Fuego y bronce 12. PI RĀMESE #4
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12. PI RĀMESE #4

Los tres hombres otearon la costa desde la cubierta de la pequeña nave de Afareo. Una embarcación que, por caprichos del azar, estaba destinada a volver al lugar donde fue fabricada.

—Esto es lo que haremos —dijo Afareo. Les habló como lo haría un general a sus subordinados y ambos lo toleraron con indiferencia—: mi barco irá en cabeza, soy quien mejor conoce el terreno y sé en todo momento lo que hay que hacer.

—Por supuesto —apostilló Eumetas.

Kerkios miró a su tío y trató de imaginar qué podía estar pasándole por la cabeza en ese momento.

Pensó también en lo extraño de no haber encontrado obstáculo alguno en Per Amón.

¿Era cierto? ¿Estaban cogiendo desprevenido al faraón?

Ni naves de guerra cerrándoles el paso, ni una empalizada, ni guerreros aguardándoles en la playa.

—¿El faraón ignora que venimos? ¿No se lo imagina siquiera? Porque no hay nada aquí que nos impida hacer lo que nos plazca.

—Ya lo hablamos en Kupirijo, Kerkios: no lo sabe —le aseguró—; y aunque lo supiera no tendría suficiente poder contra nosotros.

Los temores de Eumetas por mis acciones en las ciudades de levante siempre han sido infundados.

Ya os expliqué la razón de aquellos pillajes y saqueos: el objetivo era que el faraón sacara a pasear sus barcos al mar y viniera en mi busca, y así desguarneciera Peru Nefer y el delta.

Por otra parte, es lógico que la costa esté desprotegida: es imposible defender toda la línea de mar.

—Sí, pero por lo que yo sé Per Amón es un lugar importante, ¿no? De otro modo, no estaríamos aquí. Esperaba encontrar algo de resistencia.

—¡Basta, Kerkios! —intervino Eumetas. Kerkios se sorprendió por el acceso de ira de su tío—. Siempre que hemos luchado juntos has puesto inconvenientes a los planes que yo tenía trazados. No hagas lo mismo con tu hermano y déjale hablar. Sabe lo que hace.

—Sí, maldita sea, sé lo que hago. Es un lugar importante, como tú dices, porque nos va a servir de pasarela para llegar al centro de Akupitija.

Allí es donde tendrás que empezar a preocuparte, no aquí.

Escuchadme: el curso del canal describe muchos meandros, pero la mayoría son poco pronunciados.

En algún punto se estrecha bastante, mucho más de lo que podáis suponer si prestáis atención solo a la desembocadura.

Pero incluso en esos tramos hay espacio suficiente para que al menos dos naves puedan mantenerse en paralelo.

Calculo que alcanzaremos nuestro objetivo al comenzar la tarde.

Entonces será cuando daremos batalla a los kemetyu .

Afareo repasó los detalles del plan, que ya les había explicado antes de partir. Parecía haberlo tenido todo en cuenta. Y eso era precisamente lo que le hacía desconfiar a Kerkios.

—Pi R ā mese y el puerto de Peru Nefer estarán a nuestra izquierda.

Lo primero que veremos será una estrecha bocana a babor, sin duda excavada con la pura fuerza bruta de miles de esclavos, por donde acceden los barcos del faraón a su embarcadero privado.

Pasaremos de largo; si entramos ahí nuestra flota quedaría atorada y sin salida.

Nosotros hemos de seguir adelante y virar a babor en la primera bifurcación, sin perder de vista esa orilla.

A ese lado del canal están el centro de la ciudad y el palacio.

En ese tramo el cauce se estrecha mucho y habremos de aplicar fuerza a los remos para recorrerlo en el menor tiempo posible.

Seguiremos costeando la orilla izquierda y en cuanto veamos el puerto, desembarcaremos.

Afareo les habló de las diversas instalaciones portuarias de Peru Nefer, de cómo más adelante el canal se ramificaba y abría sus aguas en torno a grandes pedazos de tierra.

Más abajo existían santuarios, acuartelamientos, otros embarcaderos y almacenes.

Mencionó un templo dedicado al «gran carnero de Peru Nefer», el dios Amón, tal vez el más poderoso de cuantas deidades adoraban los kemetyu .

En la orilla izquierda, donde ellos saltarían a tierra, estaban el centro de la ciudad y el recinto palacial del faraón.

Describió el lugar en el que se encontraban los astilleros, los silos, los graneros y los talleres madereros.

Y finalmente, les indicó cuál era el objetivo:

—La fuerza naval de Akupitija siempre ha sido limitada.

Si sus barcos nos presentan batalla los venceremos, y si no lo hacen nos ahorraremos el esfuerzo: el objetivo es llegar a tierra, desembarcar tantos hombres como podamos, hacernos con el arsenal donde guardan armas y carros y destruir todas las instalaciones, en especial los astilleros.

Allí están también los acuartelamientos principales de la ciudad: los soldados y oficiales tienen en ese lugar su residencia.

Mientras vosotros os ocupáis de ellos, mis guerreros y yo nos dirigiremos al palacio de Pi R ā mese y mataremos al faraón.

—Levantó una mano—. Antes de que me lo preguntéis: ya sé que en la orilla derecha dejaremos instalaciones y puertos militares y que desde allí podrán enviar refuerzos que nos atacarían por la retaguardia.

Por eso es esencial la rapidez en la operación.

Conozco bien a los kemetyu , son como una serpiente: peligrosos cuando los dejas actuar, pero si les cortas la cabeza desaparece toda su fuerza.

El faraón es su cabeza. Yo me encargaré de decapitar a la serpiente.

—Quizá el faraón esté en el puerto frente a nosotros, luchando con sus hombres.

—Entonces, Kerkios, acabaremos con él allí mismo. Así de fácil.

—Así de fácil —repitió Eumetas con una sonrisa.

Kerkios y Eumetas miraron largamente la lengua de mar que se abría junto a Per Amón y penetraba tierra adentro, flanqueada por juncales y cañaverales.

Era el mismo paisaje que observaba Erita desde la nave de Kerkios, mientras se resguardaba de la fría brisa en la toldilla de popa.

Abrazaba con fuerza a Sîn-Muballit como si quisiera protegerle de algún peligro.

Cuando Kerkios regresó, ya sabía lo que le diría.

—No puedes venir conmigo, Erita. He consentido en traerte en el barco en contra del sentido común, en contra del deseo de mis hombres, que no quieren mujeres a bordo, y en contra de mi propio deseo.

Pero ahora permanecerás aquí con Muballit hasta que yo regrese.

Estaréis a salvo, mis hombres se quedarán con vosotros.

—Os vais todos, ¿verdad? Por el canal. Vais a asaltar alguna ciudad del interior, ¿no es cierto?

—Sí.

—Te he oído hablar con la tripulación y también les he oído a ellos hablar entre sí.

Sé lo que pretendéis… lo que pretende tu tío.

Mizr ī —dijo sin pensar, y en seguida reparó en que había usado la palabra de la lengua nešili de su primer esposo.

Rectificó con rapidez—, vuestro Akupitija, es el país más poderoso que existe.

Es una locura. No es como… como destruir la ciudad donde yo vivía, ni siquiera es como tomar la isla de Kupirijo. Hacerle la guerra a Mizr ī es…

—No quieras explicarme qué es una guerra, Erita. Lo sé mejor que tú.

—Yo también sé qué es una guerra, te lo puedo asegurar.

Kerkios no se esforzó en convencerla. No le dijo que lo hacía por su tío, que iba a morir consumido por dentro, aunque tal vez todos acabaran igualmente muertos en la batalla y entonces Erita quedaría al fin liberada para siempre de sus miedos.

Ni le dijo que lo hacía porque tomar posesión de Akupitija era un premio por el que valía la pena correr el riesgo.

Ni tampoco que lo hacía por sí mismo, porque en el fondo esa era su naturaleza y no podía ocultarla más tiempo.

Ni que quizá siquiera él mismo sabía por qué lo hacía.

—Si no regreso o un mensajero no te trae noticias mías en cuatro días, he dado orden a la tripulación de que os lleven de nuevo a Kutira.

—¿Cuatro días? ¿Y por qué no cinco? ¿O uno? —dijo entre lágrimas—. Kerkios, vayámonos ahora. Los tres: tú, Muballit y yo. Volvamos a Kutira juntos. O a Kupirijo; estoy dispuesta a…

—Adiós, Erita.

Se acercó a ella y la abrazó, tan fuerte que hubo de soltarla al momento para no hacerla daño.

Ella vio la medialuna colgando del cuello de Kerkios, y él se dio cuenta.

Cogió la cornalina y se la llevó a los labios.

Luego se giró y se agachó frente a Muballit; se quitó el colgante y se lo puso a su hijo mientras Erita asentía con la mirada.

—Cuida de tu madre, Muballit. Y sé valiente. Cuando vuelva me explicarás cuán valeroso has sido.

Ninguno de los tres fue capaz de decir nada más. Kerkios tomó sus armas y subió a un pequeño bote.

Habría preferido embarcarse con su tío, pero Afareo se obstinó en tener a Kerkios en su barco.

Eumetas arguyó que deseaba disfrutar de su compañía, considerando que ya había disfrutado de la de su otro sobrino durante años.

Pero Afareo no cedió: utilizó el mismo argumento que su tío e insistió en tener a bordo a Kerkios.

El enfado de Eumetas fue notorio y estuvo cerca de suplicar.

El apego hacia su sobrino era sincero y natural, como demostraba la confesión que le había hecho de su dolencia; después de todo, Kerkios estaba allí por él.

El apego de Afareo por Kerkios, en cambio, tenía otra sustancia: no se apoyaba más que en la desconfianza, en el temor absurdo de que Eumetas y él tramaran algo juntos en la última fase de la expedición.

No le había gustado nada que Eumetas hiciera partícipe a su hermano de la conquista de Akupitija, lo vio como un nuevo ninguneo hacia él.

Y ahora que estaba allí quería vigilarlo de cerca.

Afareo subió el tono de la discusión. A Kerkios aquello le pareció absurdo, y para evitar un conflicto mayor entre tío y sobrino accedió a viajar con Afareo.

Eumetas mudó el semblante; no dio la impresión de estar decepcionado sino algo peor: humillado.

Su rostro adquirió la rigidez de la piedra y no dijo nada más.