Fuego y bronce 12. PI RĀMESE #8
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12. PI RĀMESE #8

Kerkios apenas podía defenderse. La mano izquierda no manejaba la espada con la misma habilidad que la derecha, y el dolor de la herida empezaba a agarrotarle el brazo.

Un guerrero dio un golpe terrible en su escudo con una maza y sintió un dolor insoportable que se propagó desde el hombro hasta la última falange de sus dedos.

Se abalanzó sobre él para reducir el espacio de maniobra, pero el guerrero era grande y nervudo y él estaba débil.

No pudo moverlo de su sitio y el otro respondió con el mismo gesto, arrojándose sobre Kerkios y empujándolo contra la borda.

El movimiento fue tan repentino y violento que Kerkios perdió pie y su cuerpo se inclinó hacia atrás, precipitándose por encima de la regala.

Su rival corrió a asomarse y solo alcanzó a ver el escudo retenido por el vaivén del oleaje, que poco a poco se sumergió tragado por las turbias y no muy profundas aguas del canal.

Afareo describía círculos con el hacha y mantenía a raya a tres hombres.

Uno de ellos se atrevió a dar un paso al frente, pero entonces sintió una mano en su cuello como una tenaza cortándole la respiración.

El hacha inició su recorrido en sentido inverso y le impactó contra la sien; al soltarlo Afareo, el cuerpo cayó al suelo desmadejado.

Miró a su alrededor y no vio a Kerkios, y sombríos pensamientos cruzaron fugazmente su mente.

Sin dudarlo, arrojó el hacha a uno de sus oponentes; el arma quedó incrustada en medio del pecho.

Sacó el puñal del ceñidor y lanzó un grito aterrador, y el rival que aún seguía frente a él se estremeció como una hoja.

Afareo no solía llevar nada sobre la cabeza, le gustaba sentir el aire fresco en su cráneo rasurado.

Sin embargo, en aquella ocasión se había puesto para la batalla la diadema emplumada que llevaban muchos de sus hombres.

Eso seguramente le salvó la vida al recibir el violento impacto de un proyectil lanzado desde la cofa de un barco.

Un hilo de sangre nació bajo el tocado y se fue dibujando en su rostro, y Afareo dobló las rodillas.

A la estrecha orilla llegaban los supervivientes de la masacre naval, solo para recibir la muerte a manos de los lanceros que los aguardaban.

Kerkios vomitó agua y sangre cuando pudo al fin salir del cauce.

Estaba extenuado y no sentía el brazo derecho.

Ignoraba de dónde había sacado fuerzas para nadar hasta allí.

Pero no podía entretenerse en averiguarlo: apenas notó el aire fresco en la cara, oyó la brega de los kemetyu ajusticiando a quienes sobrevivían a la mortandad de los barcos.

Había perdido la espada; echó un vistazo rápido a su alrededor, pero no vio más que tierra húmeda y matojos, nada que pudiera servirle como arma.

En seguida tuvo cerca un guerrero que lo amenazaba con la lanza; sin pensárselo Kerkios se encogió y se arrojó sobre él.

La lanza le arañó la espalda, pero logró tirarlo al suelo; estirado encima de él, trató de asfixiarlo con su brazo izquierdo presionando la garganta.

Su rival se zafó de él de un empujón y se puso en pie, y Kerkios, sin fuerzas, quedó tendido boca arriba, exhausto y dando grandes bocanadas de aire.

Entonces oyó voces que venían de lo alto de la empalizada y de otros puntos a lo largo del canal.

El lancero no se decidía a acabar con él y el resto de kemetyu de la orilla tenía el mismo comportamiento con los que, como Kerkios, aún seguían con vida.

Tan solo los apuntaban con las lanzas mientras vociferaban:

—¡ S ḥ tp ! ¡ S ḥ tp !

El guerrero movió su arma arriba y abajo y le dijo:

—¡ Se ḥ etep ! ¡Rendición! ¡Rendición!

Kerkios, echado en la verdosa superficie de la ribera, cerró los ojos y suspiró.

El cielo sobre sus cabezas seguía igual de gris, igual de oscuro que al principio del día.

Se incorporó poco a poco mientras el lancero lo vigilaba y miró al canal.

Lo que vio le hizo desear la muerte. Allí estaba la gran expedición de conquista ideada por su tío.

Allí el plan tan cuidadosamente planeado por su hermano.

Barcos zozobrados, cadáveres esparcidos por las cubiertas y flotando en el agua, que había cambiado su color verdoso por el del vino más oscuro.

A buen seguro lo que les esperaba a los supervivientes sería menos apetecible que alcanzar la muerte empuñando una espada.

Sintió el impulso de enfrentarse a su captor para morir luchando, pero no tuvo fuerzas.

Deseó, mientras seguía mirando la sangrienta escena del canal, que al menos Eumetas sí hubiera muerto como anhelaba.

El lancero le hizo señas para que alzara los brazos como muestra de rendición. Kerkios solo pudo levantar uno.

El muro medía al menos veinte codos de altura; sus sillares eran de tal tamaño que se hacía inconcebible que hubieran podido colocarse unos sobre otros sin ayuda divina.

La pared formaba parte de un edificio que Kerkios no se esforzó en identificar.

Contra esa ciclópea construcción fueron arrojados los prisioneros uno a uno, como reses a punto de ser sacrificadas.

Kerkios apoyó la espalda en la piedra y trató de recuperar fuerzas.

Nadie hablaba, nadie se atrevía siquiera a levantar la mirada, y solo se oía de vez en cuando el lamento de los heridos. Pronto anochecería.

Vinieron luego más soldados provistos de cuerdas, grilletes y bastones.

Cogieron a uno de los prisioneros; a la luz de las antorchas, le sujetaron los antebrazos, los juntaron por la espalda y los ataron con firmeza.

Sus articulaciones crujieron y el hombre soltó un aullido.

Hicieron lo mismo con los demás: a unos les ataban los brazos por detrás de la cabeza, a otros a la altura de los codos y algunos tenían suerte y les ponían en las muñecas grilletes con forma de pez.

Al llegarle el turno a Kerkios el soldado vio el asta sobresaliéndole del hombro; la cogió y tiró de ella para extraerla.

Kerkios apretó los dientes y estuvo cerca de perder el conocimiento.

Pronto la sanguinolenta punta de la flecha apareció y la sangre comenzó a brotar del orificio a borbotones.

El soldado sonrió, pero detrás de él otro pareció amonestarlo y gritó algo.

Al instante se presentó alguien con un pequeño morral bajo el brazo; le rasgó la túnica a Kerkios lo necesario para dejar visible la herida y empezó a limpiarla y a aplicar bálsamos y emplastos.

Luego la vendó con paños de lino y, por último, un guerrero le juntó las muñecas sobre el pecho y le colocó los grilletes.

Durante todo el proceso Kerkios se dejó hacer mansamente, entre aturdido por el dolor y sorprendido por los cuidados.

Les hicieron levantarse y ponerse en fila junto el muro, y les pasaron por el cuello unas argollas de cuero unidas entre sí con cuerdas y bastones.

Kerkios se resistió esta vez y a cambio recibió un golpe en el estómago que le hizo doblarse hasta casi caer al suelo.

Le levantaron la cabeza con una daga apoyada en su barbilla y Kerkios recibió la argolla en el cuello con muecas de disgusto.

— Ses ḥ a —dijo el prisionero que estaba a su lado. Kerkios le reconoció: era un miembro de la tripulación de Afareo.

—¿Qué?

—Lo que nos están poniendo al cuello. Se llama ses ḥ a .

Es uno de los artilugios que utilizan para humillar a los vencidos.

Significa que no nos matarán, que el per- ʿ ō de Kmt , el faraón, nos quiere vivos, pero que no nos tratarán mejor que a una piara de cerdos.

Por eso te han curado el hombro: ahora somos de su propiedad.

Si hubieras muerto al sacarte la flecha, el soldado habría tenido que ocupar tu lugar.

Aquel hombre sabía de qué hablaba, razonó Kerkios: era de Akupitija, como la mayor parte de los tripulantes del barco.

—¿Saltaste al agua?

—¿Saltar? No, eso habría sido cobardía. O sentido común, según se mire. ¿Acaso lo hiciste tú? En el barco nos dieron la oportunidad de rendirnos y la aprovechamos.

Los trasladaron como si fueran ganado hasta un edificio de techos bajos y sin ventanas; caminaron por un lóbrego pasillo y los hicieron entrar de uno en uno en una oscura habitación que hedía desde mucho antes de cruzar la puerta.

El proceso fue lento: un hombre iba cortándoles las ligaduras a medida que accedían al recinto y otro los obsequiaba con un empujón para meterlos en la celda.

Liberaron a Kerkios de los grilletes; mientras el carcelero le quitaba el collarín, se llevó la mano al cuello y recordó que no tenía el colgante de Erita.

Ojalá le transmitiera fuerza y coraje a Muballit, pensó.

Temió no volver a ver a su mujer y su hijo nunca más; absorto en ese pensamiento alguien le empujó para hacerle caminar.

Kerkios se revolvió con fiereza. El forcejeo creció en intensidad y ambos cayeron.

La rodilla de Kerkios pronto estuvo sobre la garganta del carcelero y entonces recibió un bastonazo en la espalda que lo hizo arquearse de dolor y caer al suelo.

Dos kemetyu lo apalearon y lo dejaron tendido.

Le auxilió el hombre con quien había hablado antes, que le ayudó a levantarse y a entrar en la celda.

—Parece que compartes con tu hermano el placer por llamar siempre la atención, ¿verdad?

Cuando estuvieron hacinados ya había caído la noche. El espacio, sin ventilación, era frío y húmedo, demasiado pequeño para albergarlos a todos. Allí, a oscuras y en silencio, intentaron dormir unos encima de otros, después del que sin duda había sido el peor día de sus vidas.

Kerkios pensaba en Erita y Muballit. Aún estarían tres días más fondeados en la bahía de Per Amón esperando recibir noticias suyas, que no llegarían jamás. Y luego partirían rumbo a Kutira. Sintió un vacío en el estómago.