Fuegos artificiales Capítulo 5
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Capítulo 5

Uve corre sobre el césped, pisando las sombras lunares de ramas que ya ha n perdido las hojas. El colegio puede verlo a un lado, allí al fondo, separado de las casas que conforman el internado.

Salta los escalones de piedra entre dos parterres.

A pesar del frío, rompe a sudar enseguida.

La mochila va rebotando sobre el calor húmedo de la espalda.

Alguna intuición trata de llamar su atención sobre ella, a esa mochila le pasa algo, pero Uve no presta atención a la alarma, ahora mismo lo único que le preocupa es atravesar el jardín a toda prisa.

Aunque es muy poco probable que alguien esté asomado a alguna ventana, a esas horas y de ese lado de la fachada, prefiere estar a salvo y llegar cuanto antes al seto de arizónicas.

Al punto exacto que acordaron, donde el enramado clarea.

Ese punto que Jota, seguro, ya ha atravesado.

Ahí podrán después escabullirse por una parte donde la verja que rodea la finca está tan deteriorada que parece no existir.

Uve llega al seto, pero no encuentra el claro que anda buscando.

Un chistido de Jota le sirve de guía en la oscuridad.

Traspasa las ramas pringosas y, al otro lado, encuentra a Jota, apoyado en uno de los maltrechos postes de la verja.

Tiene una mano en la cintura, como si llevara mucho tiempo esperando.

Con la otra, indica el camino hacia el agujero en el enrejado.

—Las damas primero.

Uve no cae en la provocación y hace amago de avanzar sin más, pero Jota se interpone para pasar él primero.

—Eh, eh, que no eres ninguna dama.

A Uve las ramas del seto le han desenganchado la mochila de los hombros, la lleva colgando prácticamente de las muñecas. En el acto de volver a colocársela sobre la espalda, la intuición que ignoró antes se presenta ahora como una certeza aterradora.

—Ostras. —Gira la mochila para abrazarla sobre su tripa.

Palpa el contenido del bolsillo delantero sabiendo lo que va a encontrar.

O, peor, lo que no va a encontrar. Aun así, abre la cremallera y escarba su contenido a la desesperada.

Prueba también en el compartimento grande, pero solo encuentra el llavero rojo que debía actuar de recordatorio—. No, no, no, no, no, no.

—¿Qué te pasa ahora? —pregunta Jota.

Uve lo mira, sin articular palabra, sin atreverse a decir lo que tiene que decir.

—¿Qué? —insiste Jota.

—Me he dejado el sobre —acaba por soltar.

—¿Qué sobre?

—El sobre.

—¿Cómo que te has dejado el sobre?

Uve concede con su silencio.

—Tío, a ver, en serio, no puede ser.

Uve asiente.

La postura de Jota se tensa, incrédulo, pero enseguida se relaja.

—Ah, vale, calla, que es coña. Me estás devolviendo la de antes. Cómo vas a dejarte el sobre —concluye—. Pues vale, tío, qué guay, qué risa, qué susto. Venga, vamos.

Jota encara la verja destrozada.

—Va en serio —dice Uve.

Y la angustia en la voz deja claro que es verdad.

Jota suelta un bufido.

—¿La cosa más importante de todas? —pregunta sin darse la vuelta—. ¿Me estás diciendo que se te ha olvidado justo lo más importante que tenías que traer? ¿Lo único de lo que te tenías que ocupar tú, tío?

El sobre no es lo único de lo que tenía que ocuparse Uve, pero Jota tiende a infravalorar las labores ajenas para que las suyas parezcan más relevantes.

—Lo siento —dice Uve, no por quedar bien con Jota, sino porque lo siente de verdad. Es él quien más ganas tiene de escapar—. He estado tan nervioso que… —La última palabra tiembla en su garganta y no logra terminar la frase.

—A ver, a ver, tranquilidad. —Jota se voltea—. Pero, tío, hay que pensar con la cabeza. Estar atento a las cosas. ¿Ahora qué hacemos? No nos podemos ir sin eso.

—Ya sé que no nos podemos ir sin eso.

—Después de la que hemos liado…

Aludiendo a los días previos, termina la frase con el siseo de dientes que precede a sus carcajadas, aunque en esta ocasión la risotada no explota, sino que queda reducida a ese sibilante anuncio, suficiente para saber que, en el fondo, y como casi siempre, Jota se está tomando a pitorreo lo que ocurre.

Eso también le encantaba a Jota: hacer sentir mal a Uve dando gravedad a una situación para luego él mismo aligerarla, ofreciendo alivio.

Como si aplicara hielo a un hematoma que él mismo hubiera provocado.

—¿Qué hacemos? —pregunta Jota—. Solo tenemos que pensar qué hacer. ¿Dónde te lo has dejado? ¿En la caja fuerte?

—No, en el cajón —contesta Uve mostrando el llavero rojo que acaba de sacar de la mochila y que abre ese cajón—. Lo he guardado ahí estos días mientras dormía. Sé que ellos lo buscarían en la caja fuerte.

—Al lado de tu cama, ¿no?

Uve asiente.

Jota maquina durante un instante.

—Pues nada, te toca volver, tío —decide, sin dar cabida a ninguna otra opción.

—¿Y tú?

—Yo te espero aquí, que yo no me he olvidado nada. —Deja la mochila en el suelo, junto a la verja oxidada—. No la líes, ¿eh? Tú entra, sube, baja y sal otra vez. Atento al Búho y ya está.

Uve otorga con su silencio.

—Eso sí —añade Jota—, media hora te espero. Máximo. Y, si no vuelves, me piro igual.

Esa posibilidad hace que a Uve se le hiele el sudor en la espalda. Jamás se había planteado un escenario en el que Jota se marchaba dejándolo atrás, solo, en el internado. La indiferencia en la voz suena cruel a sus oídos.

—No… —La palabra se le escapa a Uve de los labios.

—Es que si tardas más no llegamos al tren. Ni tú ni yo. —Jota confirma sus intenciones sentándose en el suelo, sobre la mochila—. Vamos, tío, te da tiempo de sobra. —Chasquea los dedos en el aire—. Corre.