Fuego y bronce 13. AMURRU #7
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13. AMURRU #7

Cuando por la noche Lupakki se enteró, enloqueció de ira.

Había pasado días sin moverse del taller confiando en que el niño regresaría, pero aquella mañana Gurpa le pidió que lo acompañara hasta Šumur a llevar unos forjados para el altar sacrificial de un santuario.

Salieron temprano con un par de caballos y una parihuela; durante todo el día Gurpa estuvo notando la intranquilidad de su sobrino y a media tarde decidió dejarle regresar a Irqata, mientras él se quedaba en Šumur a acabar el trabajo.

Lupakki cabalgó hasta el taller y nada más llegar y saber lo sucedido montó en cólera.

Buzazu no entendió su enfado; Azzari sí.

Su hermano le había contado el motivo de su preocupación y de su imperioso deseo de ver al niño de nuevo.

Ella trató de consolarlo: era evidente, le dijo, que los dioses no querían que ese niño volviera a cruzarse en su camino.

De hecho, quizá su aparición no había sido señal de nada en absoluto.

Azzari se debatía entre la incredulidad y la confianza en su hermano, entre prestarse un apoyo inquebrantable y atender a lo que el sentido común le dictaba.

Sabía que el velo que separaba en la mente de Lupakki lo dudoso de lo cierto era tenue y peligroso.

Tal vez todo era producto de su imaginación.

Buzazu no entendía qué estaba sucediendo, pero pensaba igual que Azzari: Lupakki parecía vivir a solas consigo mismo, en un mundo interior al que nadie, salvo quizá su hermana, tenía acceso.

En ese mundo particular los ritos a Aširatum ocupaban un papel primordial.

Nadie veía a Lupakki llevarlos a cabo, pero todos sabían que la diosa amorrea de la montaña era la causa del olor a incienso senejteru que invadía el taller, mezclándose con los vapores del horno de fundición e impregnando el ambiente de un aroma entre acre y empalagoso.

P ū sukš ē n supo del estado en que se encontraba Lupakki y le asombró que la causa fuera un hecho tan banal.

Se acercó a él y le dijo que él conocía al muchacho del trípode.

Al día siguiente de la primera visita de Muballit al taller, P ū sukš ē n había acompañado a su padre a la plaza de Irqata a tratar con un mercader de Šumur.

El asunto tenía que ver con los forjados del altar que luego tendrían que llevar Gurpa y Lupakki al santuario de aquella ciudad.

En la plaza existía un pequeño surtidor de agua para abastecer a los ciudadanos de Irqata, y P ū sukš ē n vio allí de nuevo al joven Muballit llenando un ánfora.

Muballit era dos años menor que P ū sukš ē n y trataba de aparentar, con su gestualidad y su manera de hablar, una edad a la que tampoco P ū sukš ē n había llegado aún.

Esa ingenua arrogancia hizo gracia a P ū sukš ē n.

Cruzaron miradas, no se dijeron nada pero sus rostros revelaron un infantil y primario deseo de conocerse, de medirse, de saber a qué atenerse el uno respecto del otro.

Mientras Gurpa discutía con el mercader, P ū sukš ē n se acercó a Muballit.

Al fin hablaron, se cayeron bien y Gurpa dio permiso a su hijo para quedarse con su nuevo amigo mientras él volvía a la forja.

Entre juegos y bromas P ū sukš ē n acompañó a Muballit hasta su casa y luego regresó al taller.

P ū sukš ē n le explicó el encuentro con Muballit a un ansioso Lupakki, y cuando terminó su historia este le sujetó por los brazos. Era de noche, la luna y su corte de estrellas ya brillaban, pero a Lupakki no le importó y le pidió que lo llevara hasta la casa del niño.

Sin duda todo lo que acontecía entre el cielo y la tierra era voluntad de los dioses: lo bueno como lo malo, la vida como la muerte, la dicha como la congoja, la salud como la enfermedad.

Ese pensamiento cruzaba a menudo por la mente de Eumetas.

Sumido en dolores en su casa de Šumur, hacía tiempo que la aceptación de su muerte era completa y total.

La enfermedad que le corroía las entrañas seguía su inexorable camino y las pócimas, exorcismos y purgas de su curandero particular no parecían tener ningún efecto salvífico.

Era voluntad de los dioses, no cabía oponerse a ello.

Sin embargo, un día el mal empezó a remitir.

De forma paulatina Eumetas dejó de sentir dolor, su piel recuperó el color natural y el olor a podredumbre que lo había acompañado durante la dolencia comenzó a disiparse.

Las atenciones del curandero finalmente parecían funcionar y Eumetas cada vez se sentía mejor.

Hizo ofrendas y sacrificios a todas las divinidades de que tenía conocimiento; el haberse asomado a los abismos del inframundo le había apegado a las plegarias y los ritos.

Cuando se encontró lo bastante repuesto para viajar, Eumetas pidió a su cuidador que lo llevara a ver a su sobrino: quería hacerle saber el prodigio de su curación.

El curandero unció un asno a un carro y viajaron hasta Irqata.

No era un viaje demasiado largo; transcurría por una ruta comercial muy frecuentada en el pasado por mercaderes que recorrían Amurru desde las ciudades del sur hasta Ugarit, Alalakh y Emar, llevando tejidos, tintes y especias.

Ahora en cambio, el camino aparecía desierto; en todo el trayecto solo se cruzaron con dos jinetes que cabalgaban en dirección a Šumur arrastrando una parihuela.

Sentado dentro del carro, Eumetas reflexionaba sobre lo sucedido en los últimos meses y pensaba en las oportunidades perdidas a causa de su salud maltrecha.

Aquel gigante de Ḫ attuša, de quien no había vuelto a tener noticia desde su encuentro en Ugarit, había hecho su parte aun sin saberlo al poner en serios apuros al Señor de las Dos Tierras, y le había brindado a Eumetas la ocasión de asestar el golpe definitivo.

Pero él no había podido aprovecharla. Ahora que volvía a recuperar la salud y las ganas de vivir, tal vez pudiera preparar junto a Kerkios un nuevo plan de conquista.

Regresaría a su isla, Kupirijo, donde confiaba en conservar aún el poder ostentado durante años, y organizaría una nueva expedición, esta vez ocupándose él de todos los detalles.

Percibía que los dioses ponían en sus manos una nueva oportunidad y no iba a desperdiciarla.

A media tarde ya habían llegado a Irqata.

No le costó averiguar dónde vivía su sobrino; en la plaza solo hubo de preguntar a dos o tres personas por Kerkios el akhaio , para que le indicaran en qué lugar de la ciudad tenía su casa.

Pidió a su acompañante que lo esperara allí mismo; quería caminar un poco.

Siguiendo las indicaciones recibidas, pronto divisó la casa y el pequeño redil.

Desde allí una cabra lo miró con ojos inexpresivos, como muertos.

Mientras se acercaba a la casa vio a un niño trotando más que caminando unos pasos por delante de los suyos: parecía también dirigirse al mismo lugar.

Eumetas le reconoció en seguida y lo llamó por su nombre, y Muballit se giró y al ver a su tío abuelo retrocedió para abrazarlo.

Le mostró el trípode que llevaba en la talega, le explicó la historia del queso, lo inundó de felicidad, le habló de mil cosas en el breve instante que duró el abrazo, y Eumetas sintió que la vida volvía a correr por sus venas.

Frente a la puerta de la casa Muballit llamó a su madre.

Esta abrió al oír su voz y el universo se desplomó sobre su cabeza.

De nuevo ante sus ojos la encanecida barba trenzada, el caminar pausado, la mirada aguda y penetrante de Eumetas.

El hombre y el niño entraron, aquél pronunció el nombre de ella y la saludó con un gesto, Muballit le enseñó el trípode orgulloso como si él mismo lo hubiera forjado, Eumetas se sentó porque se encontraba algo cansado, el niño corrió de un lado a otro de la casa hablándole sin cesar a su madre, a Eumetas, a sí mismo…

El tiempo avanzó muy lentamente. Él pidió un poco de agua y Erita cogió el cuchillo que tenía guardado para Afareo y se lo clavó en el vientre, atravesando el manto y la túnica de Eumetas.

Retiró con rapidez la hoja y una mancha oscura apareció y tiñó sus ropajes.

Eumetas no hizo ningún ruido, solo abrió los ojos con asombro y miró a Erita sin entender por qué lo acuchillaba en lugar de darle agua.

Muballit miraba la escena sin comprender el juego al que su madre estaba jugando.

Erita hundió de nuevo el arma en Eumetas, ahora en el pecho, y él emitió un agónico quejido, como si se estuviera desinflando.

Recordó el modo en que tiempo atrás, cuando la enfermedad estaba en su apogeo, deseaba que lo asaltara la muerte, no con lentitud retorciéndose de dolor y carcomido por dentro sino con el filo de un arma y de forma rápida, y advirtió que los dioses habían atendido su ruego.

Algo tarde quizá, o quizá demasiado pronto.

Sonrió al darse cuenta de su descuido: debería haber alzado una plegaria renunciado a ese deseo, porque ahora le apetecía vivir unos cuantos años más.

Se inclinó pesadamente y con cierta parsimonia cayó al suelo, y la sangre lo rodeó como un aura encarnada que emanaba de su cuerpo.

Erita puso el cuchillo en la mesa y se sentó, abrió los brazos en dirección a Muballit y este, absorto mirando el cadáver de Eumetas, se acercó y se dejó envolver por ellos.

Las lágrimas de Erita cayeron sobre su cabello.

Permanecieron así hasta que oscureció y la noche se coló en la casa, cubriéndolo todo con un manto negro.