Capítulo 8
brIDIE
El peligro, descubrió Bridie, no eran los soldados. El peligro eran las mañanas.
—Lo está haciendo mal.
Él estaba arrodillado ante el gran fogón, atizador en mano, sin conseguir avivar el fuego.
Llevaba así un buen rato, a juzgar por el humo y la tensión de sus hombros.
Era la tercera mañana que ella se permitía bajar a la cocina.
Antes de hacerlo, había prestado oído a sus pasos en el pasillo y se había dicho que escuchaba como escucha un preso, para conocer las costumbres del carcelero.
Mentía. Sabía que mentía, y su madre la había criado enseñándole que las mentiras que uno se cuenta a sí mismo son las únicas que de verdad salen caras.
—Déjeme eso. Un hombre capaz de sacar una bala de un hombro y que no sabe encender un fuego… Es un milagro que haya sobrevivido lo bastante para convertirse en una carga para la nación.
—Tengo gente que enciende los fuegos. —Le cedió el atizador, para sorpresa de Bridie, que se había preparado para discutir—.
O la tenía. Ahora cuento con bastante menos gente que antes, porque doy de comer a la que me queda.
Mi administrador me asegura que es el camino a la ruina, y la cocina, que es el camino a un desayuno frío.
—Lleva desde las seis, señorita. —Sive estaba en la puerta de la antecocina con los cántaros de agua y no se molestó en ocultar su satisfacción—. Le hablé del tiro de la chimenea. Dijo que sabía cómo funcionaba. No tiene ni idea.
—Gracias, Sive.
—De nada, milord. —Y cruzó la puerta con los cántaros, cantando mal.
Bridie abrió un resquicio en el fogón y alimentó bien el fuego, con movimientos rápidos y seguros que sus manos conocían de cien hogares en casas clandestinas. Consiguió que tirara al primer intento y no se permitió mostrar satisfacción.
—¿Dónde aprende la prima inglesa de un magistrado a encender un fuego como una criada de cocina?
—En el mismo sitio donde aprende a mantener la boca cerrada, milord. La necesidad. —Se sentó sobre los talones—. No me haga preguntas cuyas respuestas ha decidido que no quiere oír. Nos cansa a los dos.
Algo le rozó la comisura de los labios y desapareció. Y ella, que Dios la perdonase, había empezado a provocarlo. A librar aquellas pequeñas batallas entre los dos solo para ver aquel fugaz destello de espontaneidad, como quien golpea el pedernal en busca de una chispa.
—¿Y cómo llama un hombre a su prima cuando están en la cocina y el administrador no anda cerca?
—Se había sentado en el banco, al otro lado del fogón, con los codos apoyados en las rodillas, y observaba cómo prendía el fuego—.
He jurado no volver a usar aquel nombre.
No faltaré a mi palabra. Y me encuentro con que no tengo otro que poner en su lugar.
—«Prima» servirá. Tanto le gusta.
—Señorita Vaughan, entonces. En la cocina. Con las muñecas tiznadas y el chal de mi madre torcido.
—Se las arreglará. Bien que se las arregla con las rentas.
—La verdad es que no. Para eso está Pike. Es extraño que a uno le confíen el nombre de una mujer y no tenga derecho a usarlo. Como un libro en un estante que no le está permitido abrir. Acaba uno leyendo el lomo una y otra vez.
—Pues lea y calle. Tengo que atender el fuego.
—Ya lo ha encendido. Ahora se cuida solo. Es lo primero en esta casa que lo hace.
—Pues siéntese a admirarlo, milord, y deje trabajar a los demás.
El carbón prendió entonces de golpe, con ese suave resoplido de los buenos fuegos al encenderse. El primer aliento de azufre y hollín se elevó antes de que el tiro se lo llevara, y la cocina se desvaneció a su alrededor.
La imprenta, la última semana de julio. El gas siseaba en el quemador y desprendía aquel mismo olor a azufre.
Liam Brennan, con tinta hasta los codos y la mandíbula dura como una piedra, componía el llamamiento a la insurrección.
Aquella noche había llegado la noticia: la suspensión del habeas corpus; el Gobierno, en su infinita sabiduría, había convertido de la noche a la mañana las palabras en motivo de horca.
Y todo hombre que hubiera pronunciado un discurso aquel verano debía decidir, esa misma semana, si había hablado en serio.
Los clubes llevaban dieciocho meses hablando.
Ella había compartido ocho meses con ellos y habría dado la vida por cualquiera de sus horas.
Liam había alzado la vista por encima de la forma tipográfica y le había hecho la única pregunta que importaba: ¿estás en esto hasta el final, Lady Birdie, o solo mientras sea una historia que contar?
No había tenido ni que pensarlo.
Hasta el final.
Así que habían huido al campo antes de que las órdenes de detención los alcanzaran: al sur, a Tipperary, a los pueblos mineros donde los hombres tenían picas.
Ella llevaba mensajes cosidos en el dobladillo, la clave cifrada en la cabeza y una pistola de bolsillo que nunca disparó.
Estaban seguros, todos tan seguros, hasta la misma semana en que todo acabó en un bancal de coles, de que encendían un fuego que prendería en toda la isla.
Durante aquellas semanas de huida, ellos habían sido su familia: una familia elegida, no recibida.
Y ahora todos estaban muertos, o en la cárcel a la espera de juicio, o aún huían por un país infestado de soldados, mientras ella se arrodillaba ante el fogón de un lord y buscaba una sonrisa en la comisura de sus labios.
—Ha vuelto a irse. —La voz de Aidan sonó cautelosa al otro lado del fuego.
Había aprendido a no tocarla cuando le ocurría; lo había aprendido sin que nadie se lo dijese, y aquella era otra de sus insoportables bondades—.
Lo hace a veces. Se va a un lugar al que no puedo seguirla y vuelve más pálida.
No le pregunto adónde. Me limito a comprobar que vuelve.
—No es asunto suyo.
—No. —Dejó pasar un momento—. Pero aun así cuesta verla marcharse, incluso desde una distancia desde la que no tengo derecho a preocuparme.
Ella se levantó y cogió la tetera, por tener algo que hacer con las manos, y no le dijo adónde iba.
La esposa del rector llegó el miércoles en el carruaje de la rectoría, con una cesta y un propósito.
Bridie estaba junto a la ventana del salón, vestida de seda gris, cuando el carruaje avanzó por el camino de entrada, porque era allí donde se sentaba una prima convaleciente y ya había aprendido su papel.
—Señora Ormsby. —Aidan la recibió en el vestíbulo con voz de quien atiende a una delegación—. Nos honra con su visita.
—No honro a nadie, Lord Fitzroy. He venido a curiosear y más vale que lo sepa.
—Era una mujer menuda y enérgica, con un sombrero parecido a un cubo de carbón.
Entró en el salón delante de él y examinó a Bridie de una sola mirada, como examinaba la comarca cuanto caía en su campo de visión: la seda, el chal, el rostro—.
Así que esta es la prima. Querida, conocí a su madre.
La conocí cuando aún era una Vaughan y no una Fitzroy, y antes del mediodía no había quien le sacara una palabra amable en toda la comarca.
Tiene usted su barbilla. ¿De qué rama de los Vaughan es?
—De la de Ludlow. —La respuesta le salió antes de sopesarla, porque Ludlow era la única población de Shropshire que habría sabido encontrar en un mapa, y una mentira necesita un lugar donde asentarse—. De la rama menos importante, me temo. Tenemos el apellido, pero nada del dinero.
Al otro lado del salón, una de las cejas de Aidan se alzó un cuarto de pulgada. Shrewsbury. Dije Shrewsbury.
—Ludlow. —La señora Ormsby frunció el ceño, tratando sinceramente de recordar—. Yo había entendido Shrewsbury. Lord Fitzroy dijo Shrewsbury.
—Shrewsbury es la dirección postal. —Bridie no lo miró—.
La familia es de Ludlow. Mi tío tiene un beneficio eclesiástico en…
En fin, no conocerá el lugar; es una parroquia que se cruza de un escupitajo.
Ninguno de nosotros es importante. Soy la primera de la familia que cruza el mar, y mire cómo me ha sentado.
—Se ciñó más el chal, con aire compungido e inglés—.
Mi madre me recomendó el aire marino. Desde Holyhead no he visto más que lluvia.
—Claro, es que hemos tenido un mes espantosamente lluvioso.
La palabra le había salido antes de oírse: «claro», a la manera irlandesa, plantado al comienzo de la frase como un perro en el umbral. A la señora Ormsby se le iluminó la cara.
—¡Hay que oírla! «Claro». Ya se le ha pegado: lleva un mes en el país y ya habla como una irlandesa.
Lord Fitzroy, para Navidad será una de los nuestros.
—Estaba encantada—. Mis propias hijas volvieron de pasar un verano en Bray diciendo «claro» y «estupendo», y estuve a punto de mandarlas a un convento.
—Son los criados —intervino Aidan con naturalidad desde la chimenea—. Pasa mucho tiempo en la cocina. A mi prima le gusta el fogón.
—Una dama en la cocina. —La señora Ormsby no lo desaprobó; tomó nota, como se tomaba nota de las cosas en la comarca—.
Bueno, cosas peores hay. La gente de Kilbride habla muy bien de usted, Lord Fitzroy, y así se lo digo al rector, digan lo que digan los demás en las reuniones de caza.
Y ahora, querida, vendrá usted al oficio de la Cosecha.
El señor Pike preguntó por usted en la rectoría el martes mismo, si estaría ya lo bastante recuperada.
Le dije que vendría a comprobarlo por mí misma, y lo he comprobado, así que vendrá.
Un frío le bajó por la espalda bajo la seda, sin llegar a reflejarse en su rostro.
Pike había preguntado por ella en la rectoría.
No en la casa: en la rectoría, donde hablaba toda la comarca.
«Sin importancia», había pensado ella aquella tarde en el salón.
Un hombre prudente no preguntaba por algo sin importancia.
—Nada me gustaría más. —Puso su voz de salón, cálida como el té frío—. Si Aidan me presta el carruaje.