Fuego y bronce 11. DJAHY #7
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11. DJAHY #7

Miró en torno al guerrero y dejó de ver los carros de los maryannu ; tampoco vio las llamas de las carretas que ardían detrás, ni el humo que lo ensombrecía todo y ascendía a lo alto de un cielo gris y oscuro.

En su lugar vio rocas, vegetación y árboles, vio los robles y los pinos del bosque de Wilios, y vio también el sol brillando en un cielo libre de nubes.

Miró el rostro del guerrero y sus ojos descubrieron en él al a ḫḫ iyawa que lo visitaba por las noches cuando dormía desde que tenía siete años.

La diminuta Azzari, parecido su cuerpo a un simple manto de lino arrojado al suelo y oculta la cara por los remolinos de sus cabellos, no se movía.

Y él, el pequeño Lupakki, sentía el abrazo del gigante y no podía liberarse y poner a salvo a su hermana.

Sentía que el aire no pasaba por el interior de su garganta, se revolvía y pataleaba en vano.

Y esta vez no vendrían el padre ni el abuelo en su ayuda: ellos estaban ya muertos.

Levantó la lanza. El guerrero de Kemet gritó algo, nervioso y excitado.

El arma salió despedida de la mano y el guerrero gritó aún más fuerte.

Su corazón se aceleró, no podía creer que ese loco se arriesgara tanto.

La moharra de la lanza buscaba su cabeza y él de modo instintivo levantó el brazo con el escudo para cubrirse.

La punta se clavó en el cuero. El ruido y la fuerza del impacto le indicaron que no había sido un lanzamiento violento sino más bien una distracción, un aviso.

La lanza no había tenido prisa por llegar a su objetivo, como si supiera que estaba haciendo un viaje en vano.

El guerrero apartó el escudo y vio la cara de Lupakki a un palmo de la suya.

Sintió el puñal entrando en la carne. La hoja penetró por la barbilla de abajo arriba y asomó entre los dientes.

Por la boca entreabierta Lupakki vio el metal cortándole la lengua y el paladar.

Las fosas nasales se llenaron de sangre y lágrimas rojas como el vino le arrasaron el rostro.

Cuando el puñal alcanzó el cerebro los ojos se emblanquecieron.

La kepesh hizo un sonido estridente al caer al suelo, y Lupakki sostuvo el cuerpo desfallecido del niño antes de que el guerrero se derrumbara.

Con el muchacho en brazos se agachó y le apartó a Azzari con suavidad el pelo de la cara.

Kaddusi sollozó y su aliento movió los cabellos como si una leve brisa los meciera.

Lupakki partió muy temprano hacia las lejanas montañas del este. Allí cazó un corzo y lo trajo sobre sus hombros hasta el campamento.

La tumba era un espacio rectangular cavado en el suelo, con lajas de piedra delimitando sus paredes.

Siguiendo una vieja costumbre, colocaron la cabeza del muerto mirando al sureste.

También metieron dentro algunas vasijas con agua, vino y ungüentos, y pequeños sacos de tela con grano, harina y tortas de pan.

Gurpa cogió la malatti , la puso al lado de su padre y le posó la mano sobre la empuñadura.

Lupakki depositó envueltos en un hatillo una pequeña maza, un punzón, pinzas y otros pequeños utensilios del oficio que había desempeñado su abuelo durante toda su vida.

Junto a la de Appu habían cavado la tumba de Kessi, y junto a esta las de Subaru, Walmu y Lamass ī .

Todas ellas recibieron ofrendas, objetos familiares que les pudieran ser útiles en la otra vida, alimentos para que sus almas no los visitaran reclamando cuidados.

Azzari estaba de pie, inmóvil frente al cuerpo de Subaru.

Sostenía a Kaddusi en brazos y lloraba. Kurunta y Buzazu también lo hacían.

Nadie elevaba plegarias a los dioses. ¿A qué deidades lo hubieran hecho?

¿A las de Ḫ atti, las de Wilios, las de Aššur?

Los kemetyu se habían ido. Una vez más los exploradores los habían seguido y días después le confirmaron a Gurpa su retirada: retrocedieron hacia el sur, cruzando la tierra de Amki en dirección a Kin ā na.

Regresaban a Kemet. Tal vez las pérdidas del faraón habían sido mayores que las de los nómadas del norte; ese pensamiento cruzó la mente de Gurpa y lo hizo sonreír con amargura.

¿Qué podía ser peor que perder una esposa, un padre, un hermano?

Ni siquiera habían regresado para retirar sus muertos del campo de batalla.

Quizá los habían asustado lo bastante como para obligarlos a replegarse y concederles la victoria.

Tiempo habría después de pensar en ello.

Ahora Gurpa sentía que el cielo, siempre gris desde que habían dejado atrás Amurru, los apremiaba a cumplir con los ritos funerarios.

Lupakki sostuvo una vasija en alto y llenó las copas.

Incluso le sirvió una al joven P ū sukš ē n; sus trece años le permitían ya participar en el ritual.

Lupakki lo observó coger la copa con la mirada ausente: estaba apenas en el inicio de su vida y quién sabía cómo encajaría todo lo que había visto en el pequeño mundo que estaba construyendo dentro de su cabeza.

Se vio reflejado en él: era el único de los presentes con quien sentía afinidad, una afinidad tenue y silenciosa pero firme.

Todos los demás habían apuntalado ya su vida, contaban con un pasado que los había llevado a ser lo que eran ahora.

El niño en cambio tenía aún su propio camino por andar.

Como lo tenía él mismo. Porque los años transcurridos desde la muerte de su madre hasta el momento presente no habían sido más que la escoria que se desechaba durante el forjado de una espada, un residuo de veinte años vertido sobre el recuerdo de esa terrible pérdida, y sobre el de la incapacidad por no haber cuidado de su hermana aquel día en el bosque de Wilios.

Ahora su padre acababa de morir y el ciclo se cumplía; ahora aquella incapacidad había sido derrotada y Lupakki comenzaba de nuevo a vivir. Ahora la espada ya había sido forjada.

Se hicieron libaciones por los muertos: vertieron el vino junto a las tumbas y después arrojaron las copas contra el suelo para romperlas y que nadie pudiera ya utilizarlas en esta vida.

Gurpa cogió el cuerpo del corzo y lo balanceó encima de la tumba de su padre.

Hizo lo mismo en las otras tumbas. Cuando estuvo frente a la de su esposa se arrodilló y lloró en silencio.

Lupakki se llevó el cuerpo del animal para descuartizarlo y repartirlo entre las cinco fosas.

Luego colocaron grandes losas de piedra sobre ellas y las cubrieron con tierra hasta levantar un pequeño túmulo.

Muchos otros prefirieron alzar piras funerarias, incinerar a sus muertos en lugar de enterrarlos y guardar en vasijas y hatillos sus huesos y cenizas.

Si en algún momento de bonanza los nómadas del norte habían amanecido con el dulce olor del pan recién horneado, de la leña y de la carne asada, ahora tras el peor episodio de su larga andadura sucedió exactamente eso.

La tristeza y la destrucción no fueron obstáculo para que se encendieran hogueras, se asara carne, se amasaran hogazas, se hicieran libaciones a los dioses y se les agradeciera el estar vivos.

Muchos entendieron aquello como una impostura: estaban simulando una vuelta a la normalidad, pero lo único que había vuelto eran la muerte, la miseria y la desolación.

En efecto, las pérdidas habían sido enormes.

También las del faraón, a juzgar por el número de cadáveres que yacían en el campo de batalla y que serían pasto de las hienas y los buitres.

Pero el país de Kemet era inmenso y por muchos que hubieran caído, su ejército los repondría con el doble de efectivos.

Casi todos se preguntaron si valía ya la pena empeñarse en llegar a Kemet.

Gurpa pensó que la predicción de aquel a ḫḫ iyawa de Ugarit se estaba cumpliendo: el faraón no permitiría que entraran en su país.

Muchos estuvieron de acuerdo. Tameri dejó de ser la «tierra amada» de los nómadas del norte.

Otra consecuencia de la batalla fue que los cabecillas dejaron de confiar en Gurpa.

Lo culparon de lo que algunos entendían como una debacle frente al faraón: aunque este se había retirado, habían caído miles de hombres en la batalla.

Si Kemet decidía enviarles otro ejército estarían perdidos.

Gurpa no discutió ni esa ni ninguna otra acusación de las varias que le hicieron.

Tenía suficiente con sus propias aflicciones: si hubiera permitido que los carros de Buzazu persiguieran a los maryannu , la retaguardia se habría salvado y Lamass ī seguiría con vida, y también Appu y Kessi.

Cuando en algún momento confesó ese remordimiento a Buzazu, este le dijo que gracias a sus carros el frente de batalla se había sostenido ante los guerreros de Kemet, y a la larga eso fue lo que obligó al faraón a retirarse.

De no haber sido por eso los kemetyu los habrían superado y habrían muerto todos, y Lamass ī tampoco se habría salvado.

—¿Y de qué me sirve seguir con vida sin ella? —había contestado Gurpa.

No mucho después, Gurpa quiso hablar con su familia, lo que quedaba de ella. Era momento de tomar decisiones.

—Tameri ha dejado de ser un sueño para muchos —les dijo—.

Ha dejado de serlo para mí. Pero haré lo que queráis que se haga, Lupakki y Azzari.

También tú, mi fiel Buzazu; decidme que queréis continuar adelante y os seguiré.

Decidme en cambio que queréis ir a otras tierras y os seguiré también.

P ū sukš ē n, hijo: en esta familia tienes ya edad para decir lo que piensas. Hablad.

Lupakki y Azzari se miraron. Ella sostenía en su regazo a Kaddusi; la niña tenía una pequeña magulladura en la cara y observaba con extrañeza a los demás.

—¿Cómo que te digamos lo que queremos? —preguntó Azzari confundida—. ¿Acaso no hemos vencido al faraón? ¿Subaru ha muerto para nada?

—Ha muerto para que tu hija y tú viváis —respondió Gurpa.

—Pero ¿a qué viene preguntarnos eso? ¿Y todos los demás? ¿Vamos a decidir nosotros lo que hay que hacer?

—Estamos solos, Azzari. Nadie me escuchará ya más.

—¿Qué?

Buzazu les dijo que la disgregación del grupo era ya un hecho.

El liderazgo de Gurpa, que él nunca había deseado, había tocado a su fin.

Unos habían decidido ir al este, cruzar las montañas y buscar allí buenas tierras donde asentarse.

Otros embarcarían y las buscarían al otro lado del mar, hacia el oeste o hacia el norte.

Algunos regresarían a sus países de origen y tratarían de recuperar sus vidas en el lugar donde las dejaron.

Y otros ya no tenían ánimo para seguir viajando e intentarían instalarse allí mismo, en el territorio de Retenu, en Kin ā na o en Amki; tal vez en lugares destruidos por sus manos no mucho tiempo atrás.

—Cada familia, cada grupo, cada clan, está decidiendo su propio futuro.

—Entonces es el fin —lloró Azzari.

—No. Es el principio. Para mi hijo —posó la mano sobre el hombro de P ū sukš ē n— es el principio. Para Kaddusi es el principio. Para mí lo será. Y para vosotros también.

—Yo iré a Amurru.

Todos miraron a Lupakki.

—¿Amurru? ¿Por qué Amurru? —preguntó Buzazu.

—Mi madre nació allí.

Buzazu asintió complaciente, con una sonrisa despreocupada.

Azzari abrazó a Kaddusi. Y Amurru le pareció de repente un buen sitio para verla crecer.

Gurpa dejó que lo inundaran pensamientos que durante años se había obligado a relegar al olvido.

Las palabras de Lupakki le hicieron pensar en Mikal y en cuán cruel era la vida al darle aún esas lecciones.

Recordó haber deseado ocultamente en el pasado, arrepintiéndose de ello al momento, que su hermano no viviera, incluso que su esposa no existiera.

Y ahora ya lo tenía, ya había sucedido. La vida le había concedido sus oscuros deseos cuando ya no los quería ni los necesitaba, solo para que saboreara toda la amargura de verlos hechos realidad.

—Amurru.