Fuego y bronce Epílogo
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Epílogo

Mientras vivas, brilla, no temas nada en absoluto. Que la vida dura poco y el tiempo exige su tributo.

Epitafio de Seikilos, siglosI-II d.C.

P ū sukš ē n desmontó y apaciguó su caballo, y pronto acudió un palafrenero que tomó las riendas y se lo llevó. Él corrió a su lugar en primera fila, con el escudo embrazado y lanza en ristre.

—Llegas tarde, primo —le dijo Muballit—. Por poco la batalla empieza sin ti.

—Si queréis la victoria, más os vale esperarme —comentó con falsa presunción. Muballit disimuló una sonrisa—. Mi padre quiso darme unos consejos en el último momento.

—¿Consejos? ¿Gurpa? No te ofendas, pero no le he visto combatir en mi vida. Y no tiene aspecto de haberlo hecho jamás.

P ū sukš ē n no se ofendió en absoluto: conocía la lengua suelta y provocadora de Muballit y su tendencia a la irreflexión.

—No siempre tuvo una sola pierna —contestó—. Ni un solo ojo.

Algún día, pensó, el propio Gurpa rompería su silencio y le hablaría al hijo de Mikal de los cientos de batallas en que había luchado. Se alineó en el frente, lanza con lanza y escudo con escudo, y miró al horizonte.

Allí, bajo un cielo plomizo, miríadas de hombres pertenecientes a uno de los pueblos asentados al sur de las tierras de Amurru agitaban sus armas y voceaban al viento cánticos en un idioma nunca oído por P ū sukš ē n.

Sabía quiénes eran por habérselo escuchado al anciano Sakar, el viejo amigo de su padre.

En la lengua de los kemetyu , que Sakar conocía a la perfección, el nombre de esas gentes era Ysrj Ꜣ r ; estaban haciéndose con el control de todo el territorio de Kin ā na y al parecer también tenían interés en apropiarse de Amurru.

El Señor de las Dos Tierras, cansado de las continuas revueltas de los pueblos que habitaban Retenu, y probablemente sin recursos para poder solventar la presión de otros grupos externos que pretendían instalarse allí, había comenzado a retirar sus guarniciones renunciando así a la soberanía sobre esas regiones.

«Los señores vienen y van; el resto permanece», decía Sakar.

Desde entonces esa franja de tierra se había convertido en foco de conflictos que parecían no tener fin, donde imperaba la ley del más fuerte y donde un nuevo orden pugnaba por abrirse hueco.

Por desgracia el nacimiento de un mundo nuevo casi siempre implicaba desmoronar el antiguo, y la pequeña ciudad de Irqata se preparaba para no ser devorada por ese torbellino de caos y destrucción.

En la línea del frente, unas decenas de cuerpos a la derecha, P ū sukš ē n vio a su tía Azzari y su esposo Buzazu.

Ella constituía un caso extraordinario: la única mujer sobre la tierra, no había duda, no solo en empuñar las armas sino también en manejarlas mejor que la mayoría de los hombres.

Y combatiendo en primera fila. P ū sukš ē n les hizo un gesto de saludo.

Un pensamiento llevó a otro y visualizó casi de modo inconsciente el rostro de Kaddusi.

La hija de Azzari pronto cumpliría con los ritos de paso para festejar que las niñas dejaban de serlo y se convertían en mujeres, y sería entonces cuando él había pensado desposarla.

Se conocían desde pequeños y ya hacía tiempo que P ū sukš ē n no tenía ojos más que para ella.

Le sacaron de su ensimismamiento las voces de Kurunta, rompiendo el silencio sepulcral que imperaba en las filas. Pese a sus casi setenta años el alfarero tenía el aspecto y la fuerza de alguien con la mitad de esa edad, y el entusiasmo de un chiquillo.

—¿Vamos a permitir que sus voces resuenen en este lugar? ¡Hagamos que oigan el rugido de nuestras gargantas! ¡Gritad conmigo el nombre de vuestros antepasados!

El eco de su voz se escuchó por toda la llanura y miles de hombres imitaron a Kurunta, elevando un clamor que llegó a oídos de los dioses.