Fuego y bronce 13. AMURRU #3
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13. AMURRU #3

Kerkios no era agricultor, no había probado nunca el duro trabajo de labrar la tierra para arrancarle sus frutos, ni era una ocupación que le agradara.

Prefirió probar suerte en los embarcaderos y la zona costera donde se concentraban los talleres de los ṣ ā rip ū tu , dedicados a la manufactura de tejidos y tintes.

Se trataba de negocios de larga tradición monopolizados por clanes familiares.

Meses atrás, cuando llegaron a Šumur noticias de la destrucción de Ugarit y del posterior abandono por parte de sus habitantes, los augures vaticinaron tiempos prósperos para los talleres tintoreros, ya que de un plumazo se había desvanecido la dura competencia que siempre habían ejercido los artesanos de Ugarit.

Sin embargo, esa prosperidad fue efímera ya que Šumur corrió pronto la misma suerte que su rival comercial, y la subsistencia de los talleres pasó a depender de la capacidad de superar la devastación casi tanto como del albur de los dioses.

Kerkios fue admitido en uno de esos talleres, perteneciente a una familia cuya estirpe se había asentado en Šumur hacía más de diez décadas.

Provenían de la ciudad de Muk ā n ā ; eran, pues, akhaios como el propio Kerkios, o al menos lo fueron sus antepasados.

El taller se encontraba al borde de la quiebra.

En el ataque de los nómadas del norte perdieron la vida el cabeza de familia y dos hermanos de la esposa; ahora, el cuñado de esta y un hijo eran quienes a duras penas mantenían el negocio a flote.

Por eso aceptaron de buen grado las dos manos y la energía de Kerkios a cambio de proporcionarle alimento para él y su familia.

Solo por un momento Kerkios pensó en la posibilidad de que Muballit trabajara junto a él, pero Erita se negó alegando que aún era un niño y que, en cualquier caso, quería tenerlo bien cerca de ella.

En pocos meses Kerkios fue capaz de manejarse con desenvoltura entre los tejidos y los tintes.

Primero le asignaron la ingrata tarea, si es que alguna no lo era en todo el proceso, del lavado y secado de las lanas y los cueros, y con el tiempo le enseñaron a aplicar alumbre a las telas para facilitar el fijado de los tintes en el tejido.

A menudo no disponían de esa sustancia como mordiente y había que emplear algún tipo de aceite o grasa animal, o incluso orina.

Kerkios se familiarizó con los pigmentos y con el modo de obtenerlos a partir de insectos, caracoles marinos, minerales machacados en un mortero u hojas de plantas trituradas y maceradas en agua o aceite.

El penetrante olor que despedían las mezclas de esas sustancias era insoportable, pero no parecía molestar a Kerkios.

Desaparecía de casa al alba y regresaba poco antes de que el sol se pusiera; casi siempre lo hacía con las manos impregnadas de un arcoíris de colores, y a menudo también con las piernas manchadas hasta las rodillas a causa de haber estado prensando con los pies las telas, sumergidas en tintes dentro de cubetas de piedra de un codo de profundidad.

Una vez le regaló a Erita un vestido teñido con sus propias manos de ḫ ašmanu , el mismo color verde azulado de aquel otro que poseyó ella años atrás.

Erita no pareció apreciarlo. No se había adaptado bien a los cambios, pensaba Kerkios, pese a que en realidad su vida no era demasiado diferente de la que llevaban en Kutira.

Pero el elemento que convertía su existencia en insufrible era Eumetas.

El tío de Kerkios vivía en una casa cercana a la zona portuaria, compartiendo techo con aquel curandero de su tripulación que curó la herida de Kerkios en Pi R ā mese, un hombre que lo cuidaba en la medida en que su enfermedad podía ser cuidada.

No había pasado por la cabeza de Eumetas la posibilidad de regresar a Kupirijo, y no por temor a que el faraón lo considerara un fugitivo y enviara a buscarle, sino porque era consciente de que sus días se agotaban a la misma velocidad que sus fuerzas, y estas no eran ya suficientes para la travesía.

Además, probablemente la enfermedad le había convertido en víctima de un extraño sentimiento paternal que le llevaba a buscar la cercanía de sus seres queridos, es decir, de Kerkios.

Menudeaban las visitas a su casa y la relación con el joven Muballit se volvía cada vez más estrecha, hecho que a Erita le resultaba repulsivo.

Ella temblaba como una hoja ante la cercanía de Eumetas.

Sus manos sudaban y era incapaz de hablar.

La sensación iba más allá del miedo, pues no temía que Eumetas le hiciera daño siendo como era la esposa de su sobrino, por quien él sentía un aprecio evidente; se trataba de pura aversión física, de un rechazo visceral a su rostro y a su voz, a su simple presencia.

Las visitas de Eumetas a la casa de Kerkios le recordaban a Erita aquellas otras de Afareo en Kutira, y ese solo recuerdo bastaba para que ella se desquiciara en silencio.

Una noche ya no pudo más. Cuando Kerkios volvió salpicado de tintes y apestando a grasa y orina, Erita le pidió que se marcharan de allí.

Que buscaran otro lugar donde vivir dentro del territorio del faraón.

Kerkios trató de entender la razón, ya que ella jamás le había hablado del rechazo que sentía por Eumetas.

A Erita se le hacía incomprensible que Kerkios no se diera cuenta de que ella no podía respirar el mismo aire que el asesino de su familia, cuyo rostro estaba grabado a fuego en su memoria y en sus pesadillas desde que tenía veinticuatro años.

Su propio orgullo le lastraba la lengua y por ello se negaba a explicarle lo que a ojos de cualquiera debería ser obvio.

Por otro lado, y en una paradoja que desafiaba toda lógica, no quería herir a Kerkios, quien en los últimos meses se había mostrado especialmente afectuoso con su tío.

Al día siguiente Kerkios fue a ver a Eumetas y le habló del deseo de Erita de dejar Šumur.

No había motivos, no había razón, pero lo cierto era que ella no quería seguir viviendo en aquella ciudad.

Y Kerkios, movido por el instinto de complacer a su esposa, en cuyo rostro se había acomodado la amargura y la angustia desde que abandonaron Kemet, estaba dispuesto a marcharse a menos que su tío le pidiera lo contrario.

Eumetas, quien habría deseado que Kerkios hubiera tomado por sí mismo la decisión de quedarse en la ciudad, le instó a que buscara un lugar donde ser feliz junto a Erita, y si había de ser lejos de Šumur, que así fuera.

Le pidió que no se preocupara por él, que sabría afrontar lo que hubiera de venir con la misma naturalidad con la que había vivido siempre.

Dos días después Erita, Sîn-Muballit y Kerkios cruzaron las murallas de Šumur subidos en una carreta; tiraba de ella un asno obtenido a cambio de la casa que dejaban atrás.

Eumetas no fue a decirles adiós achacando no encontrarse bien, cosa que inquietó a Kerkios.

Erita por el contrario lo tomó como un regalo de despedida que le hacían los dioses.

Ella ignoraba el mal que lo aquejaba y que lo conducía a la muerte a marchas forzadas, puesto que ni Kerkios ni Eumetas, por deseo expreso de este, se lo habían contado.

De haberlo sabido tal vez habría reunido fuerzas para permanecer en la ciudad hasta que el nefesh de Eumetas abandonara su cuerpo y viajara a habitar en el inframundo.

Y así le habría podido escupir a la cara en su lecho de muerte antes de que los dioses le arrebataran la vida.

No se mudaron muy lejos. A medio bêru de distancia se encontraba la pequeña ciudad de Irqata, un puñado de casas y corrales acrecentado en los últimos tiempos con la afluencia de gentes de distinta procedencia que venían en camellos, asnos o carretas tiradas por bueyes.

Generaciones atrás Irqata había sido una ciudad de cierta importancia e incluso había albergado una guarnición de soldados kemetyu , lo cual era por sí mismo indicativo de la relevancia estratégica de la ciudad.

Hasta que fue invadida y sometida al poder de los ḫ abiru .

Posteriormente el Señor de las Dos Tierras la reconquistó, pero Irqata ya nunca recuperó el poco prestigio que alguna vez tuvo y su lugar preeminente en la región lo ocupó la vecina Šumur.

Ahora, tras la caída de esta, la situación había vuelto a invertirse y eran las filas de una nueva guarnición acantonada en Irqata las que se engrosaban con hombres enviados allí desde Kemet.

Como si gozara de la protección de los dioses, la ciudad no había sufrido ataques en las últimas décadas y sus habitantes vivían en una especie de oasis de paz en medio del caos reinante en la región.

Muchos auguraron que esa tranquilidad había tocado a su fin el día que vieron aparecer a cientos de kemetyu con los uniformes del ejército del faraón y comenzaron la construcción de un migdol o, como lo llamaban los kemetyu , un m’ga ţ ir , una fortificación adosada a la pequeña muralla que rodeaba Irqata.

El gobernante de la ciudad hubo de doblar la cerviz y someterse al control del weputy enviado por el faraón, un funcionario encargado de supervisar sus decisiones, quien le explicó que todas aquellas medidas estaban destinadas a favorecer y engrandecer la ciudad.