Fuegos artificiales Capítulo 7
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Capítulo 7

El conserje accede a las casas de los estudiantes por la entrada principal de cada una, en las fachadas delanteras.

Su garita se e ncuentra allí afuera, junto a la barrera levadiza que da acceso a los terrenos del internado.

Si esta incursión correspondía a la ronda de la una, se trataba de un nuevo récord de tardanza.

Uve se detiene en lo alto de la escalera, sujeto al pasamanos, preparado para reaccionar.

Tendrá que regresar a la cama, meterse vestido bajo las sábanas.

La pisada pesada del Búho se aproxima a la base de la escalera.

El campo de luz de la linterna que lo acompaña lame algunos escalones inferiores.

Uve deja de respirar.

Suelta el pasamanos y da un lentísimo paso atrás.

Se detiene en cuanto el campo luminoso desaparece.

El conserje ha pasado de largo y continúa su camino más allá de la escalera.

Como suponía Uve, no está realizando la ronda de la una.

Se tratará, más bien, de una de sus clandestinas visitas al baño de la casa, al aseo que hay junto a la cocina.

Tiene técnicamente prohibido usarlo, porque dispone de un baño portátil exterior detrás de su garita, pero él prefiere entrar a este.

Sobre todo, cuando hace frío. Como ha defendido en voz alta alguna vez, su culo no es menos importante que el de nadie.

Lo mismo hace con la cocina: en su caseta tiene hervidor, neverita y hasta microondas, con lo caros que son, pero él sigue entrando a la cocina de la casa porque quiere que el café con el que sobrevive a la noche sea de cafetera italiana y para prepararlo necesita un fogón.

También entra a veces para coger hielos grandes, tipo roca, de las bolsas que hay en el frigorífico o para robarles alguna fruta o bollería del desayuno.

La puerta del aseo se cierra, Uve oye cómo se desliza el seguro interior.

Va a tardar.

Inquieto, mira el reloj.

En poco más de veinte minutos, Jota se va.

Espera que, al menos, el conserje no haya entrado al baño con un libro o una revista.

Con el paso de los minutos, hasta ocho, Uve se plantea bajar. Arriesgarse a cruzar frente a la puerta del aseo, escapar delante de las narices del Búho. Se ve capaz de conseguirlo.

Cuando reúne el valor, baja el primer escalón.

En ese mismo momento, el conserje vacía la cisterna.

Descorre el seguro, abre la puerta.

Sale del baño con un golpe hueco de su zapato.

Uve se aferra al pasamanos.

Solo tiene que quedarse en esta postura, inmóvil. Esperar agazapado en la oscuridad a que el conserje se marche por donde ha venido. Que regrese a su garita satisfecho de haber usado el baño prohibido una noche más, dando a su trasero ese trato de importancia que merece tanto como los demás.

Sin embargo, el Búho toma la dirección opuesta a la salida de la casa.

Uve baja varios escalones para poder seguir su trayectoria.

Cuando lo oye entrar en la cocina, la angustia se aferra a su estómago. Del bolsillo, saca el trozo de papel con el que pensaba volver a atrancar la puerta al salir. No creyó necesario usarlo durante los escasos minutos que pensaba invertir aquí dentro.

Lo mira sabiendo que la puerta se ha quedado entornada.

El conserje se va a dar cuenta.

Es imposible que no lo haga.

Si no lo descubre a la vista, lo alertarán la corriente fría y el olor de las arizónicas, que deben de estar colándose por la rendija entreabierta.

Uve oye cómo el Búho abre y cierra un armario. Oye el crujido plástico del envoltorio de alguna pieza de bollería, típico antojo de sus hurtos nocturnos. Oye el pedal del cubo de la basura, la tapa golpeando la pared, el envoltorio siendo desechado.

Y oye también lo que más temía: el manojo de llaves desenganchándose de su cinturón. Cadenitas, anillos y llaveros tintinean entre sí y contra la puerta metálica de la cocina cuando gira la cerradura. Dos veces.

Durante el total silencio posterior, Uve imagina al conserje con la mano aún en la llave, tratando de hacer memoria sobre por qué ha encontrado abierta esa puerta.

Si se le ha olvidado cerrarla antes o si hay algo más que se le haya escapado.

Uve recuerda cómo Jota le contó antes la manera en que había engañado al conserje, mientras se comía un yogur, diciéndole que la puerta la había cerrado ya el director.

Si el Búho recordaba ahora esa conversación, la chulería extra de Jota podía costarles muy cara.

De pronto, el zapato extragrande golpea el suelo con una cadencia que sorprende a Uve, por inesperadamente rápida.

Uve sube escalones de espaldas, pisando con la mayor ligereza que puede.

Recula por el pasillo al tiempo que oye cómo el conserje comienza a subir la escalera.

Sin tiempo de pensar, ni de alcanzar su dormitorio, Uve se cuela en el baño en el momento en que el haz de la linterna atraviesa el espacio.

Con las palmas y los talones adheridos a la pared interior del baño, Uve tan solo cierra los ojos y suplica mentalmente, como hizo antes de bajar de la cama.

No sabe con seguridad qué ha venido a comprobar exactamente el Búho aquí arriba, tan deprisa, qué sospecha habrá encendido en su mente la puerta entornada de la cocina.

Pero, si está relacionada con el diálogo con Jota, quizá tan solo quiera asomarse a ese dormitorio para comprobar que él sigue ahí acostado.

Que no ha hecho uso de la puerta entreabierta.

Y, entonces, la idea de Uve de poner almohadas imitando sus anatomías, esa idea que a Jota le pareció una precaución innecesaria, podría acabar salvando el plan.

Uve suplica que sea solo eso, que el conserje entre y salga muy rápido de la habitación. Que, en la penumbra, eche un fugaz vistazo al volumen de Jota bajo las colchas y no vea nada raro. Que salga enseguida del cuarto para no despertar a los demás.

—Ya —susurra Uve sin darse cuenta, apenas separando los dientes—. Por favor, ya.

Si el Búho no sale del dormitorio ahora mismo es porque está haciendo alguna otra cosa.

No se tarda tanto en mirar si alguien está en la cama.

Uve abre los ojos, preparado para todo.

Los pasos regresan al pasillo. Y lo hacen de manera pausada, tranquila, no corriendo escaleras abajo para buscar a nadie o para avisar al director.

Uve suspira. El conserje no considera que haya ninguna alarma que disparar.

Ahora, lo importante es que, con el hallazgo de Jota en la cama, dé por finalizada esta ronda inesperada y no se le ocurra inspeccionar el baño.

El resplandor de su linterna en el pasillo se cuela por la puerta y acaricia los pies de Uve, que se predispone a esconderse en alguno de los retretes.

Tendrá que subirse a la taza. O quizá sea mejor quitarse zapatillas y calcetines y sentarse en ella, que el Búho vea solo los pies descalzos, como si estuviera usando el váter de madrugada.

Claro que, si hace eso y el conserje luego pasa por su dormitorio y lo ve tumbado en su cama en forma de almohada, estará delatando con ello la estrategia que acaba de salvar a Jota.

Como tantas veces esta noche, Uve se encomienda a los omnipresentes ronquidos de Supermario, a su aplastante cotidianeidad.

Si ese chico está roncando con esas ganas, nada muy fuera de lugar puede estar ocurriendo a su alrededor.

No tiene sentido seguir comprobando nada.

Eso tiene que pensar el Búho, lo que Uve necesita que piense.

Conociendo la tendencia del conserje a escurrir responsabilidades excesivas, tampoco sería raro.

El resplandor en el suelo vibra un instante.

Uve está a punto de entrar en acción, pero la lengua de luz se separa de sus pies, sale del baño.

El grueso zapato del conserje golpea contra el primer escalón. Y contra el tercero. Y el quinto. Todos los impares hasta que Uve oye cómo abre y se cierra la puerta de entrada.

El Búho se ha marchado.

Uve concede un tiempo prudencial antes de mover su cuerpo convertido en piedra.

Entonces, baja también la escalera. A la desesperada, se dirige a la cocina.

El olor a madera y galletas, mezclado ahora con el matiz a podrido que ha dejado el cubo de basura al abrirse, desagrada a Uve.

Huele a pasado. A sitio en el que no quiere estar.

Sin saber muy bien qué hace porque no tiene ningún sentido intentarlo, baja la manilla y empuja la puerta de la cocina, confiando en algún tipo de milagro.

Pero está cerrada.

Como era de esperar.

La acaba de cerrar el Búho con su manojo de llaves.

Esa puerta, al final, se interpondrá para siempre entre él, Jota y su futuro.

A Uve las ganas de llorar se le arremolinan en lo alto de la nariz, momento en que una silueta aparece al otro lado del cristal.

—Sabía que la ibas a liar —dice Jota.

Sus dientes sisean conteniendo la risa.