12. PI RĀMESE #9
El individuo que lo había ayudado dormitaba junto a él y en un pestañeo vio que Kerkios se mantenía despierto.
—¿No puedes dormir? —le susurró—. Te conviene; no sabemos qué nos aguarda mañana.
—Gracias por lo de antes —dijo Kerkios, obviando la advertencia—. ¿Cómo te llamas?
El otro entreabrió los ojos.
—Peremhab. Y ya veremos si mañana me lo agradeces. Aún está por ver si nos matarán antes o después de cortarnos las manos. O alguna otra parte del cuerpo.
—¿Sabes si Afareo está vivo?
—No creo. Él jamás habría permitido que entregáramos las armas en el barco.
Afareo. Kerkios no sintió nada especial al imaginarlo muerto.
Se sorprendió por ello, y se esforzó en recordarlo cuando siendo él un niño le enseñaba a manejar carros de caballos en Puro.
Después, Afareo desapareció para después de toda una vida regresar, tan cambiado como la noche y el día.
Años y años vividos en la tierra que ahora habían pretendido conquistar.
Le pareció irónico y triste al mismo tiempo.
—¿Estuviste con él destinado en la fortificación de Tjaru? —preguntó a Peremhab.
Él se removió en su rincón.
—No conozco tu lengua tan bien como tú, pero creo que la palabra «destinado» no es la más adecuada para el tiempo que pasamos en Tjaru.
—Afareo me contó que fue mercenario del faraón en esa fortaleza. ¿Serviste allí con él?
El hombre se incorporó.
—¿Mercenario? Cuando le conocí sí lo era, pero luego la vida le llevó… nos llevó por otros caminos.
Kerkios le lanzó una mirada inquisitiva.
—El m’ga ţ ir de Tjaru era también una prisión —añadió Peremhab—. ¿Afareo nunca te lo dijo?
Peremhab siguió hablando y aquella noche Kerkios pudo rellenar los huecos que le quedaban por conocer acerca de la vida de su hermano. Huecos que le llevaron a descubrir la perspicacia de Eumetas, por un lado, y su propia ingenuidad, por otro. Aunque poco importaba ya todo eso.
Por la mañana les dieron cuencos con gachas de cebada. Arrojaron cientos de ellos al suelo sucio y lleno de orines de la celda, y los presos comieron el alimento como si se tratara de un manjar. Luego solo hubo oscuridad y silencio durante lo que a muchos les pareció el resto de la eternidad.
La luz del sol les cegó un tiempo, hasta que sus ojos volvieron a acostumbrarse al mundo de los vivos.
Les habían vuelto a poner la ses ḥ a al cuello para conducirlos a un gran redil circular, donde fueron liberados de nuevo igual que ovejas.
Todo el perímetro estaba vigilado por lanceros que los observaban con complacencia.
Más allá del cercado se oían las voces y risas de la gente, curiosos que sin duda acudían allí para contemplar el espectáculo.
Muchos empezaron a murmurar que se aproximaba su final y la desesperanza se extendió entre todos ellos.
Kerkios tenía el vendaje del hombro oscurecido por la sangre seca y la suciedad de la celda, pero había recuperado algo de movilidad en el brazo. También pensó que pronto se reuniría con Afareo y Eumetas en el inframundo y la idea no le provocó ninguna emoción.
Pasó el tiempo y la gente congregada comenzó a marcharse al ver que no sucedía nada interesante con los prisioneros.
No cortaban manos, no los ajusticiaban, ni siquiera los sometían a tortura.
Uno de los lanceros se aupó al cercado y gritó algo mientras hacía señas.
Kerkios lo vio y tardó un poco en darse cuenta de que le estaba llamando.
Sintió un escalofrío. Por alguna razón él había sido escogido en primer lugar para lo que fuera que iban a hacerles.
Dos kemetyu entraron en el recinto, se abrieron paso hasta él y con las lanzas le obligaron a acompañarlos.
Los prisioneros podrían haberles arrebatado las armas y matarlos, pero la desmoralización era tal que nadie movió un dedo.
Tampoco Kerkios opuso resistencia. Fue conducido fuera del cercado y guiado hasta un sencillo cobertizo de cañas y hojas de palmera.
Los lanceros abrieron la cortina de lino de la entrada, le hicieron pasar y se quedaron en el exterior.
Dentro la luz era tenue, pero suficiente para reconocer al hombre que le esperaba de pie junto a una jofaina de cobre y un escabel.
—Acércate y te limpiarán esa herida. Es lo menos que puedo hacer.
—¡Eumetas! ¡Estás vivo!
Detrás de Kerkios entró un individuo delgado vestido con una túnica oscura. Olía a mar y a sudor. Llevaba una pequeña talega colgada del hombro, de la que sacó vendas de lino y varios ungüentos. Kerkios no entendía qué ocurría.
—Ven aquí, este hombre te cambiará los vendajes. Pertenece a mi tripulación y conoce el arte de curar heridas.
—¿Qué…? ¿Qué significa esto, Eumetas? ¿Qué está pasando?
—Pasa que estás vivo, Kerkios, gracias a los dioses. Siéntate en ese escabel.
Kerkios obedeció y permaneció inmóvil mientras el curandero le desliaba el vendaje y le limpiaba la herida. Las explicaciones de Eumetas no tardaron en brotar de su boca, aunque al principio fueron deslavazadas.
—Te he visto mientras os metían a todos en ese corral de borregos y he pedido que te sacaran.
¿Te duele la herida? Este hombre pertenece a mi tripulación, te pondrá emplastos y te sentirás mejor.
Estás vivo, Kerkios. No te imaginas cuán duros han sido los últimos días para mí.
Te lo dije en Kupirijo y te lo repito ahora: no debí llamarte.
Pero lo hice, y todo esto no es más que la consecuencia de mi error.
—¿Cómo has llegado aquí? ¿Pudiste escapar del canal?
A continuación Kerkios escuchó boquiabierto una confesión de su tío, la segunda que le hacía en poco tiempo.
Su relato se remontó al momento en que se supo enfermo en Kupirijo; ese duro golpe le hizo perder todo interés por conquistar las tierras del faraón o cualquier otro lugar del mundo.
Sin embargo, no estaba dispuesto a permitir que Afareo se apropiara de su idea.
Si la «tierra amada» no iba a ser de Eumetas, no sería de nadie.
De modo que su mente se puso a trabajar con rapidez y diseñó un plan, no para conquistar Akupitija sino para evitar que Afareo lo hiciera.
Pero la presencia de Kerkios se convirtió en un obstáculo y por eso Eumetas intentó convencerle de regresar a Kutira, con el poco éxito que ambos ya sabían.
—Quise protegerte, pero eres tan tozudo como yo mismo y no hubo manera de que volvieras a tu isla. Siempre he tratado de cuidarte, Kerkios. Es algo que le prometí a tu padre y nunca he dejado de esforzarme por cumplirlo.
—No puedo creer… —dijo Kerkios mientras le aplicaban sobre el orificio del hombro un linimento de miel y grasa de cocodrilo—.
Por un tiempo no te reconocí en tus actos y tus palabras y lo achaqué a tu enfermedad, pero ahora veo que sigues siendo el mismo de siempre.
Por la Potnia, Eumetas, ¿qué plan? ¿Qué podías idear para impedirle a Afareo atacar al faraón? ¿Matarlo?
—Claro que no; eso habría puesto a todos sus hombres en mi contra. Lo que hice fue avisar al propio faraón.
—¿Qué?
—Me costó tomar la decisión, pero el tiempo apremiaba y debía actuar con rapidez.
Fue la solución más fácil, lo confieso: despaché un emisario en la nave más ligera que pude encontrar, con un mensaje dirigido al Señor de las Dos Tierras.
En él le avisaba de cuándo y dónde pensaba actuar de nuevo la flota que había estado asolando sus puertos a lo largo de la costa de Kin ā na, Amki y Amurru.
Le dije que llegarían al delta, penetrarían por el canal de Per Amón y tomarían la ciudad residencial de Pi R ā mese.
Le puse al corriente del plan de Afareo con el mismo detalle con que él nos lo explicó a nosotros.
—¿Hiciste… eso?
—No había tiempo para pensar en nada más elaborado, Kerkios. Pero el plan tenía sus riesgos: el éxito dependía de que el mensaje fuera entregado con la suficiente antelación. Y, sobre todo, dependía de que el faraón lo creyera.
Y lo creyó hasta cierto punto, siguió relatando su tío. Ramsés le envió una respuesta que como mínimo invitaba al recelo: le pidió a Eumetas que acudiera a Pi R ā mese: si lo que le estaba contando era cierto, quería mirar a los ojos de quien le había prevenido del peligro.
—Yo no pensaba acudir, por supuesto: aquello olía a trampa a cien bêru de distancia.
Me habría quedado en Kupirijo alegando cualquier excusa y Afareo habría estado encantado con mi abstinencia.
Por otro lado, yo tenía la seguridad de que el faraón no se arriesgaría a tomar el mensaje a broma.
Pero tú te empeñaste en meterte en medio y me obligaste a embarcar.
—¿Te obligué? ¿Por qué? Pudiste quedarte en Kupirijo. Estás enfermo, ¿no? ¿O también eso es un engaño?
—No lo es, Kerkios. Moriré pronto, lo sé. Me embarqué para protegerte.
—¿Protegerme? Nos llevaste a una encerrona. No solo a Afareo: yo estaba también ahí. Dejaste que…
—¡Yo no dejé nada! —gritó irritado Eumetas—.
¡Hice todo lo posible para evitar tu participación!
¿Cuántas veces te pedí que volvieras a tu pacífica isla?
¿Y no recuerdas cómo antes de entrar en el canal insistí en que te quedaras en mi barco?
En cambio, tú decidiste ir con Afareo. Maldita sea, Kerkios: accedí al envite que me proponían los dioses, consentí en la ordalía.
Ellos querían que estuvieras presente en todo esto.
El precio de mi plan eras tú y tuve que aceptarlo.
Pero, al fin y al cabo, eres el mejor guerrero que he conocido.
Pusiste tu vida en manos de los dioses y ellos te la han preservado.
El curandero cubrió el hombro de Kerkios con las vendas de lino. Dio varias vueltas y enlazó el extremo con los pliegues.
—No lo entiendo —confesó Kerkios después de un silencio—: ¿qué diferencia habría existido si yo hubiera estado en tu barco? Habría corrido el mismo riesgo que todos; el mismo riesgo que tú mismo.