Fuego y Encaje (Children of Scandal nº 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

AIDAN

Los soldados llegaron con las primeras luces del alba, y así supo Aidan que aquello era obra de Pike.

Cuatro días desde la cena. Cuatro días desde que su administrador se había sentado al pie de la mesa sin apenas decir nada y sin perder detalle de nada; desde entonces, Aidan había pasado cada noche en vela, esperando precisamente aquello y alimentando una vaga esperanza de haberse equivocado con él.

No se había equivocado. El mayor Crale habría llegado al mediodía, armando alboroto, con una disculpa y dispuesto a tomarse una copa en la escalinata, porque se tenía por un caballero obligado a cumplir un deber desagradable entre amigos.

El alba era una bestia más fría. El alba quería encontrar la casa dormida, antes de que nadie hubiera podido poner en orden su versión de los hechos; quería ver quién echaba a correr antes de que pudieran proporcionarle una coartada.

Aquella no era la forma de pensar del mayor.

Era la mente metódica y paciente del hombre que llevaba las cuentas de Aidan y alineaba los papeles sobre la mesa; un hombre que, harto ya de esperar a que su señor tomara una decisión, la había tomado por él.

Aidan se vistió y bajó antes de que el llamador terminara de sonar, porque un año de órdenes de detención le había enseñado a dormir como quien también sabe que lo persiguen.

Noventa segundos, quizá. Pasó los primeros diez en el frío vestíbulo, con la mano apoyada en la pilastra de la escalera, escuchando cómo las botas se alineaban sobre la gravilla, y echó la única cuenta que importaba.

Luego subió la escalera de servicio de tres en tres peldaños.

Sive salió descalza al rellano, pálida, pero despierta.

Aidan la sujetó por los hombros. —Me han llamado a casa de los Caffrey antes del amanecer. He ido andando. La señorita Vaughan salió ayer para Dublín. Díselo a la cocinera; después vuelve y deja que te vean arreglando la habitación azul.

La niña asimiló la mentira a la primera y asintió. —Los Caffrey. Andando. Ayer a Dublín.

—Ve.

Estaba despierta. Por supuesto que lo estaba.

Salió de entre las mantas con el cuchillo que se las había ingeniado para conseguir y esconder —no preguntaría cómo, jamás preguntaría—, y sus ojos encontraron los de él en la habitación grisácea.

Le leyó la expresión en un instante, como leía todo, y no malgastó el aliento en una sola palabra.

—¿Cuántos?

—Ocho. Hombres de Crale, y traerán una orden de registro; pero los ha enviado Pike.

Se ha cansado de esperar. —Aidan ya estaba junto a la pared, al lado de la chimenea fría, buscando la juntura que su abuelo le había mostrado de niño, el resorte del que jamás habían hablado a ningún administrador, porque una familia se guarda ciertas cosas incluso del hombre que lleva sus cuentas.

El panel cedió. Detrás había un hueco negro entre las chimeneas donde, tiempo atrás, un sacerdote había esperado a que pasaran tiempos peores que aquellos—.

Entra. Ahora. No hables, no te muevas, respira por la boca.

Registran primero los dormitorios, nunca las paredes. Vamos.

Ella miró el agujero negro y luego a él.

Por un instante perdió aquella entereza de hierro y asomó lo que había debajo: el miedo al pequeño espacio oscuro, a quedar encerrada e indefensa mientras se acercaban las botas.

Aidan comprendió entonces que aquello le costaría más que luchar: meterse en silencio en la oscuridad y confiar en un Fitzroy.

—Estaré al otro lado de la pared todo el tiempo. —Bajó la voz frente a la oscuridad—. Entre tú y todos ellos. Para llegar a ti tendrán que pasar por encima de mí. Te doy mi palabra, y ya es casi lo único que poseo que merece la pena conservar, así que no la doy a la ligera. Entra.

Ella entró. Y entonces —Aidan seguiría pensando en ello mucho después— alargó una mano desde la negrura, le agarró un puñado de camisa y tiró de él. No pudo ni quiso negarse. Entró tras ella, cerró el panel a sus espaldas y la oscuridad se los tragó.

Era un escondrijo construido para un jesuita flaco.

Los contenía a los dos como un puño contiene una moneda.

Aidan tenía la espalda contra el ladrillo frío y cubierto de hollín viejo; ella se apretaba contra él de las rodillas al pecho, con el rostro vuelto hacia su cuello y el aliento rápido y cálido sobre el hueco de su garganta.

Él la rodeaba con los brazos porque no había otro lugar en el mundo donde ponerlos.

Abajo, amortiguada por la piedra y el suelo, se abrió la puerta principal.

Las botas entraron en su casa y una voz que reconoció como la de Crale bramó algo sobre registrar todas las habitaciones.

El corazón de ella latía contra sus costillas, veloz y fuerte como el de un pájaro. El suyo le respondió.

Permanecieron inmóviles en la oscuridad mientras el registro pasaba sobre ellos como un temporal.

Botas en la escalera. Botas en la habitación azul, a un panel de distancia: abrieron un armario de un tirón, arrastraron la cama para separarla de la pared.

Y oyeron a Sive negar, rápida y asustada, mientras interpretaba su papel hasta el final: a su señoría lo llamaron a casa de los Caffrey antes del amanecer, señor; no, señor, aquí no hay nadie; la prima se fue ayer a Dublín.

Durante todo aquello, la mujer que estaba con Aidan no emitió ni un sonido.

Solo se apretaba un poco más contra él por puro instinto con cada nuevo estrépito que llegaba de abajo, hasta que no quedó parte de uno que no rozara al otro y todas las prudentes intenciones de Aidan se consumieron en la oscuridad.

Las botas se alejaron pasillo abajo. Las voces fueron apagándose. Y en aquella pausa, con el peligro desplazado al extremo opuesto de la casa, ella apartó el rostro de su cuello. En la oscuridad estaban tan cerca que Aidan sintió su aliento en los labios.

No debía hacerlo. Él era el magistrado. Ella, la perseguida. Había ocho hombres armados bajo su techo, llegados para ponerle una soga al cuello, y solo un panel de roble los separaba. Había cien razones, una tras otra, y todas eran ciertas.

La besó.

O fue ella quien lo besó. Después no habría podido jurar cuál de los dos había empezado: fue un mismo movimiento, los dos salvando a la vez la última pulgada de oscuridad que los separaba.

Sus labios estaban cálidos y sorprendidos durante un instante; luego se abrieron bajo los suyos, y el leve sonido que ella ahogó casi acabó con él.

La mano sana volvió a aferrarse a su camisa, esta vez no para atraerlo, sino para no soltarse.

Aidan le sostuvo la nuca, cuidando incluso entonces de no rozarle el hombro que aún se curaba, y volvió a besarla.

Más despacio, más hondo, con toda la contención que había practicado durante semanas y que por fin se agotaba.

Ella le correspondió sin timidez, alzándose hacia él en aquella estrechez oscura hasta que los ladrillos soportaron el peso de Aidan y ella recibió todo lo demás.

Las botas seguían en su casa. Por ella seguían ofreciendo una recompensa.

Nada de aquello impidió que sus labios se movieran bajo los de él ni que la mano de Aidan se cerrara con más fuerza entre sus cabellos.

Cuando separaron los labios, no se apartaron.

Ella mantuvo la frente apoyada contra su mandíbula; los brazos de él siguieron rodeándola, y ambos respiraron el aliento del otro en la oscuridad mientras abajo las botas volvían a formar, Crale refunfuñaba unas disculpas que no iban dirigidas a nadie y la puerta principal acababa por cerrarse con estruendo.

La casa quedó en silencio. Los caballos se alejaron por el camino de entrada. Y aun así, ninguno soltó al otro.

—Eso no cambia nada. —El aliento de ella le acarició la garganta, cálido e irregular. No quedaba en su voz la menor convicción: aquellas palabras eran una muralla que ya se había derrumbado—. ¿Me oyes? No cambia nada.

—No. —Aidan apoyó los labios en su pelo, sintió que ella no se apartaba y, durante un minuto robado en la oscuridad del escondrijo que su familia había construido para los tiempos desesperados, se permitió creer lo contrario de todo cuanto le dictaba la sensatez—. No. Nada en absoluto.