13. AMURRU #6
Afareo calló, extrañado por la alusión a uno de los remeros de su barco, pero de inmediato volvió a sonreír feliz de que Peremhab se hubiera salvado.
Kerkios no quiso contenerse y le dijo que había tenido ocasión de hablar con él y este le había contado cosas que, de ser ciertas, convertían a su hermano en un embustero.
Por boca de Peremhab ahora Kerkios sabía que el tiempo que Afareo y el propio Peremhab pasaron en el m’ga ţ ir de Tjaru no había sido en calidad de mercenarios al servicio del faraón, sino como reos condenados a muerte.
Tjaru era tanto acuartelamiento como prisión y Afareo había sido allí inquilino de una celda en la que recluían a quienes esperaban el día de su ejecución.
El delito era haber asesinado a un mercader de Ammonia.
Allí, en Ammonia, Afareo y Peremhab sí habían sido mercenarios de Akupitija, y valiéndose del poder de sus uniformes habían pretendido robarle una gran cantidad de oro a un importante mercader de la ciudad.
En el intento acabaron con su vida, la familia denunció el crimen y ambos fueron apresados y condenados a morir.
Por alguna razón la ejecución se postergó y los trasladaron a la prisión de Tjaru.
Allí fueron sometidos a tortura durante un tiempo, hasta que lograron escapar.
Se hicieron con un barco y huyeron mar adentro.
Esa fue la historia que Peremhab le contó a Kerkios, una historia que ahora Afareo tenía la ocasión de negar si acaso no era cierta.
No lo hizo, pero intentó justificarla. El mercader había reconocido a Afareo, explicó: dijo que sabía que era el joven akaywash de Puro cuya fama de ladrón le precedía.
Lo insultó por atreverse a robar a su amo, que además era su propio padre.
Era exactamente esa la injusta acusación lanzada por Alksoitas que obligó a Afareo a dejarlo todo y desaparecer.
La discusión con el mercader subió de tono y tuvo un trágico final.
Afareo juró que aquel hombre merecía morir por sus palabras; el propio Kerkios habría obrado del mismo modo en su lugar.
Y si lo había mantenido oculto había sido por vergüenza ante un episodio de su vida tan oscuro y desgraciado.
No entendía por qué eso podía molestar tanto a su hermano.
Este respondió que, en realidad, aquello le traía sin cuidado; era una mentira que, en efecto, tal vez él mismo también hubiera urdido para preservar el honor.
Pero sucedía que Peremhab le había contado más cosas.
Que era miembro de la tripulación de Afareo desde los tiempos de Puro.
Que el por entonces joven Afareo se aprovechó durante años de las actividades comerciales que administraba en nombre de su padre Alksoitas.
Que guardaba para sí mismo una parte de cada ganancia obtenida.
Que se dedicó a robar a Alksoitas hasta que este se hartó de ello.
Que la acusación era tan cierta como la luna y las estrellas que estaban siendo testigos de aquella conversación.
Kerkios tenía solo once años cuando Afareo se fue de Puro y creció detestando a su padre por ser el causante de su marcha.
El niño que era Kerkios quería a Afareo y dejó de querer a su padre en el momento que alejó a su hermano de él.
Escogió creer a su hermano en lugar de a su padre, y Peremhab le había mostrado que se equivocó.
Y ahora Kerkios retaba a Afareo a negarlo todo. Si es que se atrevía a hacerlo.
Afareo guardó silencio. Acudieron a su mente los oscuros pensamientos de años atrás.
Volvió a pensar en matar a Kerkios. Porque lo que había descubierto no era ni la mitad de peligroso de lo que aún podía llegar a descubrir.
Miró largamente a su hermano pequeño con unos ojos impenetrables, lúgubres, cenagosos.
Giró los talones y desapareció en la oscuridad del adarve.
Y Kerkios se quedó de nuevo a solas en las almenas del migdol , sumido en la zozobra que acababa de zarandear toda su vida.
De pronto, fue consciente de su pobreza de espíritu: había odiado a su padre por alejar a Afareo y, sin embargo, siempre le guardó fidelidad, incapaz de renunciar al amor que sentía por su progenitor.
Odió también a su tío Eumetas precisamente por provocar la muerte de Alksoitas; en cambio, permaneció junto a él y no dejó de acudir cada vez que este se lo requirió.
Y ahora era el odio hacia Afareo el que invadía todo su ser.
Se preguntó si también en esta ocasión, como había sucedido siempre, su flaqueza le haría claudicar y convertiría ese odio en humo al viento.
La mañana encontró a Afareo frente a la casa de Kerkios.
Dio golpes a la robusta puerta que Kerkios había colocado con sus propias manos y que ahora separaba a Afareo de su familia.
Nada sucedió. Antes de volver a golpear la madera de cedro oyó algo en el pequeño redil adosado al muro de la vivienda.
Caminó hacia allí y descubrió al joven Muballit sentado en un tocón y ordeñando una cabra, que se dejaba hacer con indiferencia.
El muchacho oyó sus pasos y dio un respingo al ver a quien todos, él incluido, creían muerto.
Cogió el balde lleno de leche con alegría y juntos entraron en la casa.
No había nadie: Erita había salido muy temprano a la plaza de la ciudad en busca de un vientre de cordero para obtener cuajo natural con que elaborar el queso de cabra.
Y Kerkios estaba en el migdol . Afareo pareció decepcionado; dijo a Muballit que no podía quedarse y volvería otro día, pero antes le ordenó no contar nada a sus padres para no estropearles la sorpresa.
Ese sería su secreto. Y se marchó en dirección al migdol confiando en que su ausencia no se hubiera notado.
Erita contempló la escena horrorizada. Un terrible escalofrío había recorrido su cuerpo; permaneció en la lejanía incapaz de moverse, el miedo cerval que le infligía la simple visión de Afareo la había paralizado por completo.
Ni siquiera el instinto maternal de proteger a su hijo pudo vencer la inmovilidad de sus miembros.
El pequeño cesto con las tiras de estómago yacía a sus pies y las vísceras se habían desparramado por el suelo.
Al fin, cuando Muballit estuvo solo de nuevo, Erita pudo reaccionar.
Corrió hacia él, lo empujó dentro de la casa y cerró con violencia la puerta.
El niño se asustó y su madre fue incapaz de explicarle su comportamiento.
Buscó por todas partes un arma y encontró un cuchillo.
Lo aferró tan fuerte que sus manos enrojecieron y se prometió a sí misma, por el amor que sentía por Muballit, que si Afareo volvía a pisar ese suelo le clavaría el cuchillo en el corazón.
El resto del día madre e hijo permanecieron en el interior de la casa con la puerta atrancada.
Estuvieron ocupados elaborando el queso: Muballit vertió la leche en un recipiente de arcilla, Erita sumergió las tiras de estómago en agua para destilar el cuajo, ambos limpiaron un molde de madera donde hacer la mezcla…
Las manos de ella temblaban y su respiración parecía la de un animal agonizante.
Kerkios le había dicho que Afareo cayó en la batalla; ¿cómo había podido regresar de entre los muertos?
¿Ni siquiera el dios Môt soportaba su presencia en el inframundo?
Trató de razonar: era obvio que Kerkios no lo vio morir, que no sabía que estaba vivo.
¿Y qué podía hacer ella ahora? ¿Volver a pedirle a su esposo que se fueran de la ciudad?
Si Kerkios descubría que su hermano vivía no querría marcharse, Erita sabía el aprecio mutuo que se tenían.
¿Y qué haría ella entonces para convencerlo?
¿Contarle lo sucedido aquel día en Kutira?
¿Confesar que tal vez él no era el padre de Muballit?
¿Arriesgarse a perder a su hijo y a su marido?
Sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
Cayó de rodillas y lloró, y su hijo la abrazó y le preguntó si se encontraba mal.
Fue un milagro que dos días después un queso fresco de cabra de excelente aspecto viajara en un morral rumbo a la forja de Gurpa.
En esa ocasión quien le atendió fue Buzazu.
Con expresión de estar haciendo el negocio de su vida, cogió un trípode al azar de entre los varios que tenía en el taller y se lo dio al muchacho.
Le tocó en suerte uno fabricado por Lupakki hacía unos meses, empleando una lámina de bronce de un cargamento llegado a Irqata desde Enkomi, en la isla de Alašiya.
Convertido ya en una autoridad en la materia, Muballit lo examinó, calibró su peso, metió la nariz en el interior, manoseó cada pulgada de su superficie y se dio por satisfecho.
Guardó el objeto en el morral y salió de allí feliz por haber llevado a cabo de la mejor manera posible aquella exitosa transacción.
Sus padres se sentirían orgullosos de él.