Fuego y bronce 11. DJAHY #6
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11. DJAHY #6

La flecha no llegó a abandonar el arco. El arquero dejó caer flácidos los brazos y el arma se fue al suelo; se miró el pecho y vio que por él asomaba la punta de una lanza.

Miró el rostro de su auriga salpicado de su propia sangre y se derrumbó.

El auriga tardó en reaccionar; no entendía qué había pasado, de dónde había salido la lanza.

Cuando comprendió, el hacha de Lupakki le seccionó el cuello y sus ojos se velaron para siempre.

Lupakki sacudió las riendas y dejó atrás el carro con sus dos pasajeros muertos. Arremetió contra el guerrero plantado de pie frente a su padre y los caballos lo embistieron. El impacto fue tan brutal que el hombre murió antes de que las ruedas quebraran sus huesos.

—¿El abuelo? —fue lo primero que dijo Lupakki cuando descendió del vehículo.

Kessi señaló el cuerpo de Appu y su hijo corrió hacia allí. Se arrodilló junto a él, y por su expresión Kessi supo que había muerto.

—Lupakki, tenemos que salir de aquí.

No había tiempo de llorar por él, y ahora tenían tres carros a su disposición.

Los niños protestaron cuando los separaron de Lamass ī y los subieron al vehículo de Lupakki.

La pequeña Kaddusi quería a la esposa de Gurpa como si fuera su propia madre, y ella se habría atrevido a jurar que incluso más; Azzari nunca tenía tiempo para dedicarle ni sabía cómo satisfacer sus necesidades más elementales, todo lo contrario que Lamass ī .

Los niños se sentaron en la plataforma del carro a los pies de Lupakki, aferrados a sus piernas.

En otro vehículo Kessi tomó las riendas con su mano útil y Lamass ī subió a su lado.

Iniciaron la huida a través de un escenario espantoso.

Por todas partes se veían maryannu asaeteando desde sus carros a quien se les ponía a tiro.

Muchos de ellos luchaban con la espada y, como expertos también en la pelea a pie firme, no encontraban oposición alguna a su devastación.

Lonas ardiendo, cuerpos destrozados… Lupakki obligó a los niños a agachar la cabeza para que no vieran aquel horror.

Los caballos de Kessi seguían la estela de polvo levantada por el carro de Lupakki y en cierto modo esta les servía como camuflaje.

A pesar de ello, era inevitable que su huida llamara la atención de los maryannu : veían pasar el vehículo de Lupakki, pero solo tenían tiempo de disparar sobre el de Kessi.

Lamass ī , asustada, encogía su cuerpo y Kessi azuzaba a los caballos con su único brazo tratando de no perder el equilibrio encima de la plataforma.

Los animales corrían al galope y la estructura traqueteaba, zarandeándose a causa de las irregularidades del terreno.

En uno de los movimientos Lamass ī salió despedida del carro.

—¡No!

El brazo inútil de Kessi no se movió y por esa razón no fue capaz de asirla. No pudo evitar que cayera y rodara por tierra. No logró impedir que se golpeara la cabeza contra el suelo pedregoso varias veces.

Kessi detuvo el carro, descendió y corrió hacia Lamass ī . El vestido desgarrado y su cuerpo lacerado. Un hilo de sangre avanzaba desde la comisura de los labios hacia el cuello. Estaba muerta.

Escapar. Subir de nuevo al carro y proseguir la huida.

Tratar de salvar la vida. Kessi lloró. Se puso en pie y volvió caminando hasta los caballos, mientras varios guerreros kemetyu acudían para acabar el trabajo.

Le cortarían las manos a Lamass ī , las mismas manos que habían acunado a la pequeña Kaddusi, que habían abrazado al pequeño P ū sukš ē n, que habían acariciado el cuerpo de Gurpa por las noches.

Kessi se acercó al carro y cogió la malatti de su padre.

Una vez, hacía muchos años, le preguntó a Appu por qué rescataba esa vieja espada de las ruinas humeantes de su casa en Wilios. Ahora sabía la razón.

Volvió de nuevo junto a Lamass ī . Pensó por última vez en Mikal. Y gritó a pleno pulmón, desafiando a los kemetyu que ya lo rodeaban.

Lupakki no descubrió la ausencia hasta que se giró cuando casi habían abandonado ya el campamento, y vio que el carro de Kessi no estaba detrás.

La duda le duró solo un instante y en seguida volvió la vista al frente.

Pero ese instante fue lo que un maryannu necesitó para ponerse a su izquierda, alzar el arco y disparar a uno de los caballos.

Lupakki tiró con fuerza de las riendas y los frenó, pero el animal herido dobló los cuartos delanteros e hizo volcar el vehículo.

La caja saltó por los aires, lanzando al exterior a sus tripulantes.

Los niños y Lupakki volaron hasta aterrizar a poca distancia; les salvó la vida la escasa velocidad a la que ya circulaban, pero el golpe fue terrible.

Aparecieron otros maryannu quienes, al ver a los fugitivos tendidos e inmóviles, detuvieron sus vehículos y se acercaron armados con puñales.

Lupakki estaba dolorido y magullado, pero su cuerpo era fuerte y se incorporó con rapidez.

Al ver a Kaddusi y P ū sukš ē n en el suelo se enfureció.

No esperó a que se le acercaran: se abalanzó sobre el que estaba más cerca, le sujetó el brazo que sostenía el puñal y le golpeó con fuerza en la nuez.

Tomó el arma antes de que cayera al suelo y se lo clavó en la garganta.

Puso entonces su atención en los otros: eran cinco.

Los niños ya no estaban. Miró a su alrededor y no los vio, habían desaparecido.

Sin embargo, no podía distraerse o cualquiera de los maryannu correría para coger el arco de un carro y entonces ya no habría lucha cuerpo a cuerpo, y su vida y su muerte dejarían de depender de él.

Miró a los aurigas y anticipó que ellos jamás empleaban el arco y las flechas: eran armas de sus señores y no las tocarían.

Lo rodearon y trataron de acuchillarlo por delante y por la espalda, pero Lupakki era escurridizo como una serpiente.

Lo golpearon, pero Lupakki era fuerte como un oso.

Intentaron asir sus brazos, pero Lupakki era rápido como una liebre.

Apuñaló a uno, le arrebató su arma y con ambos puñales mató a otros dos.

El cuarto no llevaba puñal sino una espada, y tal vez eso le hizo sentirse más a salvo: su rival no podría acercarse sin que le asestara un mandoble.

Por eso Lupakki le lanzó uno de los cuchillos, que se le clavó en el cráneo haciendo un sonido sordo y seco.

El miedo atenazó al guerrero que aún quedaba en pie.

Convencido de que si entre todos no habían podido acabar con aquel ḫ ȝ ty.u , aquel demonio extranjero, él solo no tendría ninguna posibilidad, soltó el arma, se arrodilló y en su lengua suplicó por su vida.

Lupakki le atravesó el corazón y se volvió hacia los carros: no había olvidado que a bordo de ellos estaban los aurigas, y que si bien no tocarían los arcos, podían usar las jabalinas.

Probablemente no se habían atrevido antes por miedo a herir a sus señores, pero ahora Lupakki se había quedado solo.

Aferró el cuerpo del último hombre que había matado, lo levantó en vilo y avanzó con rapidez usándolo como parapeto.

Hasta dos lanzas habían ensartado ya el cadáver cuando llegó al carro más próximo.

Se lo arrojó encima al auriga y este cayó del vehículo y huyó a trompicones.

Lupakki tomó el arco y las flechas. No era lo mismo que usar una honda, pero fue suficiente y acabó con los desdichados que quedaban, quienes no habían sido lo bastante inteligentes como para escapar y salvar la vida.

En el lugar donde habían caído P ū sukš ē n y Lamass ī comenzaba un rastro de huellas y tierra removida.

Eran pisadas grandes, de hombre adulto, de modo que alguien se los había llevado.

Algunos surcos indicaban que tal vez uno o los dos cuerpos habían sido arrastrados, puede que inconscientes o muertos.

Lupakki siguió el rastro, que conducía hasta una zona donde había varias carretas consumiéndose por el fuego.

Sintió el calor de las llamas. Vio cadáveres en el suelo, algunos de personas conocidas.

Gente que, como Appu, y probablemente Kessi y Lamass ī , habían hallado la paz en la otra vida antes de encontrarla en esta.

Lupakki pensó que no merecían eso. Nadie lo merecía.

Recorrió la zona y no halló nada. No había transcurrido mucho tiempo desde el vuelco de su vehículo.

Volvió al lugar de la caída y una vez allí escudriñó los alrededores como un águila oteando el horizonte.

Solo se oía el levísimo crepitar de las maderas ardiendo.

El relincho de un caballo le hizo volver el rostro a los carros.

Observó con atención y corrió hacia allí.

El guerrero de Kemet tenía a P ū sukš ē n sujeto por el cuello; lo atenazaba con el brazo apretándolo contra su cuerpo.

Estaba cerca de estrangularlo y la cara del niño comenzaba a cambiar de color, ya que sus pies apenas podían tocar el suelo.

Y allí, a sus pies, la pequeña Kaddusi yacía como muerta.

El hombre iba armado con una kepesh y llevaba embrazado un escudo.

Lupakki agarraba por el asta una lanza y en el ceñidor de la túnica tenía uno de los puñales que había usado antes.