13. AMURRU #5
Cuando el brasero comenzó a humear lo colocó delante de una figurita de bronce.
Era la imagen de una diosa que sostenía con ambas manos un bastón curvado: su nombre era Aširatum, la señora de la estepa, diosa de la montaña de la tierra de Amurru.
Una divinidad que le traía lejanos recuerdos a la memoria de niño de Lupakki, recuerdos de un tiempo en que sus padres aún vivían y la caída de todos ellos en el abismo aún no se había producido.
La figura se impregnó de las emanaciones que ascendían desde el brasero, y su silueta se difuminó entre las evanescentes volutas de vapores grises.
Lupakki miró a los ojos broncíneos, pequeños y brillantes de la diosa, dos puntos fulgurantes que se abrían paso a través de la tenue y vaporosa película de humo.
Aširatum le estaba escuchando. Lupakki preguntó entonces sin mover los labios si lo que había visto por la mañana era cierto o estaba siendo víctima de una alucinación.
Y quiso saber también si debía hablar con su hermana Azzari.
Era la única persona que podría comprenderlo.
Gurpa volvía a llevar el cabello largo. Desde el lejano tiempo en que fue esclavo de los kaška se había acostumbrado a cortárselo con una laja de bordes afilados; si no lo hacía él mismo, una de las diversiones de su amo era sujetarle la cabeza sobre un tocón de madera y cortarle el cabello a hachazos.
Cuando se instalaron en Irqata, la trenza a la espalda y el parche en el ojo pronto se convirtieron en rasgos distintivos de Gurpa, visibles a distancia gracias a su envergadura.
La ciudad era pequeña, eso le ayudó a tomar la decisión de quedarse allí.
Gurpa conservaba recuerdos agridulces de Ḫ attuša y de Wilios y deseaba llevar una vida discreta en una urbe discreta de discretas dimensiones.
Que Irqata no estuviera enganchada a la costa también fue un aliciente: siempre le molestó el olor a mar y a sal que recorría las calles de las ciudades portuarias, el desagradable aroma a pescado, la humedad, el graznido de las aves marinas.
Lupakki, Azzari y Buzazu no pusieron objeción alguna en establecerse allí, y en cuanto a Kurunta, solo pensaba en volver a hacer girar un torno y moldear arcilla, e Irqata era un lugar tan bueno para ello como cualquier otro.
La región era rica en madera gracias a los bosques de cedro que había dispersos por el interior, pero no existían yacimientos de cobre o plomo.
Gurpa estableció contactos con mercaderes que importaban esos metales del otro lado del mar y también del nordeste.
Con la ayuda de Kurunta y Lupakki construyeron un horno y moldes de arcilla.
En no mucho tiempo tuvieron un taller de forja, uno de los pocos que existían en Irqata.
Buzazu sabía que trabajar en una fragua no le agradaba a Gurpa y un día le preguntó por qué no había pensado en buscar otra ocupación.
Sentía que se lo debía a Kessi y Appu, contestó él: su hermano vivió toda la vida ligado a la forja por su culpa; y por otro lado, ese era el oficio que su padre siempre quiso para él.
Además, aparte de empuñar una espada no sabía hacer otra cosa.
Gurpa retomó el estilo de vida que llevaba en Wilios.
Sin embargo, allí nunca dejó de ejercitarse con las armas; en cambio ahora no se acercaba a ellas más que para golpearlas con el martillo y templarlas después de sacarlas del horno.
Gurpa ya no era un soldado ni un líder guerrero, sino un simple artesano del metal.
En los meses que siguieron se dedicó al trabajo en el taller y se esforzó por sacar adelante a los suyos, asumiendo su nueva responsabilidad como cabeza de familia.
Lupakki enseñó a Buzazu a fundir los metales, a controlar los tiempos del horno, a manejar los fuelles de las toberas, a templar…
Buzazu tuvo que acostumbrarse al extraño carácter de Lupakki, y esa tarea se convirtió en otro de sus aprendizajes.
El hijo de Kessi fue un maestro silencioso: desde su asentamiento en Amurru se había vuelto más callado y taciturno que nunca.
Azzari también trabajaba en el taller, al tiempo que se ocupaba de criar a la pequeña Kaddusi.
Y el joven P ū sukš ē n aprendía el oficio con los mismos años que tenía su padre cuando ya lo aborrecía.
Por su parte, Kurunta no tuvo dificultad en dedicarse a la profesión de su vida: la fabricación de cerámica era un negocio próspero en Irqata, y pronto se familiarizó con los gustos, las técnicas y el estilo de los alfareros de la región.
Para todos ellos una nueva vida asentaba sus cimientos sobre las ruinas de la anterior sepultando las profundas heridas que había dejado en sus corazones, algunas de ellas todavía por cicatrizar.
Sîn-Muballit magnificó las explicaciones sobre los trípodes como si desde que gateaba se hubiera dedicado a la fabricación de esos artilugios.
Erita y Kerkios le escucharon con fingido interés; ella descartó con rapidez el cobre y el plomo y resolvió elaborar un buen queso para poder conseguir el de bronce.
Necesitaría de la ayuda de Muballit, tanto en la obtención de la leche, que debía ordeñarse apenas el sol se intuyera en la línea del horizonte para que fuera de la mejor calidad posible, como en el proceso de elaboración del queso.
La responsabilidad recaía pues en Muballit, quien se hinchió de orgullo al sentirse importante.
Kerkios estuvo de acuerdo en todo; esas eran decisiones que entraban dentro de las competencias de su esposa.
Las suyas eran de otro tipo, y ciertamente de escasa relevancia para la vida dentro de las cuatro paredes del hogar.
Los días y las noches de Kerkios solían transcurrir en el migdol con el resto de la guarnición y eran pocas las ocasiones en que podía pernoctar en casa.
Por eso agradeció a los dioses aquel rato con Erita y Muballit hablando de trípodes y quesos.
La mañana siguiente, antes de que Muballit se despertara e iniciara sus valiosas tareas, la primera de ellas ordeñar la cabra que les iba a proporcionar un trípode de bronce, Kerkios se vistió en silencio.
Observó el cuerpo desnudo de Erita, besó su rostro durmiente y se marchó. No regresaría en tres días.
Llegó al migdol y el sol ya despuntaba. Se enteró de que acababa de volver la primera unidad de mercenarios, ausente desde antes del alistamiento de Kerkios.
Habían servido de refuerzo a un ejército de kemetyu enviado por el faraón con la misión de acabar con algunas sublevaciones de ḫ abiru y sutu producidas en la región.
Tenían el aspecto de estar agotados por las largas marchas a pie a través de zonas semidesérticas y sin agua para abastecerse.
La campaña había sido dura: sus atuendos estaban llenos de polvo y sus rostros reflejaban el cansancio acumulado.
Vestían de manera un tanto anárquica, pero gracias a eso podía reconocerse el origen de muchos de ellos.
Kerkios vio guerreros lukk ā con gorros aplanados, labu con pellejos de leopardo y medjay de piel oscura con grandes arcos a la espalda.
También identificó algunos akhaios , de escudos redondos y cascos como el que él mismo llevaba puesto.
Y entre estos últimos, un rostro le heló la sangre.
Titubeó, no supo si acercarse a él o dar media vuelta y hacer como si no lo hubiera visto.
Tragó saliva y comenzó a girarse, y entonces oyó que alguien gritaba su nombre.
Se detuvo un instante, pero no se volvió y siguió caminando mientras continuaba oyendo su nombre repetido en la garganta de aquel fantasma.
Kerkios estuvo ausente de sí mismo durante aquella jornada.
Por la noche se le escogió para el turno de vigilancia en los muros del migdol , en el adarve, y agradeció la soledad que ello le brindaba.
Con la única compañía de la luna y las estrellas, Kerkios dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad de la inmensa extensión de aridez semidesértica que se desplegaba más allá de las murallas.
Su cabeza bullía, los sentimientos encontrados que habitaban su corazón le nublaban la mente.
Una sombra al final del muro se movió y Kerkios pensó que se trataba de alguien del cuerpo de vigilancia.
Pero de la sombra brotó un rostro y a la luz de la luna Kerkios pudo identificar a su hermano, que había regresado después de morir en las aguas del río.
La cabeza rapada de Afareo brilló bajo las estrellas; se acercó a Kerkios con una amplia sonrisa y lo abrazó, mientras daba gracias a los dioses por no haber permitido su muerte.
Le explicó entusiasmado que por la mañana lo había visto y llamado a gritos, y Kerkios se excusó con frialdad diciendo que no oyó nada.
Le contó que tras el desastre del canal los kemetyu le habían llevado a la otra orilla junto con otros muchos, y que allí permanecieron presos unos días hasta que fueron trasladados a diferentes fortalezas dispersas por las tierras al este de Akupitija.
Se alegró de que el destino de su hermano hubiera sido similar al suyo.
Pero enseguida percibió que Kerkios no compartía ese sentimiento.
Le preguntó si sabía algo de Eumetas y Kerkios respondió que había sobrevivido a la batalla. Y también Peremhab.