Fuego y bronce 13. AMURRU #9
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13. AMURRU #9

Ella lo dijo solo una vez: Wiluša hacía veinte años.

Kerkios no comprendió, pero tampoco titubeó.

Hizo una finta que ninguno de ellos pudo prever, sujetó el brazo diestro de Azzari y le traspasó la muñeca con el puñal.

Ella emitió un aullido de dolor y la espada cayó al suelo.

Wiluša hacía veinte años. ¿Qué estaba sucediendo aquella noche?

¿Por qué ese hecho volvía a su vida y estaba en boca de todos?

El mundo se había vuelto loco. Oyó el movimiento de Lupakki a su espalda y se giró a tiempo de bloquear la estocada.

Lupakki recordó fugazmente a Muksus y comprendió que mientras se dejara dominar por la ira la pelea estaría perdida.

Se miraron y estudiaron mutuamente. Bailaron uno frente a otro con las luces y sombras que la luna proyectaba sobre ellos.

Fueron conscientes al mismo tiempo de la extrema habilidad del contrario.

Lupakki volteó la daga en su mano y se la arrojó a Kerkios, y este encogió el cuerpo y la evitó apartándose hacia un costado.

El arma le rozó el hombro y cuando volvió la vista a su rival, este le sujetaba el brazo y le golpeaba con la rodilla bajo las costillas.

Cayeron de nuevo; Lupakki aprisionó con su peso a Kerkios.

Él soportó la presión, liberó un brazo y le hizo un corte que le rajó la ropa y el pecho.

Pero Lupakki no cedió. Con su cuerpo aplastando el de Kerkios, le cogió el cuello con ambas manos y apretó.

Le oprimió la yugular con sus pulgares, los hundió en la carne y siguió presionando.

Kerkios sintió que le faltaba el aire; con la escasa movilidad que le permitía el peso de Lupakki le hundió el puñal en el costado, pero Lupakki no aflojó ni un ápice.

La cara de Kerkios enrojeció, abrió la boca buscando aire desesperadamente y su lengua asomó entre los dientes.

Oyó a Lupakki decir «esto es por Mikal» mientras lo asfixiaba y le rompía el cuello con sus férreas manos, y exhaló el último suspiro preguntándose quién era Mikal.

El cielo nocturno era el mismo en Šumur que en cualquier otra parte.

Las estrellas y la luna brillaban con la misma intensidad, y la noche era igual de oscura.

Sin embargo, a Gurpa le pareció distinto.

Se sentía extraño bajo aquella bóveda celeste.

Tal vez Lupakki sintió lo mismo por la tarde y por eso se había mostrado tan inquieto.

Ya había descubierto que su sobrino percibía cosas que al resto de las personas se les escapaban.

Pero Gurpa sospechaba que el problema no era el cielo ni la noche: era él mismo.

Estaba acampando a las afueras de la ciudad que no hacía tanto tiempo había saqueado e incendiado.

Aquel día caminó por sus calles y nadie había reconocido al líder de la fuerza de salvajes que aniquiló la guarnición de soldados del faraón y redujo a escombros los bastiones y la residencia del gobernador.

Pero no era preciso ser reconocido para sentirse incómodo en aquel lugar.

La ciudad no le traía buenos recuerdos. Para empezar, allí murió su amigo Idrimi.

Y fue en Šumur donde supo que se acercaban a un precipicio y que no habría vuelta atrás en lo que estaban haciendo.

No cabría una nueva oportunidad para ellos.

Y sin embargo, cuán equivocado estaba, porque sí habían vuelto a empezar: habían renacido y emprendido un nuevo comienzo en Irqata.

Como lo habían hecho los habitantes de Šumur, a quienes Gurpa arrebató las casas y las vidas.

Pero en su caso ese renacer enmascaraba un profundo dolor.

Sabía que no era Lupakki el único que había oscurecido su carácter: él mismo se sentía, sin poder remediarlo, triste y desmoralizado.

Había perdido esposa, hermano y padre, y sus muertes se debían a decisiones tomadas por él.

Ese era un lastre demasiado pesado de arrastrar.

Pero también sabía que no podía seguir así.

Lloró; no lo hacía desde que enterró a su familia.

No era el único con derecho a sentir pena: Lupakki, Azzari, Buzazu, todos ellos podían llorar y lamentar sus respectivas pérdidas.

Pero no debían permitir que el mundo que habían empezado a construir juntos se levantara sobre las lágrimas derramadas por quienes ya no estaban.

Quizá fuera bueno, pensó, que la breve estancia en Šumur sirviera para cerrar en su interior las viejas heridas, para perdonar y perdonarse, dejando atrás definitivamente el pasado y pensando solo en los tiempos venideros.

Echó un tronco grueso al fuego y se tapó.

Y se durmió mirando las murallas de Šumur recién reconstruidas, recortándose en la llanura.

Antes del amanecer arrojó arena sobre los rescoldos humeantes de la fogata, recogió las pieles y montó en el caballo.

Galopó como hacía años que no galopaba. Quiso recordar así al viejo amigo con quien compartió tantas aventuras, su hermoso alazán criado en las praderas de Ḫ apalla , regalo del Gran Tabarna de Ḫ atti, que tuvo un fin tan terrible a manos de los kaška .

No había vuelto a pensar en el animal desde entonces.

Sintió el viento fresco azotando su cara y lloró de nuevo, pero ahora de emoción.

Era la última concesión que le iba a hacer a su vida anterior.

Cuando estuviera en Irqata no volvería a mirar al pasado.

Recorrió la distancia en muy poco tiempo y llegó temprano al taller.

Pensó que los encontraría a todos durmiendo.

Allí, en el patio, vio a Lupakki y Azzari.

Ella estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared, sosteniendo en su regazo el cuerpo de su hermano.

Azzari llevaba un tosco vendaje en la muñeca derecha.

Él tenía la ropa empapada en sangre. Estaba muerto.

A las precipitadas preguntas de Gurpa, Azzari solo contestó, con ojos ojerosos y un hilo de voz, que lo habían hecho.

Al fin habían vengado a su madre. Habían matado a su asesino.

Él no entendió de qué estaba hablando. Se fijó en algo que tenía Lupakki en su mano inerte; se acercó y el pasado, que acababa de jurarse no volver a visitar, lo asaltó.

Cogió el colgante. Gurpa sabía muy bien qué era aquella piedra anaranjada que ahora se bamboleaba entre sus dedos, la había visto día tras día durante años pendiendo del cuello de Mikal.

No fue capaz de articular palabra. Oyó en un rincón del patio un leve gimoteo y se asomó: su hijo P ū sukš ē n parecía haber estado la noche entera llorando.

Gurpa corrió hacia el muchacho y lo abrazó, y él trató de contarle lo sucedido con la voz rota.

El niño del trípode, el hombre, la pelea.

Gurpa no sabía si estaba entendiendo lo que su hijo le decía.

Le pidió que despertara a Buzazu, pero antes le indicara dónde había ocurrido todo aquello.

Luego, le besó y desapareció por la puerta del patio.

Los escasos madrugadores que comenzaban a salir de sus casas pudieron ver a Gurpa recorrer la ciudad a grandes zancadas.

Cuando llegó al lugar que Muballit le había indicado, la calle estaba aún desierta.

Todavía ningún curioso había descubierto un hombre muerto tirado en el suelo.

Quizá alguien habría podido reconocer a Kerkios el akhaio , soldado mercenario de la guarnición del faraón, pero Gurpa era la primera vez que lo veía.

Se arrodilló junto a él e inspeccionó el cuerpo.

Había sangre pero no tenía heridas, y su cuello estaba roto.

Ese era el hombre que había matado a Lupakki.

Y si Azzari no se había vuelto loca, el que mató a Mikal hacía veinte años.

Alzó la vista y cerró los ojos. Suspiró profundamente.

Luego vio a poca distancia una casa y un pequeño redil.

En él una cabra masticaba hierba con parsimonia y un niño apoyaba la cabeza sobre su lomo mientras la abrazaba.

Gurpa lo reconoció; era Muballit. El muchacho no había sido capaz de entrar en la casa y había pasado la noche con el animal, tratando de lograr la paradoja de conciliar el sueño para escapar de una pesadilla. Gurpa se levantó.

Dentro de la casa Erita cabeceó y volvió a la consciencia.

Y lo primero que pensó fue que ojalá no lo hubiera hecho.

Vio el bulto en el suelo y deseó que el cadáver de Eumetas hubiera desaparecido, pero allí estaba aún.

La sangre ya había dejado de manar de las heridas y comenzado a secarse sobre sus ropas, como si fuera uno de los tintes que Kerkios había aprendido a usar en Šumur.

La cabeza de Erita ardía. Se puso en pie e instintivamente cerró la puerta de la casa, que había permanecido abierta toda la noche.

Pero no le gustó la sensación de encerrarse con el muerto; habría querido correr, huir, escapar de todo aquello.

Comenzó a recordar y le costó tomar conciencia de esos recuerdos: Eumetas le salvó la vida, Kerkios mató a su familia.

Eran más terribles que la mentira en la que había vivido siempre.

Todos esos años había odiado a su benefactor y amado a un asesino.

Ojalá nadie la hubiera rescatado de las llamas de Wiluša, ojalá la hubieran dejado morir con su esposo y sus hijos.