Fuego y bronce 13. AMURRU #10
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13. AMURRU #10

De pronto pensó en Muballit. Su hijo. Miró en torno suyo y no lo vio.

En ese momento llamaron a la puerta de la casa y corrió a abrir.

Pero no era Muballit. La figura grande y la cabeza rapada le provocaron una sacudida peor que la sufrida cuando vio a Eumetas.

Su vida era una sucesión de pesadillas, y en un instante Erita revivió la de aquel día fatídico en Kutira.

Afareo impidió con facilidad su intento de cerrar la puerta y entró en la casa.

Preguntó por Kerkios con una sonrisa perversa, y antes de que Erita pudiera decidir si valía la pena responder se fijó en el cuerpo que yacía en medio de la estancia, junto a la mesa.

Estiró del manto y lo volteó, y el rostro del cadáver le miró con ojos muertos.

Eumetas, a quien no había vuelto a ver desde la batalla de Pi R ā mese.

¿Qué estaba haciendo allí? ¿No lo atravesaron las flechas de los kemetyu ?

¿No se ahogó en las aguas de Iteru ? Comprobó que había sido apuñalado en varios sitios, y vio sobre la mesa un cuchillo manchado de sangre.

Lo que imaginaba le pareció inconcebible y se volvió hacia Erita.

Algo impactó con violencia inusitada contra su sien, haciéndole perder pie y tambalearse.

El trípode en la mano de Erita resistió bien el impacto; un trípode fabricado por su hijo Lupakki, a quien ella creyó muerto durante veinte años y que ahora ya lo estaba.

Un trípode hecho de bronce procedente de Alašiya, la isla que Afareo había contribuido a conquistar.

Erita se precipitó hacia Afareo para volver a golpearlo, pero él fue más rápido.

Le agarró el brazo cuando este descendía y con la otra mano la abofeteó con violencia.

Ella salió despedida y cayó de bruces. El trípode rodó por el suelo.

La brecha abierta en la frente de Afareo comenzó a sangrar y él rugió de ira.

Dijo algo que a Erita le pareció una especie de discurso, mientras de forma grotesca sonreía y fruncía el ceño, como si llevara puesta la máscara de un dios del inframundo.

Mencionó a Eumetas, a Kerkios y a sí mismo, pero Erita no escuchaba.

Apenas se levantó, Afareo la cogió del pelo y le golpeó el rostro con el dorso de la mano.

Su cuerpo chocó contra la mesa y los anaqueles de la pared y volvió a caer.

Y él se abalanzó sobre ella con ojos desorbitados y escupiendo saliva mientras gritaba, arrebatado por el furor.

Los manotazos de Erita eran como moscas revoloteando delante de Afareo; él le asió los brazos y los empujó con fuerza hacia atrás. Y sonrió de nuevo.

Sintió que aferraban por la espalda su túnica de piel de jirafa y tiraban de ella.

Su cuerpo fue apartado del de Erita y arrojado contra la mesa.

El cuchillo cayó al suelo. Afareo se revolvió con rapidez para encarar a su agresor; pocos eran capaces de mover una mole como la suya, así que su atacante no podía ser otro que Kerkios, que habría regresado a casa después de acabar su servicio en el migdol .

Le costó creer que quien tenía delante era el gigante nešili , el salvaje de Ḫ attuša de un solo ojo. No recordaba su nombre.

Gurpa intentó darle sentido a la escena.

A un lado se hallaba el cuerpo ensangrentado del a ḫḫ iyawa que, recordó, pretendió pactar con él en Ugarit.

El trato fue enfrentarse al faraón de Mizr ī por tierra y por mar y luego repartirse el reino.

Gurpa lo rechazó y siguió su propio camino.

Ahora el hombre estaba tirado en el suelo de aquella casa en medio de un charco de sangre.

No tuvo duda de que lo había matado el otro a ḫḫ iyawa , a quien también recordaba de Ugarit: el cráneo rapado y la piel de jirafa eran inconfundibles.

Se dio cuenta de que su sorpresa al verle no era menor que la que sentía él.

¿Qué hacía en Irqata, en casa del niño? ¿Tal vez era familia suya?

Ya en Ugarit el a ḫḫ iyawa le pareció un individuo impetuoso y visceral, y cuando entró en la casa y vio la violencia ejercida contra la mujer no lo dudó ni un instante.

La mujer… Debía de ser la madre del muchacho.

El tiempo se detuvo al mirarla. Su cara le era conocida, extrañamente familiar.

Sus facciones, el color del cabello, sus ojos…

Los rasgos le traían a la mente a alguien del pasado, alguien cuya evocación se había prohibido a sí mismo.

Vaciló. Vio en un rincón un pequeño altar y en él una estatuilla.

Era igual a la que Lupakki honraba en el taller.

Aširatum. No podía ser una coincidencia.

Vinieron entonces a su memoria viejos recuerdos escondidos tras otros más nuevos, imágenes enterradas por el paso y el peso de los años.

Vio la forja de Appu en Wilios. En Wiluša.

También allí la diosa amorrea tenía un pequeño pedestal y recibía culto.

Alguien de la familia de Gurpa prendía hierbas en un incensario ante la figurilla.

Alguien cuyas raíces estaban en Amurru. La cabeza le dio vueltas.

Pensó en el colgante en la mano de Lupakki, la medialuna de cornalina que había surgido de las entrañas del pasado.

Volvió a mirar a la mujer, su rostro envejecido pero el mismo de hacía veinte años. No podía ser. Era imposible.

—Mikal…

Hacía mucho tiempo que no oía su nombre, tanto que casi lo había olvidado.

No había nadie sobre la tierra que la pudiera llamar así.

Tardó en reconocer al hombre que lo acababa de pronunciar, un gigante con un parche en el ojo y con cierto aire de nešili .

Se incorporó un poco, hizo una mueca de dolor y le miró desde el suelo.

Algunos rasgos le eran familiares, pero otros como el parche o la barba la confundían.

El cabello recogido en una trenza, la mirada penetrante y serena, el tamaño de su cuerpo y de sus brazos, le recordaban a alguien querido y cercano que desapareció hacía muchos años, cuya envergadura y corpulencia siempre la impresionaron.

Alguien que era amable con ella y cuya miradas fugaces y discretas ella recibía con una modesta sonrisa.

Sus labios sangrantes por la paliza de Afareo comenzaron a temblar.

Tuvo una profunda sensación de vértigo, de vacío, como si estuviera a punto de caer a un pozo sin fondo.

Todo ese torbellino de emociones se produjo en el tiempo que Afareo tardó en ponerse en pie y empuñar un arma.

No comprendió la presencia allí del gigante nešili , ni se le pasó por la cabeza preguntarle la razón de su intromisión.

No le interesaba en absoluto saberlo. En cambio, aquel le pareció un momento perfecto para saldar las cuentas que habían quedado pendientes en su primer encuentro en Ugarit.

La daga voló y cortó el aire y Gurpa, aturdido por la imposibilidad de lo que acababa de descubrir, solo tuvo tiempo de cubrirse con las manos de forma instintiva.

La hoja atravesó su antebrazo izquierdo.

Afareo vio el otro cuchillo en el suelo y corrió a cogerlo, pero Gurpa se interpuso y le empujó hacia la puerta.

Ambos la cruzaron agarrados el uno al otro, rodando por tierra en un ovillo de brazos y piernas.

La cabra se asustó por el estruendo y trató de escapar del redil, y Muballit gritó aterrorizado y se agazapó entre la paja.

Gurpa apretó los dientes cuando extrajo la daga del brazo. Ahora él tenía el arma.

Afareo calculó sus opciones. El gigante nešili era enorme, más que él incluso, pero estaba herido y le faltaba la visión de un ojo.

Además, parecía más desconcertado de lo que él mismo lo estaba.

El problema estribaba en que tenía un arma.

Cogió el balde de madera donde Muballit ordeñaba la cabra cada mañana y se lo arrojó.

Gurpa se giró y el cubo impactó contra su espalda y se hizo mil pedazos.

Recuperó la verticalidad y volvió a perderla al recibir un puñetazo en pleno rostro.

Su mano se abrió y soltó la daga. Afareo estaba en forma, era fuerte y rápido; en cambio él se sabía lento y falto de la garra que siempre tuvo en combate.

Meses en el taller no habían mermado su fuerza física pero sí su velocidad y sus reflejos, su capacidad de tomar al instante la decisión correcta en una pelea.

Veinte o veinticinco años atrás, Afareo no habría tenido ninguna oportunidad contra él.

Pero ahora Gurpa se había convertido en una sombra de lo que fue.

Además, en su cabeza todo era confusión: aún seguía dándole vueltas a algo inconcebible.

El brazo herido le daba dolorosas dentelladas y tenía a su rival sobre él golpeándole la cara y el cuerpo, en una sucesión de golpes que le era imposible atajar.

Afareo lo agarró del ceñidor y lo lanzó contra el cercado.

Las maderas saltaron por los aires y Gurpa cayó al suelo.

Ofuscado y dolorido, no tuvo tiempo de levantarse y su rival ya estaba sobre él golpeándole en los riñones y pateándole la cabeza.

No recibía un castigo así desde su esclavitud entre los kaška .

En infinidad de ocasiones fue apaleado en Tiliura por Taniti y por otros; había visto el rostro de la muerte muchas veces y por eso no sintió miedo, solo desesperanza.

Entonces apareció ante él no el rostro de la muerte sino el del viejo mercader P ū sukš ē n, quien en una ocasión le dijo que a veces había que saber luchar no solo sin miedo, sino también sin esperanza.

Bloqueó uno de los golpes con su brazo herido; el dolor casi le hizo desmayarse.

Aprovechó el desconcierto de Afareo y le golpeó en plena cara.

Afareo retrocedió y Gurpa logró ponerse en pie. Ahora comenzaba otra pelea.

Gurpa hizo una presa por la espalda a Afareo antes de que pudiera reaccionar: lo rodeó con sus brazos y apretó con toda la potencia que aún conservaba en ellos.

La sangre brotó de la herida del antebrazo a borbotones, pero Gurpa ignoró el dolor.

La habilidad y rapidez no iban a servirle contra Afareo: solo podría vencerle con el uso de la pura fuerza bruta.

Oprimió con todo el vigor que le quedaba.

Afareo sintió que le aplastaban los pulmones; si no lograba liberarse, pronto le faltaría el aire.

Sus pies se elevaron como si flotara: Gurpa era más alto que él y le estaba levantando del suelo.

Forcejeó e intentó bracear. Echó con violencia la cabeza hacia atrás y su cráneo chocó con la frente de Gurpa, que no vio venir el golpe.

El impacto fue terrible, el abrazo se deshizo y Gurpa se tambaleó y se derrumbó.

Ni siquiera arqueó la espalda para amortiguar la caída.

Todo había sido un espejismo para Gurpa.

Liberado de la opresión, Afareo hinchó el pecho y sintió que los pulmones dejaban de quemarle.

Se giró y pateó con rabia el estómago de su enemigo.

Gurpa se retorció de dolor y emitió un gemido inaudible.

Con el último aliento que había en su cuerpo trató de levantarse.

Afareo se acercó a los restos del redil destrozado, arrancó uno de los tablones que colgaban de la cerca y lo partió en dos sobre la espalda de Gurpa.

El estallido de la madera quebrándose le agradó y recuperó la sonrisa.

Echó un vistazo a su alrededor y vio entre los restos destartalados del cercado una vara de madera, una especie de pica de punta afilada.

Estaba medio podrida y mohosa, sucia y corroída por la carcoma.

La cogió y caminó hacia Gurpa. Le hincó la vara en la pierna y esta vez el grito sonó como si Tar ḫ un el Dios de la Tormenta hubiera tomado posesión de su cuerpo.

Afareo retorció la madera en la herida antes de extraerla.

Le puso el pie sobre el pecho igual que haría con un animal abatido en una cacería, y alzó la vara por encima de su cabeza con ambas manos. Apuntó al corazón.

El cuchillo entró por debajo de las costillas y le atravesó el hígado.

Afareo escupió sangre. Se dio la vuelta y recibió una nueva puñalada en el vientre.

Soltó la vara de madera y sintió el cuchillo hundiéndose en su pecho hasta alcanzar el corazón.

El arma se quedó allí clavada y su cuerpo se desplomó sin ruidos ni aspavientos, casi con sutileza, como caería un trozo de tela sobre la arena.

Desde el suelo vio con ojos vidriosos el rostro de Erita.

Antes de que el nefesh abandonara su cuerpo pronunció su nombre, pero ella negó con la cabeza. Su nombre nunca más sería Erita.

Muballit, testigo oculto durante toda la pelea, tuvo miedo.

Acababa de ver a su madre matar a dos miembros de su familia.

¿Así funcionaba el mundo, era esa una lección que debía aprender?

¿Le mataría ahora también a él? De pronto la injusticia de nacer para morir le pareció inaceptable.

No era más que un niño, y ya no quiso ser adulto en un mundo como aquel.

Se conjuró para no crecer jamás, y si acaso su madre planeaba matarle la convencería de que le permitiera vivir.

Él podía ser muy convincente. Salió de su escondite, corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas.

Mikal tenía el cuerpo magullado y sangraba por la nariz; el abrazo le dolió, pero no apartó al niño ni se quejó.

Acarició y besó emocionada la cabeza de Muballit, y se juró a sí misma que jamás volvería a vivir con miedo.

El hombre que la había salvado yacía inmóvil en el suelo.

Erita se volvió hacia él. Gurpa. Era imposible, pero recientemente había experimentado cómo lo imposible podía convertirse en real.

Se arrodilló, le puso las manos en el pecho y lloró.

Al oírla él entreabrió su único ojo, hinchado por los golpes, y la miró.

Y se creyó muerto, porque estaba viendo un fantasma.