Fuegos artificiales
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Capítulo 1
Es la noche en la que Uve va a escaparse del internado.
Mañana estará en casa de su tío.
En la isla, donde hace menos frío.
Con Jota.
Bum, bumbum, bum. Bum.
Bajo las sábanas, pulsa un botón de su reloj de pulsera y una lucecita ilumina los números.
Pasan trece minutos de las doce de la noche.
Todos los compañeros de ese cuarto, y del otro, han regresado a la cama tras la fugaz y furtiva celebración de medianoche.
Se preparan para volverse a dormir, o para hacerse los dormidos, antes de que llegue el Búho.
El conserje nocturno debe de tener un nombre normal, pero ningún alumno lo sabe ya.
Heredaron el apelativo de promociones anteriores y ahora incluso se dirigen a él con ese mote.
El uso de motes está muy extendido en el internado.
El Búho inicia sus rondas después de las horas en punto, cinco o quince minutos después, eso es imposible saberlo, y después tarda otros tantos en llegar a las habitaciones.
Uve oye cómo se van pausando las respiraciones de sus compañeros.
La mayoría estarán dormidos de verdad para cuando llegue el conserje.
Supermario, que duerme siempre bocarriba en la cama junto a la ventana, rompe a roncar.
Su atronador ronquido adolescente, ya más de adulto que de niño, imposibilita a Uve seguir escuchando las respiraciones de los demás.
Lo que sí logra oír, incluso sobre los ronquidos, es el golpe de la puerta principal de la casa al cerrarse y los pasos del Búho cuando comienza a subir la escalera desde el piso inferior.
Un zapato con una suela mucho más gruesa que la otra, secuela de una enfermedad en su infancia, marca su avance, en el que se alternan los sonoros golpes huecos de la suela especial con el pisar habitual de un zapato ordinario.
El conserje alcanza el pasillo de las habitaciones.
Uve lo imagina caminando, primero, frente a la puerta del otro dormitorio, en el que duermen cinco compañeros más.
Después, lo oye pasar por delante de la puerta del baño que comparten todos en este primer piso.
Por último, y antes de llegar al final del pasillo donde otras escaleras lo llevarán a la segunda planta, el Búho alcanza la puerta del dormitorio en el que se encuentra Uve.
En las rondas nocturnas posteriores a la hora del apagado de luces, el conserje rara vez entra en los dormitorios, solo comprueba desde fuera que todo sigue en calma.
Varias rondas de la alta madrugada, cuando todos están durmiendo, directamente se las salta.
Siempre les ha dicho a los chicos que a él, en el fondo, se la suda que sigan despiertos más allá de la hora permitida, leyendo, escuchando música o tocándose con alguna revista porno de las que esconden debajo de los colchones.
Les recuerda que, aunque ocurriera hacía ya medio siglo, él también fue un niñato salido de trece años con ganas de tocarse a todas horas y desafiar las normas.
Igual que ahora se saltaba algunas rondas y era consciente de que ellos lo sabían.
Pero mientras no ocurriera nada grave ni nadie saliera de su habitación de madrugada salvo para ir al baño a vaciarse, como decía él, por delante, por detrás o por arriba, podían guardarse los secretos unos a otros y, entre todos, lograr que el director permaneciera tranquilo.
De cada diez palabras que usaba el Búho, cinco eran referencias sexuales o escatológicas.
Quizá por eso caía tan bien a los chicos.
Uve se siente tranquilo porque sabe que, en este momento, lo único que puede escuchar el conserje allí fuera son los esforzados ronquidos de Supermario, imponiéndose a las respiraciones de los demás, lo cual viene muy bien para que piense que todos duermen.
Pero a Uve, de pronto, le preocupa que esos mismos ronquidos puedan esparcir demasiado aliento alcohólico por la habitación.
Igual que hacen las bocas de los otros tres compañeros.
Eso podría ser razón suficiente para que el Búho se moleste en entrar en el dormitorio, despertarlos y preguntarles por qué la habitación huele a alcohol.
Que una cosa era dejarlos escuchar música fuera de hora y otra permitir que se emborrachen como marineros delante de sus narices.
Si al conserje le daba por montarla, algo que hacía únicamente cuando se cabreaba de verdad, Uve podría tener que abortar su plan de huida.
El marco de la ventana del dormitorio cruje con una racha de viento exterior.
Supermario la dejó cerrada después de vomitar hacia el jardín. Vaciarse por arriba, como diría el Búho.
Uve olfatea el aire, calibrando la intensidad del aroma a alcohol en la habitación.
Juraría que huele bastante.
Demasiado.
Cualquiera se daría cuenta del matiz dulzón que flota en la estancia.
El conserje se ha detenido en el pasillo y, aunque debe de tener la linterna dirigida al suelo, para no molestar, parte del resplandor de su haz luminoso se cuela en la habitación.
Uve aprieta los ojos como si eso le sirviera para desaparecer.
Nota la presencia del Búho al otro lado del umbral.
El conserje permanece allí, en silencio.
Más tiempo del habitual para una de sus rondas nocturnas.
O eso le parece a Uve, que a su edad ya ha experimentado cómo las emociones distorsionan el tiempo.
Uve se lleva muy bien con el conserje, que además de hacerle reír con su irreverente grosería le ha mostrado comprensión en momentos en que nadie lo hacía, pero la emoción del miedo que ahora lo domina hace que lo imagine olisqueando la estancia con una nariz grotesca, llena de pelos, como la del lobo feroz en una fábula.
Uve suplica, a nadie en particular, pero pensándolo muy fuerte, que esto, solo esto, al menos, le salga bien. Que no puede más. Que quiere ver a su tío. Que necesita irse. Que, de verdad, no puede más.
Por favor.
Solo esto.
Uve sigue rogando mentalmente cuando oye que el zapato normal del Búho retoma su caminar.
Enseguida vuelven los golpes huecos de la suela gruesa.
Uve siente alivio y agradecimiento al oír cómo el conserje se aleja, pero no completa su respiración hasta que los pasos suben por la escalera.
En la segunda planta hay dos habitaciones más, para ocho estudiantes de un curso superior.
Uve inspira y ahora, sin tantos nervios, piensa que quizá no huela tanto a alcohol después de todo.
Tampoco es mucho lo que beben en esas celebraciones de medianoche.
Piensa también que, a lo mejor, el tiempo que ha estado el Búho ahí parado, en la puerta, ha sido el mismo de siempre.
Lo justo para comprobar que todo sigue en calma. Las emociones distorsionan el tiempo.
Uve vuelve a pulsar el botón del reloj.
Pasan ya veintitrés minutos de las doce de la noche.
Cuando el reloj marque la una de la madrugada, Uve bajará de la cama.