12. PI RĀMESE
E l mar rugía como si fuera una fiera marcando su territorio.
El viento impetuoso, vigoroso, sacudía las ropas y despeinaba los cabellos.
Miríadas de gotas de agua eran arrancadas por su fuerza de la superficie y se transformaban en nubes traslúcidas que azotaban las maderas del barco y empapaban los cuerpos ateridos de quienes iban a bordo.
El mar rizado se alzaba en crestas de espuma plateada que morían instantes después de haber nacido, diluidas en una opalescente inmensidad.
Contemplar esa infinitud de agua que llenaba todo lo que la vista alcanzaba y que en cualquier momento podía tragarse la nave y enviarla a las profundidades, era lo más parecido a asomarse al abismo que separaba el poder de los dioses de la insignificancia y fragilidad del ser humano.
El muchacho se acostumbró pronto a los cabeceos de la proa.
Bajo la mirada vigilante de su madre que lo observaba aferrada a la regala de babor, los vaivenes de la cubierta dejaron de incomodarle y en seguida fue capaz de mantenerse de pie junto a su padre y otear el horizonte como hacía él.
Mar, solo mar. Eso era todo lo que veía.
— ‘Wadj wer —dijo el niño con su voz metálica y atiplada.
—¿Qué dices? —preguntó Kerkios.
—Gran Verde. Me lo enseñó mi tío.
—¿Afareo? —Erita lo oyó y sintió un escalofrío—. Sí, así es como llaman al mar nuestros enemigos.
Kerkios no hizo ningún comentario más, ni tampoco notó la casi imperceptible reacción de su esposa.
Pensó, con todo, en Afareo y en la conversación con Eumetas.
Según este, Afareo era rencoroso y el rencor devoraba la mente de las personas como la carcoma hacía con la madera.
Kerkios le había dicho sin mucha convicción que él confiaba en su hermano, y la réplica de su tío fue recordarle algo repetido a menudo por su padre Alksoitas cuando aquel era niño: claro que se podía confiar en Afareo, porque era una mala persona y estas no cambiaban jamás.
Los dos hermanos se habían reencontrado en Maa.
Afareo había decidido regresar no mucho después de la llegada de Kerkios; no porque hubiera recapacitado, explicó Eumetas, sino porque ya no le quedaban más puertos que arrasar en la costa de levante.
Su despedida hacía diez años había sido fraternal y esa cordialidad aún no se había disipado.
Pero ahora era como el recuerdo de una fórmula que ambos habían acordado emplear y respecto a la cual tenían que ponerse al día.
El encuentro de los hermanos en Maa estuvo por esa causa teñido de franqueza impostada.
—Me alegra verte aquí, Kerkios. Otra vez juntos los dos, como hace diez años. Te ha avisado Eumetas, ¿verdad? ¿Qué piensas del nuevo plan de nuestro tío?
—También me alegro de verte, Afareo. Estoy aquí, supongo que eso responde a la pregunta, ¿no?
—Bueno —rio Afareo—, no exactamente. Yo también estoy aquí y tengo mi propia opinión al respecto. Pero no importa. Sea como sea, lo pasaremos bien en Kemet, ¿verdad?
—Seguro que sí.
La tirantez entre ambos era un escollo a superar y tiempo tendrían para ello.
Pero no era nada comparado con el miedo cerval que sentía Erita.
Aunque durante su estancia en Maa ella había permanecido encerrada en la habitación que Eumetas les había acondicionado, bastó que un día Muballit quisiera salir al aire libre y ella lo acompañara, para que su vida se viniera abajo una vez más.
Comenzaron a temblarle todos los miembros de su cuerpo cuando le vio por los pasillos de la casa.
Él sonrió con malicia y luego se fijó en el niño.
Erita no quiso detenerse, pero él se interpuso y se agachó delante de Muballit.
—Hola, jovencito. ¿Cómo te llamas?
—Sîn-Muballit.
—Sîn-Muballit —repitió Afareo—. Y no me lo digas: tienes diez años.
—Acabo de cumplir once.
Afareo miró a Erita y le dio a entender que sabía perfectamente lo que ella le había ocultado a Kerkios. Siguió sonriendo.
—Once años ya. ¿Sabes quién soy? —El pánico le provocó náuseas a Erita—. El hermano de Kerkios. Vendrás con nosotros a navegar por el ‘Wadj wer , ¿verdad, Sîn-Muballit?
Intercambió alguna palabra más con el niño hasta que Erita hizo acopio de la fuerza suficiente para coger del brazo a su hijo y llevárselo de allí casi a rastras, ante la sorpresa del muchacho y la risa de Afareo.
Ella le había insistido a Kerkios en que no volvieran a separarse, que no se marchara y la dejara sola nunca más; por ello estuvo empeñada en embarcarse con él rumbo a esa loca y peligrosa aventura de Akupitija.
Aún recordaba los interminables días que había pasado sola en su choza de Kutira cuando Kerkios se fue, aterrorizada por no saber si Afareo realmente le había acompañado o si aparecería de nuevo tras la puerta en cualquier momento.
En el barco, al oír a Muballit pronunciar aquella palabra que Afareo le había enseñado, se le revolvieron las tripas.
Kerkios vio el gesto de Erita y se le ocurrió un tosco comentario:
—Vaya, Erita, ahora que Muballit ya no se marea eres tú quien lo hace.
Nadie rio.
En otra embarcación las manos de Eumetas se aferraban a la borda.
Dedos largos y rugosos, nudillos marcados y uñas ennegrecidas; sus palmas eran anchas y de piel basta, recorridas por surcos y encallecidas gracias a media vida en el mar y la otra media haciendo la guerra.
Se miró las piernas: velludas, secas, de rodillas saltonas y adornadas con cicatrices.
La barba, gris al igual que el cabello. Su rostro, cuarteado por las arrugas.
Una parte de Eumetas se sabía viejo. Y también, aunque jamás lo reconocería ante nadie, cansado.
¿Cuántos años tenía ya? ¿Sesenta y cinco, setenta?
Pero otra parte de sí mismo, la que se negaba a aceptar que el tiempo hubiera pasado, le empujaba a seguir haciendo las cosas que siempre había hecho.
Aquel Eumetas le decía a este que la aventura de Akupitija sería la última, que no podía haber ya ninguna otra, y que en realidad era poco menos que una locura; y este asentía risueño mientras veladamente maquinaba la manera de traicionarse a sí mismo.
Viajaba en el barco que encabezaba la flota.
Los treinta remeros más los guerreros que iban a bordo eran hombres de confianza, veteranos que llevaban con él desde antes de la conquista de Kupirijo.
Con la edad Eumetas había aprendido a apreciar algo que en el pasado nunca le importó: quería rodearse de gente honesta y sin dobleces, gente en la que poder confiar y que a su vez confiara en él.
Porque desde su punto de vista, él era alguien honesto y sin dobleces, desde luego.
Lamentó no gozar de esa misma confianza con el resto de las tripulaciones que componían la flota.
Con muchas de ellas, al menos. Pero estas habían navegado recientemente bajo el liderazgo de Afareo en los saqueos de la costa levantina, y era con él con quien simpatizaban.
Siempre había sabido que su sobrino no estaba a gusto a su sombra; era del tipo de personas que prefería proyectar la suya sobre los demás.
Todo lo contrario que Kerkios. Tal vez por eso Eumetas escogía a uno por encima del otro.
—Te voy a hablar como no lo había hecho nunca a nadie.
Se trata de algo muy importante —le dijo a Kerkios días después de llegar este a Kupirijo y casi un mes antes de partir rumbo a los bancos de arena del delta de Akupitija.
Y añadió una reflexión en voz alta—: Las cosas importantes solo se cuentan a quien no significa nada para ti y te da igual lo que pueda pensar, o bien a quien significa mucho.
—¿Y en cuál de esos dos grupos estoy yo, Eumetas? —bromeó Kerkios.
Pero Eumetas no mudó el semblante. Lo que le dijo a continuación fue una confesión.
Le reveló que tenía miedo a morir. Tras más de seis décadas conviviendo con ella casi a diario, ahora Eumetas temía a la muerte.
Pero no a la provocada por la espada: contra esa cabía defenderse, era una muerte noble, justa y limpia a la que se podía plantar cara.
Era esa una muerte deseable y ojalá le asaltara en cualquier momento.
—¿De qué estás hablando, Eumetas? ¿Temes morir pero deseas que te maten con una espada? ¿Qué paradoja es esa?
—Tengo dentro de mí un demonio que me está devorando.
Mis entrañas se pudren, lo puedo sentir.
Hay algo en mi interior que convierte mi cuerpo en ponzoñoso.
Todo empezó hace tan solo unos días y no he recibido buenos augurios de los sacerdotes y hechiceros.
Los chamanes ya han hecho conmigo ritos de sanación y los curanderos me han dado a beber pócimas y brebajes a cual más repulsivo.
Pero el mal sigue ahí, carcomiéndome por dentro.
Contra este enemigo que me ataca sin espada ni lanza no puedo defenderme.
Creo que los dioses tienen prisa por sacarme de este mundo, Kerkios, y ojalá me lo indicaran de un modo menos doloroso.
Kerkios necesitó un tiempo para digerirlo. Luego dijo lo que su tío ya sabía que diría.
—Pero Eumetas, ¿por qué no podría tratarse de un mal pasajero? Quizá más adelante te sientas mejor.
Kerkios no podía apartar los ojos de él en esos momentos; en cambio la mirada de Eumetas parecía perdida y su mente divagaba como la de un hechizado.