Fuego y bronce 13. AMURRU #4
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13. AMURRU #4

A ese lugar llegaron una mañana Kerkios, Erita y Sîn-Muballit.

Cuando cruzaron la muralla vieron el recién construido migdol ; Kerkios lo observó mientras retenía un poco el cansino andar del asno y Erita supo leer en su mirada.

Esa misma noche, al calor de una fogata junto al carro en el arrabal de la ciudad, él le dijo que construiría un techo bajo el que vivirían los tres, y una vez hecho eso se presentaría ante los mandos de la guarnición y solicitaría ser aceptado en el cuerpo de mercenarios.

Erita ya había meditado su respuesta y asintió en silencio; volver a tomar las armas era el precio que Kerkios ponía a haber accedido a sus deseos.

Un mes después, cuatro paredes de madera y adobe y una techumbre de cañas, paja y arcilla, levantadas con el esfuerzo y trabajo de los tres, se convirtió en su hogar.

Kerkios se presentó ante el lancero de la entrada del migdol y solicitó hablar con el oficial al mando de la guarnición; hizo valer el papiro donde estaba escrito que él era poco menos que nada y que su cuerpo y su nefesh pertenecían al Amado de Amón, y pidió al oficial servir como mercenario a sus órdenes en la gloriosa tarea de salvaguardar los intereses del faraón en aquellas tierras.

Había un gran número de mercenarios en la guarnición; tantos que constituían dos unidades completas.

Por el tiempo que Kerkios solicitó su ingreso, una de esas unidades se encontraba de campaña en algún lugar del interior, más allá de Kadeš, combatiendo tribus hostiles al faraón.

Antes de acabar el mes siguiente Kerkios ya empuñaba la lanza de los kemetyu formando parte de la segunda unidad de mercenarios: le proveyeron de una coraza de lino prensado y le entregaron un casco con cuernos y un disco plano en su centro, símbolo del dios solar R ā , de quien el faraón era hijo en la tierra.

Era el mismo casco que no hacía tanto Kerkios había visto sobre las cabezas del enemigo en Pi R ā mese.

Entretanto, Erita se ocupaba de la casa.

Con el tiempo pudieron hacerse con una cabra.

Kerkios le construyó un pequeño cercado y sobre el joven Muballit recayó la responsabilidad de darle pasto y ordeñarla.

Tuvieron así leche y aprendieron a elaborar queso.

Kerkios comprobó que el estado de ánimo de Erita, últimamente tan inestable como el cauce de un arroyo en la montaña, se había apaciguado.

La tranquilidad había suplido a la congoja y la sonrisa volvió a su rostro.

Algo tan sencillo bastó para que Kerkios diera por buena la marcha de Šumur.

Acudieron a la memoria de ambos los tiempos de Kutira, y de manera tácita asumieron que el simple hecho de contar con un pequeño redil, una cabra y un asno era señal de que la vida les daba de nuevo una oportunidad.

Bajo el techo construido por Kerkios, Erita se las arreglaba como podía con los utensilios de que disponía; todos provenían de la vivienda de Šumur, objetos que habían sobrevivido al saqueo y posterior incendio sufridos por aquella ciudad.

Echaba en falta útiles que quedaron abandonados en su choza de Kutira, tan básicos pero tan necesarios como un trípode con el que poder cocinar sobre el fuego.

Una mañana Erita envió a Muballit al barrio sur de la ciudad, donde tenían sus talleres los artesanos, en busca de una forja en la cual conseguir un trípode.

El muchacho había cumplido doce años y estaba deseoso de asumir tareas que lo acercaran a la adultez sin tener que esperar el lento paso de los años.

Como cada día, ordeñó la cabra muy temprano.

El animal estaba tan bien enseñado como el propio Muballit: sabía que después del ordeño venía el alimento y por eso se dejaba hacer con docilidad; por su parte, Muballit procuraba no olvidar darle después su ración de forraje y algo de pasto verde.

Tras esa faena inicial, el muchacho se despidió de su madre y fue en busca de un trípode.

Por el camino Muballit brincaba y gesticulaba con una maza imaginaria mientras en su mente el dios Ba’al, poderoso y terrible, golpeaba el cráneo del monstruoso Yâm, aplastándolo contra el suelo y descomponiendo su cuerpo.

Era una de las historias que su madre le solía contar, quizá la más truculenta, pero cuyo final feliz emocionaba a Muballit y le hacía desear la fuerza y el vigor de un dios, para resistir las desgracias con entereza y ser capaz de vencer en las situaciones más adversas.

Irqata no era muy grande; no le llevó mucho tiempo plantarse en la zona de los talleres de los alfareros, forjadores y tejedores.

En medio de sus ensoñaciones con Ba’al y Yâm, vio objetos de metal en la entrada del patio de una pequeña casa: cacerolas, cuencos, útiles de labranza y también puntas de jabalina.

Del interior manaba una estrecha y consistente columna de humo.

Se asomó. En el patio había dos hombres dándole la espalda: uno mayor que Kerkios con una larga cola de cabello recogida colgando de su cabeza, y otro más joven pero no tanto como él mismo.

Muballit supuso que debían de ser padre e hijo.

Trajinaban junto a un horno con tenazas y un objeto incandescente de forma plana.

El hombre de la coleta vio la pequeña cabeza de Muballit despuntar por el marco de la entrada al patio y le dijo algo.

El tono fue afable y lo acompañó con una mueca risueña.

Probó con varias lenguas diferentes, hasta que al fin Muballit entendió que le estaba preguntando si deseaba alguna cosa además de fisgonear.

El hombre susurró algo al más joven, se desató el delantal de cuero que llevaba atado a la cintura y desapareció en el interior de la casa cruzando un pequeño pórtico.

Muballit comenzó su intervención y lamentó no haberla practicado algo más.

Dijo, trastabillándose y con cierto tartamudeo, que buscaba un trípode de metal para usar en el fuego.

El hombre joven se le acercó y le dijo que si podía pagar uno de bronce le enseñaría varios y podría escoger.

Si no, también tenía de cobre, buen conductor del calor y muy resistente al fuego, o incluso de plomo, aunque este último no lo recomendaba por ser un material más pesado que soportaba peor las llamas y que con el uso se ennegrecía y desprendía olores desagradables.

Muballit no tenía previsto ese tipo de respuesta; esperaba un simple sí o no.

Trató de ocultar su azoramiento y soltó a bocajarro la frase que le había dicho su madre, esta sí ensayada varias veces.

Le dijo que el pago era una rueda de queso de cabra recién hecho.

El hombre comenzó a esbozar una sonrisa, pero de pronto se frenó.

Su cara perdió color y adoptó un rictus que Muballit no supo atribuir más que a sus estúpidas palabras.

Al instante le pareció que estaba haciendo el ridículo y solo se le ocurrió preguntar si debía traer el queso para demostrar que no mentía.

El hombre de la forja no respondió; mantuvo el mismo mohín de embotamiento y Muballit creyó percibir que asentía con la cabeza.

No se movía, no decía nada, solo miraba a Muballit como si se hubiera convertido en una estatua de piedra.

Entonces apareció por la puerta del patio un muchacho de la edad de Muballit, cargando en un cesto de mimbre sucias láminas de metal.

Los dos niños se miraron mutuamente con atención, como reconociéndose miembros de la misma especie: la de los chicos deseosos de demostrar cuanto antes su madurez.

El recién llegado le pidió ayuda al hombre porque el cesto pesaba mucho y lo tenía que arrastrar por el suelo, y Muballit aprovechó el momento para escapar de aquella incómoda situación; se giró y salió de allí con celeridad.

El hombre quiso seguirlo, pero el niño reclamó su ayuda de nuevo.

Él no hizo caso y corrió hacia la puerta; entonces surgió del interior de la casa el individuo de la coleta y le instó con voz potente a que cogiera el cesto y lo llevara dentro, ya que era evidente que P ū sukš ē n no podía con él.

Lupakki apretó los dientes y obedeció a su tío Gurpa.

Cuando luego cruzó el patio y salió a la calle no había ni rastro del muchacho.

Por la noche Lupakki aún temblaba. Desde la marcha del niño no había dicho ni una palabra, lo cual no era algo que le llamara la atención a nadie.

Aprovechó que Gurpa y Azzari estaban fuera y los niños ya dormían, y buscó dentro de una arqueta una diminuta caja de madera.

En su interior había un saquito de incienso; lo abrió y esparció parte del contenido sobre un pequeño brasero.

Quien le entregó ese incienso a Lupakki en pago a un trabajo de forja poco importante era del sur de Mizr ī ; le dijo que en su tierra ese senejteru de resinas aromáticas santificaba el ambiente, lo convertía en divino.

Entre las propiedades de la fragancia que emanaba de su combustión estaban purificar el aire y alimentar a los dioses.

Y abrir sus oídos a las palabras de los mortales sin que fuera necesario pronunciarlas.

Lupakki quedó desde entonces fascinado por el poder de aquellas hierbas, y a menudo las prendía para inhalar sus efluvios y dejarse envolver por el aroma de la resina.