Capítulo 3
Mient ras se cambia de ropa junto a una mesa, Uve no deja de mirar el papel que sobresale, apenas visible, de la puerta trasera de la cocina, a la altura de la cerradura.
Sus ojos se han acostumbrado por fin a la oscuridad y distingue ya con claridad formas, contornos, superficies.
La luna en el exterior, casi llena, también ayuda.
Es tan brillante que proyecta sombras nítidas de árboles y matorrales en el jardín.
Esa misma luz se cuela por las ventanas dibujando trapecios grises en el suelo que pisa.
Uve se encuentra en la cocina en la que desayunan cada mañana los alumnos que duermen en esta casa. El resto de las comidas las hacen en el comedor común del colegio, con los residentes de las otras casas, y también con los alumnos que no se quedan en el internado.
Uve termina de vestirse con la ropa de calle.
Se calza con las zapatillas blancas que usa en Educación física. Las tiene impolutas.
El pijama lo medio dobla y lo mete en la mochila, más para esconderlo que para volver a usarlo próximamente. La tela es demasiado gruesa para el calor que hace donde vive su tío. Seguro que allí en la isla no lo necesita.
Uve presiona el botón que ilumina la pantalla de su reloj de pulsera.
Las 01.16.
Como Jota se retrase mucho más, el conserje puede iniciar otra de sus erráticas rondas. A no ser que esa sea la primera que decida saltarse esa noche.
Uve mira el papel cuadriculado que sobresale de la puerta.
Jota lo arrancó de una de las últimas hojas de su cuaderno de Química, que ya tenía esquinas arrancadas en otras hojas, intercambiadas entre ellos, en clase, en forma de notas.
El filo de papel asoma tan solo unos milímetros, nadie lo vería si no supiera que está ahí.
Pero está, porque lo puso Jota. Esa puerta solo se mantiene en su sitio, anclada en el marco, cuando tiene echado el cerrojo.
Si no, el pestillo se sale del resbalón y queda entornada, siempre.
La idea de Jota había sido usar ese papel para atrancar la puerta, que pareciera cerrada, aunque no lo estuviera en realidad, y así el Búho, que la aseguraba por las noches si no lo hacía antes el director, pensara que ya estaba echada la llave… y la dejara abierta.
Uve había dudado de que la idea funcionara.
Todavía tenía dudas.
Aunque parecía que todo estaba como Jota lo había planeado, y que el conserje habría caído en la trampa, quizá el Búho había echado el cerrojo sin descubrir siquiera el papel, perforándolo, sin más, en el proceso.
Uve mira el filo de la hoja desde la mesa en la que tiene apoyada la mochila, tratando de convencerse de que el papel ha cumplido su cometido.
Esa es la única salida por la que pueden escapar.
Da al enorme jardín del internado que, por esa parte trasera, acaba fundiéndose con el resto del terreno: el campo, el bosque, el lago.
Salir por la puerta delantera sería demasiado arriesgado.
Podría verlos el Búho. O alguno de los otros alumnos internos que viven en las casas vecinas de la derecha.
En la casa de la izquierda, aún peor, vive el director del internado con su familia.
Uve mira el papel.
Teme que, al final, toda la fuga dependa de un trozo de hoja de cuaderno.
—Por favor… —susurra al aire.
Necesita ir a la puerta, ver que se abre, pero prefiere no hacer nada hasta que llegue Jota.
Tan solo da un paso a un lado para escapar de la luz lunar.
Escondido entre las sombras de la cocina, vuelve a mirar la hora.
Y otro miedo lo asola.
Que Jota no va a venir.
Se ha quedado dormido. O se lo ha pensado mejor.
Jota, en realidad, no tiene por qué irse. A él, en el fondo, no le han hecho nada.
Con las manos colgando de las correas de la mochila, Uve se plantea si seguiría adelante sin Jota.
Su ausencia lo obliga a valorar si de verdad solo quiere alejarse de la gente del internado y ver a su tío o si lo que quiere también es estar a solas con Jota, atravesar juntos el país, huyendo, hasta el ferry.
Cruzar el mar con él.
Un ruido en el pasillo interrumpe su cavilación.
Uve lo identifica: es el peso del cuerpo de Jota aterrizando en el suelo. Ha saltado, como casi siempre, el último tramo de escalones, aunque debe de ir descalzo porque los pies han rechinado contra el suelo.
Nervioso, Uve tira de las correas de la mochila.
Las cintas se ajustan a los hombros.