Fuegos artificiales Capítulo 4
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Capítulo 4

Nada más entrar en la cocina, Jota distingue la silueta de Uve entre las sombras.

—Eh, tío, nada, abortamos —le dice—. Se han despertado y nos han pillado.

—¿Cómo que se han despertado? —Uve susurra alarmado y se le acerca atravesando la iluminación lunar de la estancia—. ¿Por qué se han despertado? —Abre mucho los ojos remarcando una obviedad—. No tenían que despertarse.

—Ya, tío, no sé, pero nos han jodido.

—¿Y para qué bajas? —Los esforzados susurros de Uve divierten a Jota—. Se van a enterar de que estoy aquí yo también. En mi cuarto no se ha despertado nadie.

Situados frente a frente, la nariz de Uve le llega a Jota solo hasta la barbilla.

Además de más alto, Jota también es más ancho.

Sus hombros, espalda y antebrazos ya han embarnecido.

Tiene la voz grave que tendrá de adulto, a Uve todavía se le está asentando.

Entre adolescentes, dos años pueden ser dos vidas.

—¿Y se van a chivar? —pregunta Uve—. ¿O qué van a hacer?

En los auriculares de Jota, colgados del cuello, la música queda reducida a rítmicos chasquidos electrónicos, como el chisporrotear de un pequeño fuego.

—Pues supongo —responde—, han ido a por el Búho ya.

Uve suelta un bufido y se tapa los ojos. Ese gesto aún divierte a Jota, pero la manera en que su amigo traga saliva, esforzándose por no llorar, mitiga sus ganas de seguir bromeando.

—¿Y sabes lo peor de todo? —dice Jota.

Uve sacude la cabeza, las manos aún apretando los ojos, negándose a escuchar ninguna noticia más que lo obligue a regresar a esta noche llena de promesas en la que al final no escaparán.

—Que me lo estoy inventando —responde Jota a su propia pregunta.

A Uve se le descuelgan los hombros, entre el alivio, la incredulidad y el enfado.

—Joder —dice.

Siguiendo la habitual progresión de sus risotadas, Jota sisea entre los dientes con un silbido como de olla a presión a punto de estallar que le acaba explotando en forma de carcajada en la garganta.

—No me hace gracia —dice Uve, que se frota los ojos con las palmas.

Jota le da un toque en el hombro.

—Anda, tío, no exageres, que era broma.

—Habla más bajo. —Uve señala los auriculares en el cuello de Jota—. Y apaga eso, que se oye.

—Pero, tío, tranquilo. Si nuestro plan es perfecto. Bueno, perdona, mi plan. Que hice para ti.

Aprovechando la mención del plan, Uve señala el papel en la puerta de la cocina.

—No la he comprobado aún —dice.

—Ni falta que hace, porque ha funcionado. Lo sé ya. Cuando pasó el Búho, seguía yo ahí tomándome el yogur. —Jota señala la nevera en una esquina—. Le dije que el director había echado la llave antes de meterse en su casa. Él miró la puerta, la vio así, cerrada, y se lo tragó.

—¿En serio?

—«No va a funcionar, no va a funcionar». —Jota aflauta la voz imitando las dudas que Uve ha expresado en días anteriores—. Me cansaría de equivocarme tanto como tú.

—Que vale, que sí.

—¿Me puedo vestir ya o me quedo descalzo para siempre? ¿Tienes algún otro problema o inquietud? —pregunta Jota—. No sé, a lo mejor quieres subir a comprobar que de verdad siguen todos dormidos y despertarlos en el proceso. O a lo mejor prefieres…

—Que pares —dice Uve.

Jota curva una comisura de los labios, como hace siempre que logra irritar a Uve.

Se quita los auriculares, detiene el casete, deja el walkman sobre la mesa.

Abre la mochila con un sonoro tirón de cremallera.

Del interior, emana el aroma característico de su ropa.

Aunque a todos los alumnos les hacen la colada en la misma lavandería, la de Jota logra mantener el olor de su colonia, la que usa a todas horas.

Una en cuyo bote aparece escrita la palabra «Sport».

Jota se quita el pijama hasta quedarse en calzoncillos.

Nota cómo Uve desvía la mirada. Cómo ajusta en la mochila correas que no hace falta ajustar, tocando las hebillas sin finalidad ninguna.

Jota se viste y termina de calzarse sin agacharse, retorciendo los pies dentro de las zapatillas.

Son unas deportivas blancas, sucias y gastadas, con tres bandas rojas en los laterales.

—Ya estoy, tío —dice Jota.

No han hablado entre ellos de la ropa que se pondrían esta noche para escapar, pero los dos han desestimado el uso de los zapatos negros que llevan habitualmente a clase.

Ambos han coincidido, sin embargo, en ponerse el pantalón gris del uniforme.

En la parte de arriba, Jota lleva una camiseta blanca y una chaqueta deportiva de un verde muy oscuro, como los árboles por la noche, con cremallera en medio.

Otras tres bandas, estas blancas, recorren las mangas, de los puños hasta el cuello.

Uve se ha puesto la camisa blanca del uniforme y, encima, una sudadera de color gris claro, que tiene capucha y un gran bolsillo frontal en el que le caben las dos manos.

Jota mete el walkman en la mochila. Cierra la cremallera.

Sin un ápice de incertidumbre, atraviesa la cocina hasta la puerta.

Coge la manilla y se voltea para mirar a Uve.

—¿Te imaginas que ahora no se abre? ¿Que al final sí la cerró el Búho?

—Ábrela, por favor.

—Pero ven, coge tú el papel.

—¿Para qué? ¿Qué más da?

—Que vengas.

Uve obedece. Recorre el marco con las yemas de los dedos hasta dar con el filo sobresaliente del papel.

—¿Lo tienes?

—Que sí. Abre ya.

Jota baja y empuja la manilla, pero la puerta no se abre. A pesar de su escaso grosor, el papel corrige la holgura del marco con tanta precisión que la deja perfectamente atrancada. O quizá, de verdad, el Búho volvió más tarde y echó la llave.

La respiración de Uve se detiene.

Jota empuja con más fuerza.

Nada.

Vuelve a empujar.

Y la puerta se abre con un crujido metálico.

El aire frío de la noche se cuela entre las piernas de ambos como el fantasma de un gato negro.

Uve se ha quedado con el trozo de hoja cuadriculada en las manos.

—Creo que pone algo. —Jota señala el papel—. ¿Puede ser?

Uve lo desdobla recordando otras notas intercambiadas en mitad de clase. Ajusta el ángulo de visión buscando aprovechar al máximo la luz nocturna que entra por la ventana. Cuando descubre lo que pone, los ojos se le redondean.

—¿Estás tonto? —dice—. ¿Y si lo hubieran visto?

Jota le dedica un gesto de hartazgo.

—¿Lo han visto acaso? —Del bolsillo del pantalón que se acaba de poner saca otro papel—. Y este lo encajas ahora por fuera para que el Búho la siga viendo cerrada en las próximas rondas. ¿Ves como pienso en todo?

Sin darle opción a responder, porque no hace falta, porque su plan ha salido a la perfección por muchos temores que tenga Uve, Jota atraviesa la puerta y echa a correr por el jardín, alejándose de la casa.

A solas en el umbral de la cocina, Uve sonríe al papel, a la familiar caligrafía de Jota.

Ha salido todo bien, pesado.

¡Nos piramos!

J.

Uve dobla el mensaje, con cuidado, acariciándolo casi, y se lo guarda en un bolsillo.

Fuera, usa el segundo trozo de papel para atrancar la puerta de nuevo.

Sin volver a mirar atrás, corre en busca de Jota.