Fuego y bronce 13. AMURRU #8
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13. AMURRU #8

Kerkios encendió el fuego del hogar. El resplandor iluminó el bulto de su tío tendido en el suelo sobre un charco de sangre y a Erita y al niño acurrucados en un rincón.

El cuerpo de Eumetas aún estaba caliente.

Kerkios, incrédulo, especuló con la absurda idea de que alguien hubiera intentado asaltar su casa.

Se acercó a Erita, que permanecía muda; le preguntó por ella, por la presencia allí de Eumetas, por la situación tan descabellada que tenía delante, y ella al fin rompió su silencio y confesó el crimen.

Kerkios pensó que la locura se había adueñado de su mujer.

Y Erita, entre sollozos, se vio obligada a explicar aquello que le era inconcebible que él no hubiera comprendido jamás: Eumetas era el asesino de su bebé recién nacido, de su esposo Kessi, de sus hijos Lupakki y Azzari, de su suegro Appu, del joven esclavo Impakru; Eumetas quemó su casa y acabó con la vida que tenía en Wiluša hacía veinte años.

No fue la guerra, no fueron los a ḫḫ iyawa , no fueron los dioses: lo hizo Eumetas.

Su rostro la visitaba por las noches y en sus pesadillas la lanza de Eumetas se clavaba en los cuerpos de los suyos una y otra vez.

Erita no podía respirar el mismo aire que ese ser odioso, no podía soportar su rostro homicida ni escuchar su voz de criminal.

Por eso quiso alejarse de él, por eso se mudaron a Irqata.

Y aquella tarde él había vuelto. Pero ya no volvería más.

Kerkios se sentó en el suelo junto a ella.

Nunca la había oído hablar de esa manera.

Jamás en sus labios oyó los nombres de su familia anterior ni nada que tuviera relación con lo sucedido veinte años atrás.

Creyó con ingenuidad que eso había quedado enterrado para siempre, olvidado por ella igual que había sido olvidado por él.

Era la primera vez que Erita le hablaba de aquella noche en Wiluša, que le contaba lo que vio, lo que vivió, lo que recordaba.

Y fue así como Kerkios descubrió el error de Erita, un error en el que había permanecido sumergida durante media vida.

La noche de Wiluša regresó a la memoria de Kerkios.

No fue Eumetas quien arrojó la lanza que atravesó el cuello de Impakru, ni tampoco quien acabó con la vida del bebé.

No fue su tío quien luchó con Kessi y Appu, ni quien dejó a los dos niños y a Erita dentro de la casa cuando esta quedó envuelta en llamas.

Fue Kerkios. Él golpeó a Erita y se marchó sin interesarse por la escena de muerte y desolación que dejaba a sus espaldas.

Eumetas regresó a la casa, vio que la mujer seguía con vida en medio de un infierno de fuego y la libró de una muerte cruel.

Tal vez se apiadó de ella o quizá le pareció un desperdicio dejar morir a quien podría servir bien como esclava o como concubina.

Y se la entregó a su sobrino como regalo, como un recuerdo de la caída de Wiluša.

Paradojas de la vida: Eumetas salvó de la muerte a quien veinte años después se la dio a él.

Nunca pasó por la cabeza de Kerkios que Erita hubiera vivido confundida respecto a los hechos de Wiluša.

Estos quedaron sepultados por el silencio, jamás los mencionaron ninguno de los dos, y Kerkios creyó que ella, superviviente del desastre, aceptaba de buen grado su suerte y su destino como esclava de un akhaio .

También creyó que, al igual que le sucedió a él, el olvido y el tiempo se habían encargado de hacer germinar un sentimiento de amor en su corazón, amor hacia él, hacia una nueva vida juntos.

Pero Kerkios vivió equivocado al creer todo eso, igual que Erita vivió equivocada al creer lo que creyó.

Y ahora esas equivocaciones le habían costado la vida a Eumetas y salvado la de Kerkios.

Porque si hubiera sido el rostro de Kerkios el que visitara a Erita en sus pesadillas en lugar del de Eumetas, probablemente ella ya le habría matado haría años.

Erita no reaccionó. Escuchó el discurso de Kerkios, las explicaciones, las aclaraciones, y no dijo nada.

Se quedó inerte con los ojos abiertos, como muerta.

Él sintió que la cabeza le ardía. Se levantó y salió a la noche oscura.

Anduvo un poco y respiró la brisa fresca.

La luna, grande y redonda, proyectó su tenue sombra en el camino.

Oyó pasos detrás de él y vio que Muballit lo estaba siguiendo.

Lloraba. Lo abrazó y quiso consolarle de alguna manera, pero no se le ocurrió ninguna.

Vio entonces, unos pasos por delante, a un hombre que lo miraba inmóvil.

Junto a él también había un niño y Kerkios pensó, bordeando la locura, que tal vez eran sus propios reflejos, sus propias almas, hechas carne ante sus ojos.

Muballit reconoció al niño: era P ū sukš ē n, el muchacho de la forja.

Y la otra figura era el extraño individuo que le atendió la primera vez.

El hombre dijo algo al oído de P ū sukš ē n y este dio media vuelta y se alejó corriendo.

Lupakki se acercó a ellos. Miró a Muballit y le preguntó con voz grave de dónde había sacado el colgante que llevaba al cuello.

Era una piedra anaranjada con forma de medialuna, que brillaba como si tuviera luz propia.

El colgante de cornalina de su madre. El muchacho llevó la mano a la piedra y sus ojos viajaron y delataron a la persona que estaba de pie a su lado.

Kerkios, confuso por los acontecimientos, vio en Lupakki a un ladrón que pretendía robarles, tal vez el mismo que había intentado asaltar su casa y matado a Eumetas.

No, aquello no era posible: su tío yacía muerto por la mano de Erita, ella misma lo había confesado.

Amenazó con golpear a Lupakki si no se marchaba de allí.

Entretanto Lupakki le miraba tratando de pensar, de imaginar, de poner la cara de Kerkios en la del a ḫḫ iyawa que entró en su casa cuando él era un niño y mató a su madre.

No tardó en convencerse de ello. Su pecho comenzó a hincharse y deshincharse, sus puños se cerraron y su respiración se aceleró.

Dio unos pasos hacia él, le asió los pliegues de la túnica y lo empujó contra el suelo, rugiendo como un león.

Antes de caer Kerkios agarró los brazos de Lupakki y ambos rodaron por tierra.

Forcejearon y se golpearon en la cara y bajo las costillas.

Finalmente, Kerkios pudo zafarse del abrazo de Lupakki, lo apartó empujándolo con las piernas y se puso en pie.

Pero Lupakki ya estaba de nuevo erguido frente a él.

No llevaban espadas ni lanzas, tan solo sendas dagas en el ceñidor.

Kerkios sabía que si la sacaba la pelea se convertiría en un duelo a muerte y se contuvo.

No quería matar a nadie, no aquella noche.

Podía acabar con la trifulca con sus manos desnudas.

Lupakki no pensó lo mismo: la hoja del arma brilló en la noche.

Muballit se había retirado, asustado por el ímpetu salvaje de la pelea, y no podía contener las lágrimas.

Vio a otra persona acercándose a ellos. Era una mujer, aunque vestía como un hombre.

Él jamás había visto nada semejante. La mujer se puso junto a Lupakki y le preguntó a Kerkios con un tono monocorde si se acordaba de ellos.

¿Por qué tenía que acordarse de aquellos dos dementes?

, pensó Kerkios. ¿Cuándo los había visto antes?

Y comprendió que la pelea no era por el colgante sino por él.

O por ambas cosas. Sacó el puñal. Azzari recordaba la medialuna de cornalina de su madre, pero al ver el colgante en el cuello del niño pensó que podían existir montones de tallas de cornalina iguales a esa.

Sin embargo, se dejó llevar por la certeza de Lupakki y quiso creer que aquella era la de su madre y que ese hombre era su asesino.

Confiaba en su hermano y estaba decidida a llevar esa confianza hasta sus últimas consecuencias.

La mirada de Azzari era sombría, grave, como la de un toro a punto de embestir.

Ella sí sostenía una espada en la mano y sin más preámbulo la alzó contra Kerkios.

Él se arrojó sobre ella para ahogar el mandoble y Azzari dobló las rodillas y cayó de espaldas.

Gritó a Muballit que se marchara de allí, que volviera a la casa.

A la casa con su madre asesina y el cadáver de Eumetas.

También gritó a Lupakki y Azzari: no los conocía de nada, y si querían vivir era mejor que desaparecieran de su vista.