12. PI RĀMESE #2
—Ojalá, pero no es eso lo que dicen los augurios.
Me han purgado y hecho beber sangre de cordero consagrado a la Potnia, han purificado mi cuerpo invocando a los dioses del cielo y del mar, han colgado sobre mi cabeza las entrañas de un buey.
Todo en vano. Cuando a uno le llega el momento, lo sabe.
Y yo ahora lo sé. A veces imagino ser un águila que nos sobrevuela a todos nosotros, incluyéndome a mí.
Desde allí arriba me veo a mí mismo como si fuera una hormiga, y veo también mi vida completa casi a partir del momento en que nací; al intuir que se acerca el final no puedes evitar mirar atrás, quizá en un intento desesperado de aferrarte a la vida.
Pero entonces ves con tristeza que lo que has hecho a lo largo de los años pierde relevancia y que todo carece de valor.
No me arrepiento de casi nada, pero sí me doy cuenta de lo poco trascendente que han sido mis obras.
Nada tiene importancia, Kerkios, esa es la crueldad de la vida.
Por más que nos esforcemos en algo, ese algo nunca es importante en el momento de morir.
—Giró la cabeza y fijó sus ojos en su sobrino—.
Solo una cosa lo es: yo te he querido como a un hijo, aunque tú no lo creas.
Eso es lo único que me importa ahora, lo único que me ha importado siempre.
Suspiró antes de quedarse callado. Kerkios no sabía qué decir.
—No debí llamarte, Kerkios. Si hubiera tenido antes la certeza de mi enfermedad, no lo habría hecho.
Pero apenas llevabas aquí un día o dos cuando empecé a vomitar sangre y los curanderos me hicieron saber que estaba condenado.
No te dije nada por un absurdo temor a que te fueras; soy un egoísta y quise que, a pesar de todo, estuvieras a mi lado.
Ahora veo mi error. Esta expedición está condenada al fracaso, Kerkios.
No solo por la podredumbre de mi cuerpo, que me desanima y me lleva a perder la fe en ella, sino porque Afareo la conducirá al desastre.
Vuelve a tu isla con tu esposa y tu hijo, es lo mejor que puedes hacer.
No era su tío quien hablaba; Kerkios jamás había escuchado nada semejante en su boca.
Desde la última vez que lo vio, su actitud y su ánimo habían dado un vuelco.
Eumetas insistió en que regresara a Kutira, arrepintiéndose de nuevo por haberle llamado.
Pero las palabras de Eumetas, pronunciadas con emoción contenida, le sobrecogieron y obraron el efecto contrario: Kerkios tomó la decisión de acompañar a Eumetas en la que posiblemente sería su última aventura.
Un mes después, la flota estuvo lista y partió del puerto de Maa con todos ellos a bordo.
El crujir de las maderas de la nave, el olor intenso y penetrante del mar o el rugido del viento eran detalles en los que Eumetas jamás había reparado a lo largo de mil singladuras, y habría atado en el tajamar a quien le hubiera mencionado semejantes estupideces.
Sin embargo, ahora sus sentidos percibían todo eso y se aferraban a ello con rabia: eran la prueba de que la vida para él aún no había acabado.
Se esforzó en recordar la razón por la que se encontraba a bordo del barco y trató de repasar en su cabeza el plan.
Un plan que no había diseñado él sino Afareo; suya no era más que la idea, fraguada en los tiempos en que su vida era plena y aún no se sentía un viejo despojo.
Recordó el encuentro en Ugarit con el líder de aquella coalición de pueblos nómadas que apareció dejando tras de sí un camino de fuego y caos.
Nómadas del norte los llamaban. Recordó también el acuerdo que le propuso entonces a su cabecilla, Gurpa de Ḫ attuša, un acuerdo por el cual orquestarían un ataque conjunto contra el faraón, unos por tierra y otros por mar, y luego se repartirían el país entre los dos.
El gigante nešili , con buen criterio, había rechazado el trato; Eumetas no se lo reprochaba, él hubiera hecho lo mismo.
Quizá era demasiado evidente que pretendía valerse de la fuerza destructiva de esos nómadas para sus propios fines, y que si Gurpa triunfaba haría todo lo posible por librarse de él; Eumetas llevaba la traición grabada en el rostro.
En cualquier caso, no le importó: los nómadas del norte iban a trabajar para él sin necesidad de aceptar el trato y, si fuera preciso, ya se ocuparía de ellos cuando surgiera la ocasión.
Con posterioridad le llegaron informes de los progresos de Gurpa en Amurru y Amki, y así supo de la gran batalla que los enfrentó al poderosísimo ejército de Akupitija.
Confiaba en que el faraón se impusiera a los nómadas del norte y que sus fuerzas se debilitaran en el esfuerzo.
No pudo creerlo cuando le contaron que los kemetyu tuvieron que retirarse del campo de batalla para evitar la derrota.
Y aún le costó más creer que los nómadas de Gurpa no continuaran su camino en dirección al sur y entraran en Kin ā na, sino que recularan hacia el norte de Retenu.
Ambas noticias le satisficieron enormemente y le animaron a pensar que su idea de hacerse con Akupitija estaba bendecida por los dioses.
Fue entonces cuando esos mismos dioses, o quizá otros, le señalaron.
Su mundo se derrumbó y su vida quedó sentenciada.
Quizá su pecado había consistido en cultivar dentro de sí una soberbia desmedida, atreverse a desafiar a las deidades que establecían el orden del mundo.
Jamás había sido esa su intención, pero tal vez los dioses lo entendieron de ese modo.
En el momento en que el mal invadió su cuerpo comprendió que ya no gozaba de su favor y descubrió que el plan, la idea y la aventura en su conjunto le importaban menos que una brizna de aire, pero echarse atrás habría sido una cobardía y él no era un cobarde.
Siguió adelante y se plegó a las exigencias de su ambicioso sobrino Afareo, que reclamaba para sí el liderazgo de la expedición puesto que el grueso de la flota respondía en exclusiva a sus órdenes.
Eumetas aceptó de manera mansa y discreta ese punto.
Arropado por esa misma discreción, pensó que así la ira de los dioses sería compartida con Afareo, quien también estaba desafiándolos al poner a prueba el orden establecido por ellos.
Eumetas siempre había sido un hombre generoso.
Afareo veía la popa de Eumetas desde el costado de estribor.
Su brazo sujetaba el timón del barco, de la flota, de su vida y de la de todos los que le seguían.
Se sentía pletórico, tanto que se permitía no ir en cabeza sino tras la estela de Eumetas, como una pequeña concesión al viejo.
No le importaba que mientras estuvieran en alta mar fuera el barco de su tío el que navegara en primera posición; en cuanto divisaran la costa él ocuparía ese lugar.
Para cualquiera el plan entrañaba una gran dificultad, pero no para Afareo.
Él conocía bien la región a través de la cual Iteru , el Gran Río, se abría paso hasta unirse al mar: había pasado muchos años en fortalezas situadas a uno y otro lado de la desembocadura.
Por ello sabía que allí el río diversificaba su caudal en largos y estrechos canales que seccionaban el territorio en franjas de terreno cultivable.
En esos suelos fértiles abundaba la madera, el limo y el adobe, pero también existían grandes extensiones de pantanos, humedales y lagunas insalubres que servían de hogar a los dos mayores peligros que debían afrontar los habitantes del delta, y cuya diferencia de tamaño daba pie a proverbios moralizantes y aterradores cuentos infantiles.
Por un lado, millones de mosquitos poblaban el aire de las lagunas y zonas pantanosas, cuya picadura podía provocar bubones purulentos y a la postre matar a sus víctimas entre terribles agonías y padecimientos; y por otro, las aguas estaban habitadas por gigantescos cocodrilos, cuyos ataques eran sinónimo de una muerte rápida pero atroz.
Al margen de las dificultades de la propia geografía y la fauna del río, precisamente por ser la región más productiva de Kemet también era, con toda seguridad, la más densamente poblada; por ello, iniciar un ataque en la costa y avanzar hacia el interior podría suponer una sucesión de enfrentamientos con comunidades y aldeas, con el consiguiente desgaste y pérdida de tiempo.
Afareo conocía todos estos obstáculos. Pero su plan era sortearlos y adentrarse en el país a través del canal principal del río, dejando atrás esa región de campesinos y pescadores, para llevar a cabo el asalto de forma sorpresiva en el lugar donde el faraón concentraba su poder.
—Como el aguijón de un escorpión —le había dicho a Eumetas—: nos clavaremos en su corazón y allí soltaremos nuestro veneno.
Existían dos vías importantes para penetrar en el territorio de Akupitija desde el delta: por el gran canal del oeste o por el del este.
Las fortalezas del costado occidental se ocupaban de proteger la región de los peligrosos labu , los habitantes del país limítrofe, en tanto que en el lado oriental los fuertes del Camino de Horus constituían una barrera de contención contra las tribus nómadas del desierto más allá de Retenu.
Las dos rutas fluviales por tanto eran comprometidas.
Sin embargo, todas las fortificaciones estaban pensadas para afrontar peligros venidos de allende las fronteras; Afareo, en cambio, planeaba realizar un ataque penetrando por el interior.
Consideró que las fortalezas del oeste podrían proporcionar al faraón un suministro de guerreros más nutrido y de forma más rápida que los bastiones del Camino de Horus, los cuales se ubicaban en su mayoría en las alejadas tierras de Kin ā na, a gran distancia del delta.
Afareo conocía bien el primero de esa cadena de bastiones, el m’ga ţ ir de Tjaru.
Allí transcurrieron los peores momentos de su vida.
Esa ruta, la oriental, fue la escogida para entrar en Akupitija.