Fuego y bronce 13. AMURRU #2
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13. AMURRU #2

Deseó poder rebelarse contra su propia condición para dejar de ser una especie de juguete en manos de los hombres, que siempre habían impuesto su voluntad sobre ella.

Empezando por su padre, quien la entregó con dieciséis años recién cumplidos a Appu, un herrero de Ḫ attuša, para que la casara con su hijo, un muchacho sencillo y apocado llamado Kessi, a quien al cabo de los años llegó a amar y cuyo rostro casi no recordaba ya.

Fue un acuerdo comercial, y como una mercancía ella fue trasladada de la casa de sus padres a la del padre de Kessi, en la cual vivió con su esposo.

Se convirtió así en su posesión, hasta que ocho años después la guerra y la caída de Wiluša, donde se habían trasladado, hicieron que cambiara de manos y pasara a ser la esclava del a ḫḫ iyawa que ahora estaba abrazando.

Kerkios la manumitió y la convirtió después en su esposa, lo cual en realidad no dejaba de ser otra forma de posesión.

Y ahora volvía a ser propiedad de otro hombre, alguien a quien jamás conocería y que era dueño de aquella prisión, de aquellas tierras, de su vida y de la de todos los que allí estaban.

Ahora sí fue capaz de derramar lágrimas y Kerkios, ingenuo y henchido de fatua presunción, se creyó el causante de la emoción que las provocaba.

No pasó mucho tiempo hasta que el faraón los puso en camino hacia Retenu.

Custodiados por el ejército, la situación se hizo extraña a ambos extremos de las lanzas ya que, aunque unos marchaban prisioneros de otros, en cuanto alcanzaran su destino estarían todos en el mismo bando: los presos quedarían libres, pero ligados al Señor de las Dos Tierras de uno u otro modo.

El viaje, de sesenta bêru de distancia, fue largo y cansado.

Los hombres, la mujer y el niño viajaron a pie, a caballo, en asnos y en carretas de bueyes, los cuales no podían recorrer más de dos bêru al día a través de aquellas tierras desérticas.

La arena se introducía en la ropa y el polvo se les pegaba a la piel, lo cual incomodaba a todos menos a los kemetyu .

Durante el trayecto estos parecieron poseídos por un espíritu burlón: acostumbrados sus cuerpos a la dureza del clima, hacían continuas bromas acerca del poco aguante de los prisioneros, que sufrían por el bochorno y la sequedad del aire.

Erita, para no hundirse en los abismos de su interior al sentir la presencia cercana y continua de Eumetas, trató de distraer esos largos días de marchas calurosas y noches de frío cortante con asuntos que le importaban bien poco.

Se preguntó cómo el faraón de Kemet era capaz de admitir en su ejército a quienes habían intentado arrebatarle el reino.

Le parecía una enorme muestra de ingenuidad, algo así como meter en su propia casa al león que había tratado de devorarle y que a la mínima oportunidad lo intentaría de nuevo.

Kerkios le explicó que era una práctica muy corriente: si el faraón hubiera decidido castigarlos habría sido a modo de escarmiento por lo que habían hecho, no por temor a lo que pudieran hacer en el futuro.

Esos hombres estaban ahora descabezados, no tenían un líder al que seguir y no eran ya ningún peligro para el faraón, de modo que su voluntad, por así decir, les pertenecía de nuevo y la ponían en venta de una manera natural.

Ellos no querían enfrentarse al faraón más de lo que deseaban formar parte de su ejército.

Su ocupación era la guerra, el pirateo, la violencia, y poco les importaba luchar a favor de un mandatario o de otro; la soldada y manutención que les ofrecía el faraón, con quien además se encontraban en deuda al mantenerles con vida, decantaba la balanza en su favor.

Para el amo de Kemet no era una cuestión de castigo o perdón, sino de sentido práctico.

La explicación solo le sirvió a Erita para convencerse de que ella no solo carecía por completo de ese sentido práctico, sino también de la capacidad de perdonar.

Nadie sabía adónde se dirigían más que los oficiales kemetyu que comandaban la caravana.

Por ello lo largo y duro del camino hacía que, ante la visión de cada ciudad o aldea en la ruta, todos desearan detenerse y confiaran en que fuera aquel su destino final.

Recorrieron tierras devastadas por los hombres del norte y otras cuyos atacantes habían sido grupos de ḫ abiru y de aramu .

Algunas aldeas, abandonadas a su suerte por sus supervivientes, desaparecerían poco a poco de la faz de la tierra igual que lo harían también los hombres causantes de su destrucción; otras en cambio sobrevivirían gracias al esfuerzo de quienes procuraran su trabajo a la reconstrucción, a levantar de nuevo las paredes de las casas y templos y los cercos de los rediles, y volvieran a pastorear el ganado y a labrar la tierra.

Un día llegaron al fin a los muros que rodeaban la ciudad destinada, de acuerdo con la voluntad del faraón, a albergar sus vidas.

Kerkios no supo su nombre hasta que lo oyó en boca de Peremhab, quien reconoció el lugar nada más ver los sillares de sus murallas: Šumur.

El puesto fronterizo instalado en la capital de las tierras del norte de la región de Retenu distaba mucho de ser lo que fue.

Tan solo unos meses atrás dos guarniciones de soldados del faraón protegían la frontera y la ciudad misma de la casi inexistente actividad hostil de las tribus nómadas, hasta que un día los hombres del norte aparecieron por la colina, acabaron con las guarniciones, incendiaron casas y graneros y defenestraron al gobernante.

Cuando la caravana de prisioneros entró en la ciudad, esta contaba con un tercio de su población y apenas había soldados en ella.

Muchos la abandonaron tras el ataque y las tareas de reconstrucción no progresaban.

Šumur, que nunca logró ser un lugar atrayente para vivir, era ahora una sombra de la mediocridad que fue.

Hombres como Peremhab fueron alistados sin demasiada ceremonia en el cuerpo de mercenarios.

Para ello hicieron valer un documento escrito en papiro expedido por los funcionarios del faraón, destinado a su vergüenza y humillación ante todo aquel que demandara conocer su identidad: el papiro, escrito con los extraños signos que utilizaban los kemetyu , marcaba a cada uno de ellos con el baldón de ser un hombre vencido y perdonado por el Amado de Amón en la gloriosa batalla del Iteru de Peru Nefer, y de poseer un cuerpo y un nefesh por entero prisioneros de la voluntad del faraón.

Esto rebajaba su rango social a un nivel solo por encima del de los esclavos.

Pero, por otro lado, el papiro era una especie de salvoconducto que les permitía, en virtud de la clemencia del Señor de las Dos Tierras, solicitar el ingreso en la unidad de mercenarios del ejército para servir a su amo, el Nacido de Ra.

Bajo las órdenes del nuevo hery-pedjet de Šumur nombrado hacía solo un mes, su primera tarea fue participar en los trabajos de recuperación de los bastiones de la muralla.

Kerkios y otros muchos no quisieron unirse a la guarnición del faraón y fueron asignados a la reedificación de la residencia del nuevo gobernador.

Las viviendas destruidas por el fuego y abandonadas se convirtieron en lugar de acogida para los recién llegados, que las levantarían y harían de ellas su nuevo hogar.

Kerkios y Erita se acomodaron en una casa cercana al puerto cuyos propietarios habían muerto aplastados por el techo, que se había desplomado sobre sus cabezas envuelto en llamas.

A Erita la devastación causada por el fuego le evocaba la antigua casa de su Wiluša, pese a que sus ojos jamás la vieron destruida.

Kerkios trabajó duro para acondicionar el lugar, con la colaboración de Muballit que lo ayudaba entusiasmado, consciente solo a medias de todo lo que sucedía a su alrededor.

La razón por la que Kerkios no quiso empuñar las armas en nombre del faraón Erita no la supo nunca, pero la pudo imaginar; y aunque en algún momento pensó que tal vez debería agradecérselo, ese pensamiento se veía eclipsado por la sensación de que Kerkios estaba en deuda con ella y se lo debía.