13. AMURRU
L os escribas de cálamo y de cincel contaron después en sus crónicas que el Señor de las Dos Tierras, User-ma ā t-R ā Meri-Amon R ā mese , «Poderosa es la justicia de R ā , Amado de Amón, Nacido de R ā », llevaba ocho años en el trono de la doble corona y la diadema de serpiente cuando se enfrentó al mayor peligro que se había cernido sobre Kemet en generaciones.
Una confederación de pueblos a los que llamaron peleset , tjeker , shekelesh , denyen y weshesh , luego de haber destruido las tierras de Ḫ atti, Kizzuwatna, Karkemiš, Arzawa, Alasa y otras muchas situadas más allá del norte del horizonte, y tras haber sometido al fuego las costas de Akko, Ašqaluna, Ugarit, Gimti, Arvad y otros puertos bañados por el ancho ‘Wadj wer , quisieron retar al poder de Meri-Amon R ā mese en las tierras de Retenu y en las del propio Kemet.
Y el Amado de Amón salió victorioso como un león devorando una liebre, como un toro embistiendo un ciervo.
Sus flechas atravesaron sus corazones, aplastó sus cuerpos y aniquiló sus espíritus, y fue como si nunca hubiesen hollado la tierra.
La semilla de aquellos que alcanzaron su frontera dejó de existir.
El ataque por tierra llegó desde Retenu.
El ejército de Kemet, poderoso como la pisada de un dios, se enfrentó a una alianza de pueblos nómadas venidos del norte.
Los aurigas del Amado de Amón eran guerreros, buenos oficiales y rápidos con las armas.
Sus caballos vibraban en todos sus miembros, dispuestos a aplastar al enemigo bajo sus pies.
El Amado de Amón era el valiente Montu apostado ante ellos, para que pudieran contemplar la lucha cuerpo a cuerpo de sus armas.
El Nacido de Ra se convirtió en un héroe que cabalgaba, consciente de su poder, valiente para dirigir en el día de la batalla, con la llama de Ptah delante de él.
Su ejército fue como leones rugiendo en la cima de una montaña.
Y ante sus ojos se apareció la diosa Maat hija de R ā , con una balanza y una pluma de avestruz, y les mostró la verdad y el camino.
El Amado de Amón acató el designio de Maat, se retiró de un combate que acontecía en un suelo, un agua y por una gente que no eran los de sus antepasados, y regresó para proteger el suelo, el agua y la gente de Kemet, allí donde sus tropas eran más necesarias.
Supo después que los hombres del norte habían dejado las armas por sí mismos y fijado sus carros en la región de Amurru, para arar la tierra y criar a sus hijos.
El peligro por tanto se había conjurado y el Amado de Amón se complació con ello, y consintió benévolo en el asentamiento de esas gentes en aquella lejana región fronteriza.
El ataque por mar llegó desde el Gran Delta.
Una coalición de barcos procedentes del otro lado de ‘Wadj wer penetró como una flecha disparada al corazón del Amado de Amón, que era el corazón de Kemet.
Una llama pura les bloqueó las bocas del puerto; se cerró el canal con un fuerte muro de barcos guarnecidos totalmente de proa a popa con valientes guerreros, soldados de lo más escogido de Kemet; y una pared de madera rematada con lanzas se alzó en las márgenes, rodeándoles.
Los hombres del faraón aniquilaron a los invasores: fueron arrastrados, volcados y tendidos sobre la orilla; muertos y amontonados de popa a proa en sus barcos, mientras que todas sus cosas eran lanzadas al agua.
Sus narices y sus corazones dejaron de respirar cuando el Amado de Amón salió como un viento de tormenta contra ellos, luchando en la orilla como un guerrero.
Su poder y el terror a él penetraron en sus miembros.
Zozobrando y pereciendo en sus barcos, sus corazones fueron tomados, sus almas huyeron y sus armas fueron arrojadas al mar.
El Amado de Amón fue como un león enfurecido, destrozando con sus manos a quien se enfrentara a él, destruyendo al enemigo.
Derribó sus pechos, aplastó cada enemigo bajo sus pies, valiente como un toro, fiero como un león, el rey del Alto y Bajo Kemet, el Señor de las Dos Tierras, User-ma ā t-R ā Meri-Amon R ā mese .
Sin embargo, más allá de lo que fijaran sobre el papiro y en los muros de los templos los escribas y cinceladores, no escapaba a los ojos del faraón la paradoja que había salvado a su país del caos.
Por tierra una fuerza inferior y desorganizada había obligado a retirarse a su poderoso ejército formado por guerreros kemetyu , carros maryannu y mercenarios; por mar, en cambio, una escuadra ordenada y numerosa había sido derrotada por sus barcos frágiles y mal preparados.
Las crónicas relatarían los hechos en forma que sirvieran a la mayor gloria del Señor de las Dos Tierras, porque él era un hombre orgulloso y quería que se le recordara como el vencedor en todas las contiendas.
Sin embargo, ser orgulloso no le convertía en ingrato: un gobernante poderoso debía tener la habilidad de combinar ambos rasgos, orgullo y gratitud, sin aparentar debilidad ni presunción.
Para ello contaba con la sabiduría de R ā , el afecto de Amón y el consejo de Maat, que lo guiaban siempre.
En aras de esa gratitud, el faraón no olvidaba que tenía mucho que agradecerle a Eumetas, señor de Alasa.
No obstante, no lo trató como a un igual: él sabía bien que era un salvaje, un pirata que años atrás se había hecho con la isla del cobre del mismo modo que ahora había pretendido hacerse con la tierra de Kemet.
Porque, sí, había sido su benefactor avisándole del peligro, pero quizás se había visto forzado a actuar así por alguna circunstancia.
En cualquier caso, el faraón no mostró ingratitud.
Libró a Eumetas de la muerte y de perder las manos y, siguiendo la política de su padre y los gobernantes antes que este, ordenó que los vencidos fueran tomados como mercenarios a sueldo y enviados a fortalezas fronterizas, donde pudieran dar rienda suelta a la furia de sus corazones pero ahora con el yugo del faraón en sus cuellos.
Ordenó también, anticipándose a quienes no quisieran tomar las armas y prestarle lealtad en el ejército, que estos le rindieran servicio con su esfuerzo sometido a gravamen, trabajando como artesanos y comerciantes y cultivando las tierras tributarias de Kemet en el lugar más lejano al que su poder pudiera alcanzar.
El faraón era consciente de la pérdida de fuerza de su mano en las regiones de Retenu y Amurru, a causa del establecimiento de numerosas tribus del desierto, los aramu , los sutu , los ḫ abiru y los akhlamu .
Los nómadas del norte habían sido los últimos en ocuparlas y hacerlas suyas, después de sembrar en ellas muerte y destrucción.
Por ello decidió enviar allí a los vencidos, como guerreros y como campesinos, comerciantes o artesanos, reconociendo así en cierto modo su pérdida de influencia en el territorio.
Al menos, así apartaba de Kemet a toda esa chusma extranjera que había llegado a través del Gran Delta, hombres derrotados que tal vez guardaran rencor al faraón y que convenía mantener a distancia.
Una multitud de hombres que incluía también a una mujer y un niño apresados en un barco fondeado en las aguas de Per Amón.
Erita no se sorprendió cuando vio la embarcación rodeada por tres navíos kemetyu a estribor y babor.
No hubo peleas en cubierta; habría sido un combate desigual puesto que quienes abordaron el barco triplicaban en número a la tripulación.
Se limitaron a informarles de la aplastante derrota sufrida por los suyos en las aguas del canal.
Como consecuencia, exigieron la rendición del barco para ser trasladados a Pi R ā mese, donde el faraón decidiría acerca de su vida y su muerte; en caso de negarse, serían pasados a cuchillo en ese mismo instante.
Los hombres aceptaron sumisos su destino y Erita ya no quiso oír nada más; abrazó a Muballit y durante todo el trayecto lloró sin lágrimas por el trágico fin de Kerkios, sin prestar atención a las miradas torvas de los remeros que la hacían culpable de su desgracia.
En Pi R ā mese deseó morir. Todos ellos fueron llevados a un lugar oscuro y maloliente donde se encontraban los prisioneros del faraón.
Allí fue reconocida con rapidez por alguien a quien ella había deseado matar una y mil veces por lo que le hizo a su familia, alguien en cuya presencia no podía estar sin que se le revolvieran las entrañas, alguien cuya sola visión la paralizaba.
Eumetas se le acercó y la habló, y ella hizo acopio de fuerzas para preguntarle por la remota posibilidad de que Kerkios estuviera vivo.
Pero no tuvo necesidad de hablar: él le dijo apenas verla que no sabía nada de él y que los muertos en el canal se contaban por miles.
Que ojalá las cosas hubieran sido de otra manera, que mientras él pudiera se ocuparía de ella y de su hijo, y que era muy probable que las vidas de todos fueran perdonadas por el faraón.
Como le sucediera en el barco, Erita ya no escuchaba.
Se atrevió a maldecir a los dioses por haber escogido conservarle la vida a Eumetas y no a Kerkios, y en silencio le deseó una muerte lenta y dolorosa.
Tal vez los dioses no olvidaran esa maldición, pero Erita lo hizo cuando pudo abrazar a Kerkios al día siguiente.
Sin embargo, no menguó ni un ápice su aversión hacia Eumetas, al que culpaba no ya solo de la desgracia de Wiluša, sino también de la de Kerkios, quien pese a estar vivo se encontraba prisionero del faraón, como en el fondo lo estaban todos.
En el espacio de tiempo que duró ese abrazo a Kerkios su vida pasó ante sus ojos.