Fuego y Encaje (Children of Scandal nº 3) Capítulo 12
64%

Capítulo 12

brIDIE

Por la mañana le llevó té, y eso estuvo a punto de acabar con ella.

Ni un beso. Ni una palabra sobre la oscuridad de la chimenea ni sobre lo que allí se había abierto paso.

Simplemente subió con una taza en la mano, aunque la cocinera ya trajinaba abajo y Sive se la habría llevado enseguida, y la dejó junto a la cama.

Permaneció allí un momento, despeinado y sin afeitar, mirándola con una pregunta que era demasiado considerado para hacerle, y luego la dejó beber en paz.

Una taza de té. Después de un día con soldados recorriendo la casa y de sentir su boca sobre la de ella en la oscuridad.

Le llevó té sin pedir nada a cambio, y Bridie, tendida en la cama del enemigo con la taza caliente entre las manos, comprendió que era aquello —no el beso, no el deseo, sino aquel pequeño gesto de bondad sin reservas de un hombre que le llevaba té a una mujer perseguida— lo que acabaría por desarmarla del todo.

Lo amaba. Lo puso sobre la mesa sin rodeos, como su madre le había enseñado a hacer con las verdades difíciles, para que nadie pudiera cogerlas y utilizarlas contra ella.

Ella, Bridget O’Connor, que había renegado del mundo de encajes y entregado el corazón a la causa antes de enterrarlo junto al hermano que había elegido; ella amaba a Aidan Fitzroy, lord Fitzroy, el hombre cuyo nombre figuraba en la verja.

Y eso la aterraba más que cualquier cosa que le hubieran hecho los soldados, porque una soga solo te arrebata la vida.

Aquello podía arrebatarle lo único que había construido con las ruinas de todo lo demás: la certeza de que ella, al menos, había sido fiel.

Entonces el té se le enfrió entre las manos, porque pensar en la fidelidad era pensar en Liam, y pensar en Liam era volver al campo de coles. Llevaba dos meses impidiéndose volver a aquel campo. Ahora todo regresó de golpe.

Debería haber sido un ejército. Eso era lo que nadie te contaba después, en las baladas que ya estaban componiendo: que debería haber sido un ejército, y que en realidad eran unos pocos cientos de hombres hambrientos, armados con picas y escopetas de caza, y los dirigentes con su hermosa fe condenada al fracaso, que marchaban por la comarca minera durante la última semana de julio mientras la cosecha por la que el pueblo quizá se habría alzado se pudría, ennegrecida, en la tierra que los rodeaba.

Aun entonces habían estado tan seguros. Incluso cuando sus filas menguaban en cada aldea: hombres que volvían a escondidas con familias que pasarían hambre sin ellos, sacerdotes que les suplicaban desde las puertas de las capillas que regresaran, O’Brien, demasiado noble para llevarse una hogaza sin pagarla mientras sus hombres pasaban hambre.

Incluso entonces. Liam había marchado a su lado con el portadocumentos al hombro, la mandíbula apretada y aquella esperanza feroz e imposible todavía viva en él.

Cuando a ella le habían flaqueado las fuerzas por el camino, la había agarrado del brazo y le había sonreído —hacía tiempo que ya no tenía tinta en las manos—, y le había dicho que estaban haciendo historia, ganaran o perdieran, y que por la historia merecía la pena echarse a andar.

Y entonces llegó Ballingarry y todo se vino abajo; no con gloria, sino en una farsa.

Un grupo de policías, aislado de los suyos, se había refugiado en la granja de una viuda, en lo alto de la colina, y había atrancado las puertas.

Los hijos de la viuda estaban dentro. Y así, todo el levantamiento —dieciocho meses de conversaciones y hermosos discursos, y el mensaje cosido en el dobladillo de Bridie— acabó reducido a un puñado de hombres desesperados en un campo de coles, incapaces de disparar contra una casa llena de niños, los hijos de aquella madre, mientras la policía disparaba desde dentro.

Fueron horas, aunque después las recordara como una sola descarga ininterrumpida.

Los disparos desde las ventanas, los hombres que estaban al pie de la casa retrocediendo, luego más policías que llegaban de Cashel por encima de Boulea Hill y disparaban camino arriba, y aquella empresa valiente y condenada que se disolvía en hombres corriendo por jardines, saltando tapias y perdiéndose en el humo, mientras los dirigentes se dispersaban y el levantamiento que iba a liberar a una nación terminaba antes de acabar el día.

Ella se habría quedado. Dios la perdonase: tenía veinticuatro años y el corazón en llamas, y se habría quedado en aquel campo de coles a esperar que la prendieran, porque huir le parecía una traición a todo aquello en lo que creía.

Fue Liam quien no se lo permitió.

—Así no. —La tenía agarrada del brazo y la obligaba a avanzar agachada junto al muro mientras las balas silbaban sobre sus cabezas.

Su voz le sonaba al oído, dura, rápida, terminante—.

No vas a morir en un campo de coles por los escrúpulos de O’Brien, ¿me oyes, Birdie?

No hemos hecho todo esto para eso. Tienes que salir de aquí.

Tienes que seguir adelante con la lucha.

Una muchacha muerta en un campo es una balada; una viva que lleva la clave en la cabeza es una guerra.

Ahora corre y no mires atrás. Júramelo. No mires atrás...

Y ella se lo había jurado, porque no había tiempo para otra cosa.

Él la había empujado delante de sí hacia la abertura del muro y se había vuelto —el calor de su cuerpo se apartó de su lado—, se había vuelto para interponer su propio cuerpo entre ella y el camino, para atraer las miradas de los policías, para regalarle los cinco segundos que necesitaba para cruzar por la abertura.

La bala que lo alcanzó hizo un ruido que aún seguía oyendo.

Ella no miró atrás. Había jurado que no lo haría, y cumplió la única promesa a Liam por cuya ruptura se habría arrancado el corazón.

Cruzó por la abertura y se internó en el humo y los jardines, con la sangre de él todavía caliente en el aire a sus espaldas.

Corrió y siguió adelante con la lucha, tal como él le había hecho jurar, hasta que unos días más tarde una bala le alcanzó el hombro en el umbral de una casa de Dublín; hasta una niña de apellido Brennan, una carreta rumbo al norte y un subterráneo bajo el hogar de un hombre cuyo nombre detestaba.

No había mirado atrás. Ni una sola vez. Y aquel no haber mirado era la herida del duelo que no cicatrizaba, porque había dejado al hermano de su corazón boca abajo en un campo de coles y había huido para salvar la vida por orden suya.

Había sobrevivido, y sobrevivir nunca había dejado de parecerle una traición.

Alguien le estaba quitando con suavidad la taza de las manos.

Volvió a la habitación azul, al té frío y a Aidan, que estaba agachado junto a la cama, con el rostro a la altura del suyo.

En la mesa, detrás de él, había un plato de pan con mantequilla olvidado; para Aidan, el té no era un desayuno.

Había vuelto a subir con el plato y la había encontrado otra vez perdida en aquel lugar por el que nunca le preguntaba.

—Has vuelto allí, sea donde sea. Lo veo. —No la tocó, aparte de cogerle la taza—. No voy a preguntar. Pero me quedaré aquí sentado, si me dejas, para que no estés allí sola. Al menos eso puede hacer un hombre sin saber siquiera cómo se llama ese lugar.

Y aquella era su crueldad, aquella insoportable bondad: que estuviera dispuesto a acompañarla en la oscuridad de su dolor sin pedirle nada, mientras Liam yacía en un campo por la causa que ella traicionaba cada hora que pasaba amando al hombre cuyo nombre en la verja había despejado el camino que condujo a aquella matanza.

Debería echarlo. Debería levantarse y huir, con herida o sin ella, con soldados o sin ellos, porque cada mañana apacible en aquella casa era una palada de tierra sobre lo que había jurado ser.

Lo sabía tan bien como conocía la regla: conoce el lugar antes de que el lugar te conozca a ti.

Y aquel lugar ya la conocía. Él la conocía. Ella se lo había permitido.

Pero huir también afectaba a Sive. La niña que el día anterior había estado de pie en aquella misma habitación y había mentido a hombres armados sin que le temblara la voz —no, señor, aquí no hay nadie—, y que por primera vez desde que había enterrado a los suyos estaba abrigada, alimentada y a salvo bajo aquel techo odioso; la niña a la que Bridie, en todas las semanas que llevaba conociéndola, nunca había visto tan feliz como allí.

Marcharse sin dejar cabos sueltos significaba dejar a la pequeña en el único lugar donde había sido feliz.

Llevársela significaba arrastrar a la hermana de Liam de vuelta al humo.

Ahora había tres caminos, no dos: la causa, el hombre y la niña.

Y ninguna abertura en ningún muro que le permitiera conservarlos a los tres.

—Entonces, siéntese. —Las palabras le salieron pese a todas las promesas que había hecho en su vida.

Le hizo sitio al enemigo en el borde de la cama y dejó que la acompañara en aquel campo de coles que él jamás vería ni sabría nombrar.

Se odió por el consuelo que le proporcionaba y, que Dios la perdonase, fue incapaz de obligarse a echarlo.

La sombra ya estaba en la habitación, crecida hasta hacerse enorme.

Amarlo era traicionar a los muertos. Dejarlo era otra forma de morir.

En algún punto más adelante los caminos iban a cruzarse y ella tendría que elegir.

Y esta vez no habría una abertura salvadora: ni forma de seguir adelante con la lucha ni posibilidad de huir.

Pero no aquella mañana. Aquella mañana lo dejó sentarse a su lado, permaneció al calor y no miró atrás: ni a Liam, ni al campo, ni a la mujer que había jurado ser.

Porque, Dios la amparase, se había vuelto terriblemente buena en eso de no mirar atrás.

Era lo que más detestaba de sí misma y lo único que la había mantenido con vida.