Capítulo 2
La segunda cara del casete llega a su fin.
La música se detiene y un botón salta en el walkman.
Sin quitarse los auriculares, tumbado bocarriba sobre la almohada, Jota le da la vuelta a la cinta y vuelve a pulsar Play.
No quiere quedarse en silencio, no le gusta demasiado escuchar sus pensamientos.
Por las noches, se pone música hasta caer dormido.
Por las mañanas, baja de la cama nada más despertarse.
Jota, además, odia dormir con gente, y por culpa de su padre lleva cuatro años durmiendo en las habitaciones comunes de varios internados.
Uno por cada curso. Este año, en realidad, el curso es el mismo.
Los profesores del anterior internado dijeron que necesitaba repetir, que no sabía concentrarse, que era una pena con lo inteligente que era, y algunas estupideces más.
Así que este año toca mismo curso, pero diferente centro.
Otro más. A su padre no le cuesta nada encontrar nuevos internados en los que deshacerse de su hijo.
En los auriculares, la voz de la cantante pide que aparten de ella los perros antes de que la muerdan.
Jota vio a la artista actuar en televisión y le pareció la chica más guapa del universo.
Tanto que esperó varias tardes a que pusieran la canción en la radio para poder grabarla a tiempo en una cinta.
Cada vez que la escucha, recuerda la manera en que la chica, de pelo rubio y chaqueta de cuero, cantaba y bailaba agarrada al pie del micrófono.
En la parte de la canción en que ella canta en francés, uf, se sigue poniendo malo.
Jota escucha la música sin prisa, aunque sabe que, si ya ha dado la vuelta a la cinta dos veces, a las caras de media hora, entonces han pasado los sesenta minutos que habían acordado esperar.
Se la puso poco después de medianoche, cuando todos regresaron a la cama, así que ya sería más de la una.
El Búho habría pasado por ahí fuera hacía rato.
Incluso Uve habría caminado por el pasillo hacía unos minutos.
Pero Jota, con los auriculares, no ha escuchado nada.
Mejor así.
Jota mira un despertador de timbre sobre el aparador en la entrada de la habitación, cerca de su cama.
Las manillas que brillan en la oscuridad marcan algo más de la una y diez.
Las 01.13 probablemente.
Baja de la cama sin quitarse los auriculares, descalzo.
Siente el frío del suelo no solo en las plantas de los pies, sino hasta en los tobillos.
De debajo del somier, saca la mochila en la que lleva ropa y calzado normal.
Para evitar sospechas, se acostó a la vista de todos en pijama.
Se cuelga la mochila a la espalda. Usando la almohada y un cojín, esculpe en la oscuridad, con golpes suaves, una forma parecida a su propio cuerpo.
Después, cubre su obra con la sábana y la colcha, comprobando al tacto si ha conseguido que parezca que él mismo sigue acostado ahí debajo.
Las exageradas precauciones de Uve. No vaya a ser que al conserje le dé por echar un ojo a la habitación de madrugada y se percate antes de tiempo de que una de las cinco camas está vacía. Conociendo al Búho, era poco probable.
Satisfecho con su escultura, Jota se dirige a la puerta.
Se mueve con tanto sigilo que, si no llevara los auriculares, oiría cómo crepitan los huesos de sus pies.
De pronto, se siente ridículo saliendo así de la habitación, de puntillas, encorvado. Como un ladrón o como un cobarde.
Así que apoya los talones y yergue la espalda.
Siente la pulsión de darse la vuelta y gritarles a los compañeros que duermen que él se pira. Que hasta nunca. Despertarlos a gritos para que sepan que se va, ver sus caras de gilipollas una última vez.
Jota se voltea.
Quiere gritarles.
Va a gritarles.
Algún rastro de precaución logra contener sus ganas de hacerlo.
Aun así, separa de su oído uno de los auriculares.
—Que os den —dice a la habitación, sin molestarse en controlar el volumen de la voz, como si de verdad quisiera que lo oyeran.
Como si no temiera despertarlos, que descubran lo que va a hacer y que se chiven.
Jota se siente tan seguro, tan invencible, que incluso lo repite un poco más alto—: Que os den a todos.
Suelta el auricular, que regresa a su oído con un impacto.
Para rubricar su despedida, levanta ambos puños y extiende los dedos mayores en el aire, dirigiéndolos a los cuatro compañeros dormidos en esa habitación, a los cuatro del otro cuarto, al Búho, al director y a todo el maldito internado. Y también a su padre.
—Ahí os quedáis —dice sin escucharse.
Jota sale al pasillo pisando con firmeza. Y, aunque va sonriendo, tiene que subir el volumen de la música para no escuchar algunos de sus pensamientos.