12. PI RĀMESE #6
—¿Qué es eso? —preguntó al aire Afareo—. No recuerdo la existencia de ningún muro. ¿Quién ha levantado…?
A lo largo de la orilla izquierda ya deberían comenzar a verse desde el canal las primeras casas de la ciudad, pero su visión la bloqueaba una pared de troncos de unos quince codos de altura cuya extensión se perdía por delante.
Los troncos estaban hincados muy cerca de la orilla, apenas a un par de codos de distancia del agua, o incluso algunos hundidos en ella.
—Es una empalizada, una larguísima barrera de madera. Por la Potnia, han tenido que talar miles de árboles para… —Entonces Kerkios recordó las palabras del hombre atado al poste en Maa, aquel Wenamun torturado por su tío Eumetas—. ¡En lugar de barcos han construido un muro de madera!
—Pues han trabajado en balde porque esa tapia no nos va a crear ningún problema.
—¿No te das cuenta? ¡Esto quiere decir que nos están esperando! Maldita sea, Afareo, Eumetas tenía razón. Con tus ataques a los puertos de Retenu has puesto sobre aviso a los kemetyu .
Afareo frunció el ceño y se pasó la mano por el cráneo rapado.
—No digas tonterías. ¿Levantarías tú una empalizada en torno a tu casa y esperarías a que el enemigo viniera a verte, en lugar de ir a buscarlo y combatirlo lejos de los tuyos?
Esos troncos no están por nosotros, deben de llevar años ahí clavados.
¡Hombres, remad con fuerza! ¡Lleguemos cuanto antes al puerto! ¡Demostrémosles quiénes somos!
«Quizá Afareo tenga razón», pensó Kerkios, pero por su aspecto no le pareció que la empalizada fuera muy antigua.
Continuaron por el curso del canal y la pared de madera los acompañó todo el camino.
Por detrás de la empalizada se veían altas edificaciones, blancas y del color de la arena.
En cambio, en la margen derecha la orilla estaba salpicada de vegetación, juncos y palmeras, y más atrás chozas y casas de adobe de techos planos y paredes blancas.
Los kemetyu habían protegido únicamente la orilla que les interesaba, pensó Afareo.
—Han tenido que trabajar muy duro para lograr esto —se dijo Kerkios.
—Esta gente está acostumbrada a levantar construcciones gigantescas —explicó Afareo, que le había oído—, basta con que su faraón se lo ordene. ¿Entiendes por qué es tan importante acabar con él? Por Posedao, han debido talar toda una maldita montaña…
—Contaban con el permiso de Huwawa —murmuró Kerkios.
—¿De quién? No importa —añadió antes de escuchar la respuesta—.
Más adelante el cauce se ensanchará y pronto aparecerá la bifurcación a nuestra izquierda; veremos qué pasa con la empalizada cuando lleguemos al puerto.
¡Remeros!, vigilad el braceo. Ese canal se estrecha hasta unos cuarenta o cincuenta codos.
Tendremos que juntar mucho las naves para pasar por ahí.
Kerkios estaba intranquilo. Pi R ā mese, una de las ciudades más populosas del País de las Dos Tierras, parecía no tener habitantes.
¿Dónde estaban sus guerreros y sus barcos de guerra?
Según su hermano, las naves se hallaban en alta mar protegiendo los puertos de levante mientras ellos asaltaban su capital.
El de Afareo no parecía un mal plan, pero ¿quién sería tan estúpido de desproteger su propia casa e ir a proteger la de otro?
Y sin embargo, habían levantado empalizadas sin duda para prevenir un ataque.
Kerkios comenzaba a no saber ya qué era razonable y qué no lo era.
Poco a poco la distancia entre las orillas se fue dilatando, tal y como Afareo había predicho.
Al final de esa laguna de aguas más abiertas se ubicaba, en el lado izquierdo, el comienzo del estrecho canal que la escuadra debía tomar.
La empalizada siguió su trazado por la orilla y se alejó de los barcos a medida que estos avanzaban hacia la boca del canal.
Cuando estuvieron ya cerca vieron algo extraño sobre el agua de la embocadura, dispuesto de orilla a orilla.
Parecía una hilera de mojones flotando estáticos, una especie de malecón de troncos unidos entre sí por gruesas cuerdas, follaje y placas metálicas.
—¿Han construido una presa en el canal?
No era una presa, adivinó Kerkios, sino un obstáculo para impedir el paso de sus barcos. Eran aguas poco profundas, no les habría costado mucho clavar los troncos en el lecho del río.
De pronto el fuego prendió en uno de los extremos del malecón y se propagó a lo largo de todo él, hasta alcanzar la otra orilla. Los hombres de la flota se sobresaltaron.
—¡Por los dioses! —exclamó Afareo—. ¿Cómo han podido hacer eso?
Una línea flamígera apareció en un momento ardiendo ante sus ojos, con llamas de más de dos codos de altura.
Los troncos tenían en su parte superior algo parecido a pebeteros de metal y Kerkios dedujo que estaban llenos de algún tipo de material combustible, tal vez carbón vegetal, y posiblemente toda la estructura estaría recubierta de resina o brea para mantener vivas las llamas.
Si era así, ardería durante más tiempo del que ellos podían esperar.
Iba a explicárselo a Afareo y a tratar de convencerle de que todo aquello tenía que ser una trampa, pero él ya estaba dando órdenes a los suyos.
—¡Hacia atrás, remeros! ¡Ciad con todas vuestras fuerzas! ¡Embocaremos la otra vía del canal!
Los remeros obedecieron y pronto todos los barcos retrocedieron lo suficiente para que sus proas apuntaran hacia la embocadura de la derecha. A Kerkios le pareció un milagro que en la maniobra las naves no hubieran chocado unas con otras.
—Habrá que dar un pequeño rodeo —explicó Afareo—, pero no perderemos demasiado tiempo en ello: el otro paso es algo más ancho que este y no tardaremos mucho en cruzarlo.
—Esto no me gusta, Afareo. Nos están vigilando. Si no, ¿cómo han podido encender ese fuego justo cuando estábamos delante?
—No pongas esa cara, hermanito —dijo Afareo, arrebatado por una especie de éxtasis—. ¡Sonríe, son los dioses quienes nos están mirando, no esos malditos kemetyu !
La escuadra avanzó por el canal de la derecha y dejaron atrás las llamas del malecón.
La tensión ya se había adueñado de los hombres, acostumbrados a tener enfrente un enemigo de carne y hueso contra el que luchar, pero no a la aventura laberíntica que estaban viviendo.
Kerkios propuso de nuevo desembarcar en la margen izquierda y proseguir con los pies seguros en el suelo.
—No. Eso que ves ahí es un pedazo de tierra en medio del canal. Está aislado, sería nuestra perdición. Tenemos que rodearlo y virar a babor, y habremos alcanzado el mismo punto que si hubiéramos seguido por la otra vía.
—Por Posedao, Afareo, espero que sepas lo que haces.
Llevamos desde el amanecer en tierra enemiga y aún no hemos visto ni una lanza, ni una flecha, ni un barco de guerra.
Tengo la sensación de haber entrado en la madriguera del oso y que en cualquier momento va a saltar sobre mi espalda.
Y creo que tu tripulación siente lo mismo.
—Bien, pues estate preparado por si lo oyes rugir.
Las serenas aguas se agitaron cuando las proas llegaron a una nueva escisión del canal.
Lentamente iniciaron el viraje hacia el ramal que tenían a babor, y todos los barcos fueron penetrando por una estrecha vía que dejaba a ambos lados dos extensiones de tierra.
Una vez más comprobaron que los kemetyu habían levantado empalizadas, esta vez en ambas orillas.
—¿Sabes cuánto mide este tramo? —preguntó Kerkios— Y supongo que tampoco te suenan estas empalizadas.
Afareo disimuló su desasosiego; la situación también comenzaba a inquietarle.
—Calculo que unos mil pasos. Pronto estaremos al otro lado.
En su embocadura el canal tenía anchura suficiente para que pasaran hasta una decena de barcos en paralelo, pero en el tramo final se angostaba y solo había holgura para la mitad.
Kerkios fue paseando la vista de una a otra orilla mientras el barco recorría el estrecho.
Era evidente que esas empalizadas estaban esperándoles a ellos, que los habían conducido a ese lugar de manera deliberada y que en cualquier momento iban a descubrir hasta qué punto los kemetyu estaban desprotegidos.
—Estamos en medio de un pasillo de agua entre dos muros de madera. El cauce se estrecha y esos vallados de troncos parecen cubrir todo el tramo del canal. Se suponía que en esta expedición nosotros íbamos a llevar la iniciativa, pero por el momento vamos de sorpresa en sorpresa.
Su hermano no apartó la vista del frente.
—Ya se ve el final. Tranquilo, Kerkios. A mí también me disgusta no poder entrar ya en acción y dedicarnos a recorrer la ciudad en barco, pero…
Afareo dejó de hablar. Por el lado derecho de la desembocadura vio asomar un madero horizontal, que en seguida se transformó en una suerte de ariete.
Era la proa de un barco. A este le siguieron otras embarcaciones de tamaño variado, que se situaron lentamente junto a la primera.
Llegaron aún más naves: todas ellas se detuvieron en el extremo final del canal.
—¡Nos han bloqueado el paso!
Extrañamente, a Afareo lo invadió una alegría infinita.
Era como si les debiera a los suyos una batalla, para eso los había llevado hasta allí, y al fin la iban a tener.
Alguien de su tripulación, el hombre encargado de transmitir mensajes a las otras naves, se acercó apresurado y le dijo algo.
Kerkios, con el escudo embrazado y esperando ya iniciar el abordaje de los barcos que les impedían el paso, le preguntó a Afareo qué sucedía. Le contestó con una sonrisa.
—También han bloqueado la retaguardia. Estamos atrapados. ¡A por ellos!