Fuego y bronce 12. PI RĀMESE #10
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12. PI RĀMESE #10

—¿Recuerdas una bocana que se abría en la margen izquierda del canal, apenas avistamos Pi R ā mese?

Ese estrecho cauce conduce directamente a una pequeña dársena.

Mis remeros se ocuparon de que el barco se quedara rezagado del resto de la flota, y en cuanto hubo ocasión, ordené virar y nos dirigimos hacia allí.

Lo creas o no, esa ha sido una de las cosas más dolorosas que he tenido que hacer en mi vida: verte seguir rumbo al precipicio y no poder impedirlo.

—Afareo dijo que ese es el embarcadero privado del faraón.

—Exactamente.

—Entonces, finalmente sí fuiste a verle. Cumpliste con su deseo y de paso te libraste de la refriega.

—Ambas cosas son ciertas. —Eumetas sonrió con amargura—.

Pero corrí un riesgo haciendo aquello: el faraón podía haberme matado si hubiera querido.

Vosotros caísteis sin saberlo en una trampa y yo también me metí en mi propia ratonera, y siendo consciente de ello.

Pero tenía que transmitirle al faraón mi petición.

El curandero abrió la cortina y salió del cobertizo; antes miró a Eumetas y este asintió con la cabeza. Él y Kerkios se quedaron solos. Kerkios trataba de comprender todo lo que estaba oyendo, pero la historia cada vez se volvía más inverosímil.

—Por Posedao, Eumetas, ¿cuándo se acabarán las sorpresas? ¿Qué petición?

—Le pedí que no os matara. Que hiciera prisioneros, que os convirtiera en esclavos, que os deportara, pero que os dejara con vida. No me escuchó: dijo que el atrevimiento de pretender conquistar su país se pagaba con la muerte. Y por los dioses que si el país fuera mío yo habría dicho lo mismo.

—Es decir, que nos van a matar, ¿no? ¿Y tú nos verás morir sentado al lado del faraón, quizá?

—No digas eso, Kerkios. Yo estoy tan prisionero como tú y como el hombre que acaba de curarte, aunque no te lo parezca, No, no nos matarán.

El faraón es un hombre joven, más que tú, pero es difícil saberlo con exactitud porque su cara está llena de pinturas y afeites.

Y, a pesar de su severidad, sabe escuchar.

Ya que en el fondo he sido su benefactor y su reino se ha salvado gracias a mí, le dije que hiciera con nosotros lo mismo que hicieron con sus vencidos otros faraones antes que él: que nos expulsara de Akupitija a algún lugar sometido a su autoridad y dominio.

Kin ā na, por ejemplo. Pero me hizo caso a medias.

Su decisión fue que debía dar una lección a quienes osaban atacarle en su propia casa: sembraría la muerte en las aguas del canal hasta que cayera la tarde y después expulsaría de su tierra a los supervivientes.

Eumetas calló, esperando oír alguna palabra favorable de su sobrino, pero Kerkios guardó silencio. Cuando al fin habló, su voz sonó profundamente triste.

—Enviaste a la muerte a miles de hombres.

—¿Y qué importa, Kerkios? Piénsalo bien y dime: ¿qué importa?

¿No enviamos a la muerte a los nuestros cada vez que afrontamos una batalla, cada vez que decidimos asediar los muros de una ciudad?

¿No has matado tú también a miles a lo largo de tu vida?

Todos moriremos algún día, así que qué más da si es antes o después.

Solo importa el modo en que se muere; y caer en el combate es la mejor muerte que un guerrero puede tener.

Kerkios quiso interpretar esas palabras como una muestra de crueldad hacia sus propios hombres, pero en el fondo no podía dejar de ver una parte de verdad en ellas. Un pensamiento llevó a Eumetas a otro, y preguntó de pronto:

—¿Qué ha sido de Afareo?

—También en eso te has salido con la tuya. ¿Tanto le odiabas?

—Odiar no es la palabra —respondió Eumetas tras pensarlo un instante—. Pero era demasiado parecido a mí.

—Por eso al principio os llevabais tan bien.

—Hasta que descubrí que ser como yo le convertía en un peligro para mí.

—Pudiste contármelo, explicarme lo que querías hacer.

—¿Y te habría parecido bien? Tú querías a Afareo y habrías tratado de impedírmelo. Quizá ahora me odies por eso, ¿verdad?

Kerkios recordó su conversación con Peremhab la noche anterior, todo lo que le había contado sobre su hermano, cosas que él ignoraba, cosas que jamás habría creído de Afareo.

—Odiar no es la palabra —replicó, parafraseando a su tío.

—No tuve tiempo para pensar, ya te lo he dicho.

Cuando el mensajero partió de Kupirijo la suerte quedó echada.

Kerkios, muchas cosas podían salir mal en ese plan.

El faraón podría haberse reído de mi mensaje y entonces Afareo seguramente habría logrado su propósito.

O podría haberme matado en cuanto desembarqué en su puerto privado.

Se le podría haber ocurrido presentar batalla en alta mar o frente a las playas del delta; pero su flota es frágil y habría salido derrotado.

Por eso decidió arriesgarse dejando entrar al enemigo hasta la mismísima capital del país, y allí preparó la encerrona.

No podría haberlo logrado de otro modo, esa es la verdad.

Reinó el silencio entre ambos. Kerkios seguía sentado en el escabel; trataba de asimilar todo lo que le había contado su tío, pero las palabras bullían en su cabeza y no podía pensar con claridad.

Eumetas, de pie frente a él, parecía aguardar un veredicto.

Entonces vio que desde el exterior del cobertizo alguien le hacía una indicación.

—Mis hombres —dijo Eumetas, como para apuntalar la veracidad de su discurso en la mente de Kerkios—.

También están retenidos en un lugar cercano.

Ha sido voluntad de los dioses que mientras nos llevaban allí yo te haya visto; mis vigilantes me han permitido hablar contigo, saben que he tenido trato con el faraón en persona, algo que ellos no harán en toda su miserable vida, y me procuran cierto respeto.

También ha sido voluntad divina que no hayas muerto.

Sí, y una buena dosis de suerte. Porque aún tengo que decirte algo más.

—Eumetas, créeme que ahora no quiero seguir escuchándote.

—Los trajeron ayer por la noche.

—¿Trajeron? ¿A quién?

La cortina de lino se abrió. El curandero se asomó y la sostuvo en alto mientras entraban abrazados una mujer con rostro de cervatillo asustado y un niño de mirada inquieta. Kerkios se puso en pie y el escabel se volcó dando un golpe seco contra el suelo. Corrió hacia Erita y Muballit y los abrazó.

Eumetas sonrió.