos de la fachada.

Jota sacude los guijarros que le caen en la cara, se los quita de los ojos.

Se aparta para dejar libre la zona de aterrizaje.

—Venga —dice en el susurro más alto que se atreve a proferir—. Salta. Ya.

Más guijarros caen desde arriba.

Uve sigue colgado.

—Ya. Vamos. Suéltate.

Jota da un salto y alcanza a tocar, con la punta de los dedos, un lateral del pie de Uve. El toque debe de servirle de estímulo definitivo porque, justo después, su anatomía se precipita al suelo. Varios gemidos acompañan una caída que se completa en cuatro fases: pies, culo, espalda y cabeza.

Uve termina tirado bocarriba, la cara ladeada sobre el césped.

—¿Estás bien? —pregunta Jota, aguantándose la risa.

Con el impacto, se ha salido parte del contenido de la mochila a la que Uve no le cerró la cremallera. Incluyendo el sobre a por el que ha regresado, ese tan importante.

El sobre se ha abierto y todo el dinero que contenía ha quedado desparramado sobre el césped.

Decenas de billetes amenazan con echar a volar, atrapados entre las briznas de hierba.

—Estás bien, ¿no? —insiste Jota. Acepta como respuesta un gemido afirmativo y, en lugar de ofrecer ayuda, salta a recuperar el dinero. Lo recoge a toda prisa, pisando algunos billetes justo antes de que salgan volando—. Casi lo perdemos todo.

En el proceso, Uve se recompone y se incorpora. Recupera otras cosas que se han salido de la mochila, como el folleto de los ferris o la llave del cajón que espera no volver a necesitar nunca.

—Que he saltado. —Mira hacia la ventana como si fuera la de un rascacielos—. He saltado desde ahí arriba.

A Jota le gusta ver sonreír a su amigo.

—¿Te duele algo?

—Qué va. —Se sacude césped del pantalón—. Si estoy perfecto.

Jota termina de reunir el dinero y da forma a un grueso fajo de billetes.

—Y aquí está la dirección y el teléfono de tu tío, ¿no? —Mira la información escrita en el dorso del sobre—. O sea que lo tenemos todo.

—Todo.

Uve va a coger el dinero, pero Jota retira las manos.

—Espera, mejor vamos a hacer una cosa. —Jota divide el fajo en dos partes iguales. Una mitad la devuelve al sobre y se lo entrega a Uve. La otra mitad se la mete en un bolsillo de la sudadera, lo cierra con cremallera—. Por si nos tenemos que separar.

—No…, no nos vamos a separar.

—Claro que no. —Jota le toca el hombro—. Pero por si acaso.

Uve, pensativo, se toma su tiempo en guardar el sobre en el compartimento delantero de la mochila.

—Es tardísimo, tío. —Jota le cierra la cremallera, metiéndole prisa—. Vamos.