12. PI RĀMESE #3
Además de ese motivo, existía otro igual de importante: Peru Nefer.
La principal base naval de Akupitija era un enclave militar del faraón situado a unos cuatro bêru de la costa siguiendo el gran canal de Per Amón.
Junto a ese centro portuario se encontraba la capital, una ciudad llamada Pi R ā mese, que Afareo conocía bien.
En ella los antepasados de Ramsés habían construido su residencia palaciega.
Destruyendo Peru Nefer el faraón perdería su flota, y destruyendo Pi R ā mese el país perdería a su faraón.
Para ello debían dirigirse a Per Amón, en el extremo más oriental de la costa del delta, y adentrarse por el canal que allí abocaba sus aguas al mar; un canal que conducía directamente hasta Peru Nefer del mismo modo que una flecha señalando el camino de la victoria.
—En Kupirijo lo hicimos a tu manera —le dijo Afareo a Eumetas con cierto desdén—, ciudad por ciudad, aldea por aldea.
Fue un desgaste inútil de tiempo y de hombres.
Ahora lo haremos a la mía: iremos directos al centro del poder de Akupitija, que es donde está Ramsés.
Lo cogeré con mis propias manos y le arrancaré el corazón.
—No tengo intención de contradecirte, Afareo —respondió un complaciente Eumetas—. Ya te dije que te seguiré, del mismo modo que antes tú me seguías a mí.
—Además, cuento con que esos nómadas salvajes con los que pactaste cumplan con su parte. Tus informes dicen que han cruzado el territorio de Retenu y se encuentran ya a las puertas de su querida Tameri, ¿verdad?
—Así es.
—De modo que el faraón habrá destinado hombres al ejército de infantería para protegerse de ellos, privando a la flota de efectivos.
—Es lo que haría cualquier individuo sensato.
—Magnífico entonces, Eumetas. Nadie nos espera en Peru Nefer, y además los encontraremos debilitados.
«Debilitados», repitió mentalmente Eumetas.
El ejército del faraón había regresado a marchas forzadas a Akupitija después del choque contra los nómadas del gigante de Ḫ attuša; seguramente ya se encontraría preparado para afrontar una nueva agresión.
Miles de troncos habían llegado a los astilleros del país y servirían de materia prima en la fabricación de centenares de barcos.
Eumetas encontró un retorcido placer al pensar en todo aquello, un pequeño disfrute para los días agónicos que le quedaban por vivir.
Por supuesto, no solo mintió a su sobrino respecto a los nómadas del norte, sino que tampoco le habló de los peligros que veía en su plan.
La angostura del terreno, el ir a meterse de lleno en la boca del lobo, la dificultad ante una posible retirada.
Después de todo, él también había hecho muchas locuras en el pasado y nunca hizo caso a los precavidos.
Se limitó a asentir y a brindar con él por el éxito de la operación.
La mañana amaneció brumosa, pero con la tenue luz del alba los hombres pudieron comenzar a vislumbrar a lo lejos, recortado contra el cielo blanquecino, el suave y poco pronunciado relieve del litoral de Akupitija.
No mucho después Afareo volvió a contemplar, tras doce años de ausencia, las arenosas costas del país en el que habían transcurrido cerca de dos décadas de su vida, y sintió algo parecido al vértigo.
En su memoria no ocupaba espacio ya, sepultada por otras muchas muertes, la que provocó su caída en desgracia en el ejército del faraón y su posterior encarcelamiento en el terrible m’ga ţ ir de Tjaru, fortaleza fronteriza que mantenía a raya las tribus del desierto, pero que también funcionaba como prisión para delincuentes, asesinos y corruptos.
Afareo sí recordaba con viveza los sufrimientos padecidos dentro de aquel recinto, la arriesgada huida planeada entre varios presos y las penalidades que pasaron en los canales del delta hasta llegar, desorientados y sin proponérselo, al puerto militar de Peru Nefer.
Tuvieron suerte y nadie los buscó allí, porque nadie imaginó que se atreverían a ir al lugar donde aquella región concentraba un mayor número de guerreros del faraón.
Edificios de piedra altos como torres rodeados por murallas y coronados con crestas almenadas servían de acuartelamiento a cientos, tal vez miles de soldados kemetyu .
Descubrieron también una construcción fortificada en la zona sur de la ciudad donde tenía su residencia una guarnición completa de guerreros procedentes de las tierras de Ḫ atti; quién sabía qué hacían allí y por qué servían al faraón.
Afareo y los que huían con él permanecieron escondidos varios días en un pequeño cobertizo de la base naval, y durante ese tiempo conocieron la ciudad que los antepasados del faraón habían levantado en aquel punto del río, Pi R ā mese.
Salían de su escondrijo para robar alimentos en las numerosas plazas y mercados de la ciudad camuflándose entre la multitud; así recorrían las largas y retorcidas calles de los suburbios, y los barrios en los que los artesanos tenían sus talleres, y también los distritos donde residían los más pudientes.
En Pi R ā mese había templos gigantescos, graneros, grandes avenidas jalonadas por esfinges, estatuas colosales dedicadas al faraón que trasladó la capital a aquel lugar junto al canal, jardines, balsas de agua artificiales y una inmensa zona palaciega en la que la familia del faraón disponía de estanques y una residencia monumental.
En la zona portuaria vieron embarcaciones de todo tipo: enormes barcos de carga, anchos y con poca quilla; otros más estilizados y alargados; barcos ceremoniales fabricados con madera de tamarisco; y barcos de madera de cedro con altos mástiles y más de veinte remos por banda.
En los astilleros se construían y reparaban embarcaciones, y también se montaban las que venían despiezadas en carros tirados por hasta cuatro bueyes.
De sus muelles partían naves cargadas de mercancías que seguían la corriente en dirección al mar o bien navegaban hacia el sur, remontando el río en busca de latitudes más meridionales.
Vieron también la imagen terrible del probable destino que les aguardaba si eran capturados: de las proas de algunas embarcaciones ancladas en uno de los muelles pendían cuerpos humanos colgados por los pies pudriéndose al sol, con la piel apergaminada y picoteados sus ojos y entrañas por aves rapaces.
Esa visión los espoleó: no podían permanecer allí por más tiempo, tarde o temprano los encontrarían y acabarían como aquellos desgraciados.
Pensaron primero en huir por tierra: los establos de la residencia del faraón en Pi R ā mese proporcionaban cobijo a cerca de quinientos caballos.
Sin embargo, intentar alcanzarlos habría sido imposible.
La salida tenía que ser utilizando el canal, lo cual también entrañaba un enorme peligro.
Los dioses favorecieron a Afareo y una noche sin luna pudieron al fin robar una embarcación no demasiado voluminosa ni llamativa que acababa de ser reparada, calafateada y puesta sobre el agua para una nueva botadura.
La iniciativa fue de Afareo; por eso él se convirtió en el timonel y sus compañeros en tripulación.
Tomaron el gran canal y navegaron toda la noche a favor de la corriente; el cauce era una gran avenida fluvial que conducía a la ciudad de Per Amón y allí se abría al mar igual que una puerta hacia la libertad.
Ese mismo canal era el que ahora iban a seguir con rumbo opuesto al de hacía doce años.
Todo eso le vino a la mente a Afareo al contemplar la costa de Akupitija.
«Peru Nefer», murmuró mientras recordaba el significado de esas palabras: «Buen Viaje».
Se sentía eufórico y pensó que los dioses le estaban premiando: marchó de allí como fugitivo y ahora volvía como conquistador.
De modo inconsciente había fabricado en su mente el recuerdo de un juramento hecho a sí mismo: el de regresar a Kemet para resarcirse por todo lo que le hicieron en Tjaru.
Jamás había tenido antes tal pensamiento, pero se convenció de que llevaba años soñando con la venganza.
Hizo un gesto con el brazo extendido y Eumetas en su nave lo vio y le imitó.
Charranes y gaviotas les dieron la bienvenida a la costa desde el cielo con sus chillidos estridentes; el sol acababa de despuntar, la brisa aún era fresca.
Navegaron hacia el este siguiendo la línea de playa.
En su camino se cruzaron con numerosas barcazas, balsas de madera y chalupas fabricadas con hojas de papiro y esparto; los madrugadores pescadores los miraban, sorprendidos por su presencia y por la magnitud de la escuadra.
La consigna de Afareo era no mostrarse hostiles hasta el momento decisivo, y ese aún tardaría en llegar.
Vana consigna, pensaba Eumetas, puesto que Afareo llevaba meses dedicándose a destruir la costa de Retenu.
Al fin divisaron un gran número de malecones y postes de amarre, y barcos de variado tamaño moviéndose a su alrededor.
Casas de madera y adobe se dibujaban más atrás, y el bullicio aún apagado de la gente trajinando en los embarcaderos, estibando mercaderías y preparando aparejos para salir a navegar.
—Per Amón —dijo Afareo.
Los barcos siguieron costeando hacia el este hasta que apareció a su derecha una boca de agua que se abría hacia el interior. Era la vía fluvial que Afareo estaba buscando. La desembocadura del canal. En el otro extremo, a varios bêru tierra adentro, les esperaba Peru Nefer.
Afareo se reunió con su tío en el barco de este. También acudió Kerkios, pese a la protesta de Erita quien de ningún modo deseaba quedarse sola.
—Ven conmigo, entonces.
—Por favor, no tardes mucho —respondió ella, desarmada por esas tres palabras y sin esperanza. El temor le había calado hasta los huesos, un miedo pánico adormecido durante diez inviernos y que ahora había despertado y se adueñaba de su mente y de su ser.