12. PI RĀMESE #7
Apenas corría brisa alguna. El sol seguía sin aparecer en el cielo y este persistía en conservar el color apagado y gris del principio de la mañana.
Kerkios miró a lo alto y pensó que era el mismo cielo que quizá Erita estaría también mirando en ese momento desde la cubierta de su barco fondeado en Per Amón. El pensamiento le reconfortó.
—¡Bogad fuerte! ¡Carguemos contra esos malnacidos de ahí delante!
Afareo se desgañitaba como si de sus palabras dependiera la salvación de sus hombres; tal vez no la salvación, pero sí la esperanza de lograrla.
Los barcos kemetyu estaban aún a considerable distancia; muchos de ellos eran grandes embarcaciones, con mascarones a proa y a popa y un arrufo muy pronunciado que se prolongaba por la proa con un espolón.
Este iba adornado en su extremo por una cabeza de león devorando de modo truculento una cabeza humana.
Los mástiles eran altos y acababan rematados con una cofa donde había un guerrero, y las bordas iban provistas de tantos remos que Kerkios no pudo contarlos.
No le pareció que aquellos fueran frágiles barcos fluviales, como tantas veces repitió Eumetas.
También había otras embarcaciones más livianas, esquifes y barcazas, y las cubiertas de todas ellas estaban abarrotadas de hombres armados.
A pesar de encontrarse lejos, desde su posición Kerkios podía oír sus gritos de guerra, que rivalizaban con los de Afareo.
Su hermano no discurrió táctica alguna: sin mayores reflexiones ordenó a sus barcos embestir las naves que les habían cerrado el paso.
Era puro instinto de supervivencia, aunque tal vez los cascos se partieran y los barcos se fueran a pique.
A pesar de eso, las naves no tuvieron oportunidad de aproximarse a las de los kemetyu : todo el canal a izquierda y derecha se pobló de hombres que comenzaron a aparecer por encima de las empalizadas, como si brotaran de los troncos en aquel preciso lugar y momento ya armados y uniformados.
Muchos de ellos lucían en la cabeza el tradicional tocado nemes de lino de los kemetyu , pero otros llevaban simples pañuelos o incluso cascos de cuero.
La visión era impresionante. Algunos eran lanceros con escudos, sin embargo la inmensa mayoría iban provistos de potentes arcos.
Golpeando sus armas produjeron un sonido atronador, que acompañaron con un vocerío estruendoso.
Afareo corrió a por su escudo de piel de ms ḥ y trató de encorajinar a sus hombres.
—¡No os arredréis! ¡Poneos a cubierto! ¡Soltad los remos y cubríos! ¡Resistid la andanada!
Pocos tuvieron la sangre fría de estibar los remos y apartarlos de la cubierta para que no les obstaculizaran, y la mayoría obedeció a Afareo y los remos se escurrieron y se precipitaron al canal.
Sin tiempo de nada más, cayó sobre ellos una lluvia de flechas procedente de ambas márgenes.
Los hombres se agazaparon tratando de ocultar todas las partes del cuerpo bajo la reducida superficie de sus escudos.
Cientos de flechas impactaron y se clavaron en ellos, en las maderas de las cubiertas y los cascos.
Y comenzaron a escucharse los terribles lamentos de los heridos.
—¡Nos matarán como a perros! —gritó Kerkios.
Y nació en él un absurdo sentimiento de estafa. Había viajado hasta allí para usar la lanza y la espada, no el escudo; para matar de modo indiscriminado y arrasar casas, tierras y ciudades, no para morir acribillado por las flechas sin siquiera haber bajado del barco.
A su alrededor la cubierta se llenó de cuerpos ensartados, hombres que, como él, no habían tenido oportunidad de mostrar su valía.
El arco era un arma de cobardes. Maldijo en silencio a Afareo, que los había conducido a aquella encerrona.
Maldijo a Eumetas por pensar que era posible conquistar Akupitija.
Y se maldijo a sí mismo por no haberle escuchado cuando le conminó a regresar a Kutira.
Encogido junto a la proa, intentó mirar por encima de la borda; le preocupaba la suerte de su tío, pero no logró ver su barco.
Giró poco a poco la cabeza hacia la izquierda en dirección a la orilla y vio por encima de la empalizada, detrás de la línea de arqueros y lanceros, una construcción de madera, una especie de atalaya rodeada por un barandado.
Desde allí un hombre puesto en pie disparaba una y otra vez las flechas que sacaba del carcaj.
Vestía una gruesa túnica de colores vivos y sobre la cabeza llevaba una tiara blanca y roja.
A su alrededor había varios hombres armados pendientes de que nadie molestara al arquero en su actividad.
—Ramsés —adivinó Kerkios.
Recordó las palabras de Afareo: decapitar a la serpiente.
Volvió a encogerse bajo el escudo. Tenía la lanza en la mano.
La aferró con rabia. Se puso en pie y la arrojó con todas sus fuerzas en dirección a la plataforma.
Era un lanzamiento imposible, no solo por la distancia sino también por la dificultad de hacerlo en medio de una nube de flechas.
No pudo saber si la lanza alcanzó su destino, porque recibió un flechazo en el hombro que le hizo aullar de dolor y se desplomó.
La matanza se prolongó durante un dilatado espacio de tiempo.
Muchos hombres se arrojaban a las aguas del canal y allí eran también alcanzados por los dardos.
Algunos lograban llegar a la orilla solo para morir en tierra asaeteados o atravesados por las lanzas.
Las aguas se llenaron de cuerpos flotando y se enturbiaron con la sangre derramada.
Kerkios había logrado partir el asta de la flecha que llevaba clavada, pero comprendió que había llegado el momento.
No le pareció, con todo, que fuera aquella una muerte digna ni merecida.
Algunos hombres, guerreros valientes acostumbrados al peligro de la batalla, mostraban en sus rostros la desesperación y angustia por lo que en el fondo no era más que una agónica espera hasta que una flecha acertara a quitarles la vida.
De pronto, los proyectiles dejaron de caer sobre ellos.
Kerkios se alzó un poco con precaución sin separarse del escudo y miró hacia la orilla: todos los arqueros seguían en su posición empuñando las armas, pero ya no disparaban.
En el barandado no había rastro del faraón.
Pensó por un momento que lo había logrado, pero entonces comprendió lo que pasaba: los barcos enemigos estaban ahora allí, junto a los suyos, y de nuevo se oyó el griterío brotando de sus gargantas.
Habían estrechado el cerco e iban a ser ellos quienes iniciaran el abordaje.
Volvieron a volar las flechas, esta vez disparadas desde los barcos, y Kerkios vio garfios cruzando sobre su cabeza y clavándose en las maderas.
Dio gracias a los dioses por darle la oportunidad de morir como un guerrero.
Sacó la espada del ceñidor y se levantó, pese a que el dolor del hombro le torturaba.
Miró a su alrededor: la cubierta estaba sembrada de cuerpos muertos, pero también había algunos supervivientes. Uno de ellos era Afareo.
—¡Levantaos, hombres! ¡Por fin vais a demostrar a qué hemos venido aquí! ¡Dejadlos que suban a bordo!
El optimismo de Afareo era encomiable; su tripulación se hallaba diezmada y solo unos pocos se mantenían en pie con las armas en la mano.
En el resto de las embarcaciones la situación era similar: el castigo había sido durísimo y difícilmente podrían plantar cara a los abordajes.
La nave de Afareo acusó el choque contra la borda de un barco que casi le doblaba en eslora; se zarandeó y toda su estructura crujió, y a punto estuvo de volcar.
Las cuerdas de los garfios se tensaron y quedaron enganchados en la regala, y decenas de hombres saltaron sobre la cubierta.
—¡Kerkios! ¡Muéstrales cómo peleas! —gritó Afareo.
Su hermano se puso junto a él. Había embrazado el escudo en el brazo herido, el derecho, y sostenía la espada con el izquierdo. No tenía buen aspecto.
—Haré lo que pueda.
Antes de poder decir nada más una jabalina se clavó en su escudo y un guerrero de Kemet se acercó agitando un hacha por encima de la cabeza.
Kerkios se anticipó y pudo interponer la hoja de la espada cuando el hacha descendía sobre él.
Con un movimiento circular le abrió la tripa y el hombre se derrumbó a sus pies.
Afareo gritó algo y se encaró con un rival, al que ensartó con la lanza; luego se arrojó hacha en mano sobre el puñado de kemetyu que acababa de abordar su barco.
En el estrecho espacio de la cubierta se desató una sangrienta batalla a muerte, que se reprodujo con la misma crudeza en las demás naves.
Espadas contra lanzas, hoces contra mazas.
Desde los barcos enemigos los arqueros seguían disparando y en las cofas los honderos afinaban la puntería para abatir a los invasores.
Estos luchaban con fiereza, pero muchos presentaban heridas de flecha, como el propio Kerkios, y estaban vacíos de la fuerza, el ánimo y la confianza que Afareo parecía poseer a raudales.
Sabían que, aun venciendo en los combates cuerpo a cuerpo, seguían bajo la atenta mirada de los arqueros de las empalizadas.
La desesperanza era una losa que se asentó sobre ellos de modo inevitable; lo único que les movía a seguir defendiéndose era el miedo irracional a la muerte.