Fuegos artificiales Capítulo 6
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Capítulo 6

En el jardín, antes de entrar, Uve mira su reloj.

Casi las dos.

A esas horas, o el conserje había pasado mientras ellos estaban fuera, o de verdad se había saltado la ronda de la una.

Tira de la puerta atrancada y se guarda el trozo de papel para poder reutilizarlo al salir.

En la cocina vuelve a respirar el olor, como a galletas y madera, del que ya se había despedido mentalmente.

Atraviesa la estancia lamentando cada paso que lo devuelve al interior del internado.

Tras haber pisado, durante un instante, su futuro imaginado al otro lado del seto, regresar ahora a la realidad de la cocina, del vestíbulo, de la escalera se sentía como volver a un pasado al que ya no pertenecía, aunque lo hubiera abandonado apenas media hora antes.

Será que los instantes vividos donde uno de verdad quiere estar duran más que vidas enteras en el lugar equivocado.

Uve alcanza el pasillo de la primera planta.

Camina despacio, apoyando con sigilo los talones de las zapatillas.

Se le hace muy raro estar, a esas horas, en ese pasillo, vestido con ropa de calle.

Desea que el Búho sí haya realizado la ronda de la una, porque eso significaría que no ha notado su ausencia.

Ni la de Jota. Y, si no había notado sus ausencias en una primera ronda, no tenía por qué notarlas en las siguientes.

De esa manera, como habían confiado, dispondrían de toda la noche, hasta que sonaran los despertadores a las ocho de la mañana, para alejarse del internado lo máximo posible.

Los ronquidos de Supermario se escuchan por todo el pasillo.

Uve se detiene a un lado de la puerta abierta del dormitorio, la espalda contra la pared.

Aprieta en el puño la llave del cajón.

Antes de entrar, agudiza el oído para identificar si, bajo el esforzado resuello de Supermario, hay otros ruidos que delaten que alguno de los demás compañeros se ha despertado.

Resulta difícil aislar los ronquidos, pero Uve está casi seguro de que no chirría ningún muelle en las camas, no se desliza el cajón de ninguna mesilla, ninguna garganta traga agua en mitad de la noche.

Siguen todos dormidos.

Sin darse mucho más tiempo a pensar, porque tampoco lo tiene, Uve entra en el dormitorio.

Avanza encogido de hombros, mordiéndose la lengua, como si caminara entre cucarachas que pudieran echar a volar.

Agradece que Supermario ronque como un tractor atrapado en el barro porque el estruendo enmascara su presencia.

Imagina a Jota diciéndole que necesita tranquilizarse, que se mueva a sus anchas, que no va a pasar nada, pero Uve no puede dejar de crear escenarios en los que todos sus compañeros se despiertan de golpe para después delatarlo, atraparlo aquí para siempre.

Uve alcanza su cama.

En la que no quiere volver a dormir jamás.

Se arrodilla junto a ella.

El cajón con seguro es el más bajo de cada mesilla.

Contiene la respiración y gira la llave en la cerradura, tratando de evitar el clic que acaba produciéndose de igual forma.

Del cajón abre solo la rendija necesaria para colar una mano.

Llega a sentir el miedo de descubrir que lo que busca no está, pero solo es otro de sus ansiosos augurios, porque los dedos tocan enseguida el volumen del sobre.

Donde él mismo lo dejó, listo para cogerlo nada más bajar de la cama.

Si no hubiera sido tan torpe de dejárselo olvidado.

Si, como se atreve a reconocer ahora, no hubiera bajado de la cama pensando más en sus ganas de ver a Jota aparecer en la cocina que en ninguna otra cosa, incluyendo el sobre, aun cuando ese sobre era uno de los principales motivos de la huida, además de indispensable para poder llegar a donde querían.

Para ahorrar cualquier ruido evitable, Uve no cierra el cajón. El Jota imaginado vuelve a susurrarle que es un exagerado. Que está todo controlado.

Uve sincroniza su caminar con las inspiraciones bucales de Supermario, que suenan a serrería y anulan por completo el sonido de sus pisadas.

Hasta siente ganas de dejarle una nota de agradecimiento por haber facilitado tanto la incursión.

Supermario, en el fondo, no tiene nada que ver con los demás.

En cuanto sale del dormitorio, los hombros de Uve se relajan.

Con ambas manos, palpa el sobre, como si fuera necesario comprobar que sigue todo dentro. Lo mete en el bolsillo delantero de la mochila, donde siempre debió haber estado. No cierra la cremallera para eludir la sonora fricción metálica.

A lo largo del pasillo, Uve se permite sonreír.

Aun con imprevistos, todo va a salir bien.

La sonrisa no dura mucho.

Justo antes de bajar las escaleras, escucha algo que no espera.

Mira el reloj.

No puede ser.

Es demasiado tarde.

Y, sin embargo, la puerta de entrada acaba de abrirse y cerrarse. El zapato extragrueso del conserje marca su son adentrándose por el vestíbulo, acompañado por el resplandor de su linterna.