12. PI RĀMESE #5
Kerkios se sentó en un rincón junto a los remeros de Afareo y clavó la mirada en las maderas de cubierta.
Pensó en Eumetas y en que quizá en esa estúpida disputa se había equivocado al decidirse por el barco de Afareo.
A continuación pensó en Erita. Quizá también se había equivocado en esa otra decisión, la de traerla hasta Akupitija.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Afareo.
Kerkios no respondió y su hermano dejó de prestarle atención y se dedicó a vocear órdenes y arengas a su tripulación en la lengua que les era propia, la de los kemetyu , y también a las tripulaciones de los barcos más próximos.
Poco a poco la flota fue embocando las proas entre las dos orillas del canal, apretándose unas con otras, reduciendo las distancias entre sí y estirando su formación.
—¡Tened cuidado con los remos, no vayáis a quebrarlos contra los barcos que llevéis al lado! ¡Recoged las velas, en el canal no las necesitamos! ¡Timoneles, no perdáis de vista las orillas! ¡Adelante!
—¿Tus hombres te entienden? —le preguntó Kerkios—. Creí que solo comprendían su lengua.
—Me entienden, aunque se sienten más confortados cuando les hablo en la lengua kmt —sonrió.
Afareo siguió llenando el espacio con su voz durante un tiempo, hasta que el propio peso de sus palabras fue demasiado incluso para él y se calló.
La flota, como una serpiente sigilosa, fue adentrándose por el canal en el territorio del delta, cuyo paisaje era llano como el propio mar, jaspeado con acumulaciones de vegetación dispersas a uno y otro lado de la corriente, y en los puntos más elevados construcciones humanas, viviendas y cobertizos.
Al cabo de un rato Afareo se acercó a Kerkios.
—¿Te parecen inofensivos esos bosques? —Kerkios, sin levantarse, alzó la cabeza y miró por encima de la borda—. Lo son si eres inmune a la picadura de los mil insectos que viven allí. Es más fácil sobrevivir a un ms ḥ , un cocodrilo, que a una noche en ese boscaje.
Al decir eso señaló hacia la orilla, donde varios de esos seres dormitaban con los ojos abiertos.
—Un ms ḥ de esos podría devorarte de un solo bocado sin contemplaciones, pero los estúpidos habitantes de esta región los veneran y piensan que son sagrados e intocables.
Pues bien: ¿te has fijado en mi escudo? Está forrado con la piel de uno de esos monstruos.
Es más dura que la de cualquier otro animal de cuatro patas que yo conozca.
Los kemetyu están locos: por un lado recitan hechizos para mantener alejados a estos lagartos y, por otro, los alimentan, les dan miel y pasteles, incluso los momifican al morir.
Creen que así Sbk , el dios de los cocodrilos, protegerá sus cosechas de las crecidas del río.
¿Te has preguntado por qué esas chozas están en lo alto de aquel promontorio, tan alejadas del canal?
Porque cuando el nivel del agua sube, este río, Iteru , se lleva todo lo que encuentra por delante.
Quien construya junto a las aguas del canal, o está loco o no le importa perderlo todo una y otra vez.
Era propio de Afareo. Trivializar la situación, hablar de cosas sin interés en lugar de guardar silencio y permitir que cada cual encarara a su manera la dura prueba que iban a afrontar.
Eso pensó Kerkios mientras veía a su hermano hablar sin parar.
Estuvo tentado de decirle que lo dejara en paz, que en esos momentos lo único que quería era estar solo.
—¿Ves allí, donde se han formado esos remolinos de agua? Es Taweret , la diosa hipopótamo. Si no la molestas es pacífica, pero enfadada podría hacer volcar esta nave. Incluso los cocodrilos rehúyen su presencia.
Kerkios adivinó que esa era la manera en que Afareo liberaba la tensión, y lamentó que esa manera lo involucrara a él.
De tanto en tanto Afareo recorría la cubierta de proa a popa reclamando a todos que se mantuvieran alerta y no olvidaran que estaban cruzando territorio enemigo.
Aun así, la travesía prosiguió apacible como si estuvieran haciendo un viaje de placer y lo más peligroso que encontraron fue un grupo de lavanderos y fabricantes de esteras limpiando sus alfombras junto a la orilla, y algunos pescadores con pértigas y redes subidos en pequeñas balsas de cañizo.
Todos ellos los vieron pasar y luego prosiguieron con sus tareas con absoluta indiferencia.
Kerkios lo achacó al abundante tráfico de barcos que de manera habitual debía de existir en el canal, y temió entonces cruzarse con otras embarcaciones que tal vez sí les plantearan problemas.
—Estamos al final de la estación seca —le aclaró Afareo cuando Kerkios le planteó su temor—; el canal tiene poca profundidad, quizá cinco o seis codos, y más al interior puede que menos.
Por eso no encontramos barcos en nuestro camino: aguardan a que el nivel suba un poco. Pero es suficiente para nosotros.
Atravesaron un área de marismas a la que la bruma otorgaba un aspecto fantasmagórico.
En otros tramos los juncos y los carrizos ocultaban las orillas, delimitando zonas pantanosas que lindaban con el canal.
Cañas y arbustos de largas hojas se asomaban al cauce, alzándose hacia el cielo y doblándose para después sumergir sus ramas en la corriente.
De tanto en tanto se abrían a izquierda y derecha otras vías fluviales que transcurrían paralelas al cauce principal o bien giraban y se alejaban, abriéndose en nuevos brazos más estrechos que se perdían bajo la tupida vegetación, creando a los integrantes de la escuadra la sensación de encontrarse en medio de un laberinto del que no podrían salir si se desviaban de la vía principal por la que navegaban.
A menudo la fronda de lotos, cañas y papiros era tan densa que parecían muros levantados a lo largo de un prolongado y sinuoso pasillo fluvial.
Muchos temían que detrás de los cañaverales hubiera arqueros ocultos y que en cualquier momento descargaran sobre ellos ráfagas de flechas, pero Afareo insistía en que tras las cañas no había más que marjales, pantanos y lagunas, lugares donde ningún arquero ni ningún ejército podría hacer pie firme sin hundirse hasta las rodillas.
—¡A menos que las garzas y los ibis hayan aprendido a disparar flechas, no tenéis nada que temer! —les tranquilizó Afareo, burlón.
A Kerkios le parecía increíble que pudieran penetrar de manera tan impune hasta el corazón de Akupitija y no podía evitar pensar que se estaban metiendo en una encerrona. Afareo por su parte, en un estado de enajenación, se mostraba eufórico.
Después de varios recodos el horizonte cambió.
Los cañizales fueron desapareciendo y se vieron substituidos por palmeras, y los bancos de arena y la aridez de las rocas ocuparon el lugar de los humedales.
El rostro de Afareo mudó a la par que el paisaje, y Kerkios supuso que se estaban acercando a su destino.
Sin embargo, la navegación aún se prolongó durante un largo rato.
Kerkios volvió a relajarse y pensó que el trayecto parecía lejos de tocar a su fin, hasta que Afareo dio una señal con ambos brazos a su tripulación y la repitió para el barco que navegaba a estribor.
Alguien en aquella cubierta hizo lo mismo y la señal fue transmitida a todas las naves de la escuadra.
—Armas a punto —susurró luego, para que Kerkios también estuviera enterado—. Silencio, no quiero oír ni una voz. Detrás de aquella revuelta del río se encuentra nuestro objetivo.
Todo eso significaba la muda señal, acordada desde el principio de la singladura.
Dio también la orden de disparar, ahora sí, contra todo aquel que vieran en las orillas o a bordo de alguna embarcación.
Los cálculos de Afareo habían sido precisos: comenzaba la tarde y ya estaban a punto de llegar.
Kerkios se sintió atenazado por una especie de vértigo ante la inminencia de la batalla.
Nunca le había sucedido algo así. Echó la vista atrás y vio en la nave que los seguía a Eumetas, de pie, mirando al frente.
Su rostro inexpresivo, su pose hierática, le preocuparon; en situaciones tensas él, al igual que Afareo, siempre exteriorizaba sus emociones, pero en esta ocasión parecía una figura tallada en el mascarón de proa.
Kerkios observó el terreno. Sugirió a Afareo desembarcar con el grueso de las fuerzas allí mismo, en tierra firme, y seguir a pie acompañando el avance de los barcos; se había sentido encerrado durante toda la travesía y la angostura del canal le producía claustrofobia; además, la estrechez del cauce les podría crear dificultades si se daba un enfrentamiento naval con los kemetyu , como era lo más probable.
Afareo rechazó la idea un instante después de que Kerkios se diera cuenta de lo poco afortunada que era.
—Desembarcaremos, sí, a eso hemos venido.
Pero no tiene sentido hacerlo antes de tiempo; el objetivo es entrar en el palacio de Pi R ā mese y matar al faraón, y eso será extremadamente difícil si atacamos por el norte.
Allí hay bosques, lagunas, estanques y el ejército de kemetyu que se nos pondría enfrente.
Y no hemos venido aquí a librar una batalla campal.
Seguiremos en los barcos hasta el puerto; entonces será el momento de saltar a tierra.
Y de hacer lo que mejor se nos da. ¿No es verdad, Kerkios?
Este volvió a detectar el tono condescendiente de su hermano, una cierta superioridad en el modo en que le hablaba y miraba, pero esta vez había sido por su culpa.
Afareo estaba exultante, lleno de energía.
Los ojos le brillaban y comenzó a arengar a voz en grito a los hombres.
Estos le imitaron, y en poco tiempo la escuadra había substituido el silencio y el sigilo por un clamor que no tardaría en oírse en Pi R ā mese, anticipando a sus habitantes el fin que les aguardaba.
La flota tomó el último recodo y al hacerlo descubrieron algo extraño en la margen izquierda del canal.