11. DJAHY #5
Las lágrimas de Azzari se multiplicaron cuando encontraron a Subaru con el vientre abierto.
Quiso llevárselo de allí, pero Gurpa no permitió que se retiraran los muertos del campo de batalla; aquello aún no había acabado y debían ponerse a resguardo, no podían dedicarse a esa labor.
Consiguió que todos se retiraran a una posición más retrasada en la llanura.
Mientras caminaban miró con preocupación a los supervivientes: eran más de los que habría imaginado, pero menos de los que merecían vivir.
Se decidió entonces a preguntar, temiendo oír la respuesta:
—¿Alguien ha visto a Lupakki?
Bajo la misma lona de cuero se resguardaban del frío de la mañana Kessi, su padre Appu, la pequeña Kaddusi, Lamass ī y su hijo P ū sukš ē n.
Fuera el sol aún no se dejaba ver y algunas rachas de viento sacudían las pieles y penetraban en la tienda.
Pero no era el darse calor mutuo lo que les había llevado a estar juntos: Lamass ī no quería esperar sola el regreso de Gurpa y se sentía más segura en compañía de quienes hacía tiempo que eran su familia.
Nadie hablaba. Ni siquiera los niños se atrevían; se limitaban a jugar en silencio con pequeñas tallas de madera de formas curiosas, que Appu había hecho para ellos.
Kessi, sentado sobre un odre lleno de paja, miraba al suelo como si en él se hallara la respuesta al misterio de la vida; apoyado en su muslo sentía el duro bronce de la malatti .
También Appu tenía a mano una espada. Lamass ī observaba a los niños, aunque su pensamiento estaba a medio bêru de distancia.
Hacía ya un largo rato que el amanecer había quedado atrás y, con él, la partida de los hombres al combate.
Fuera se oyeron gritos. Kessi miró a su padre y asió rápidamente la espada.
Se puso en pie y salió. Lamass ī palideció; aún era pronto para que la batalla hubiera terminado, y mucho menos una de tal magnitud.
Aguardaron con angustiosa impaciencia el regreso de Kessi.
El tiempo se les hizo eterno. Al fin volvió a entrar; tenía el rostro desencajado.
—¡Están aquí! ¡Los hombres del faraón! ¡Quedaos dentro!
Los niños, asustados, corrieron al regazo de Lamass ī . Appu cogió su espada e hizo ademán de salir, pero su hijo le bloqueó el paso.
—¡Padre, he dicho que no salgáis! Son carros, carros del faraón, están disparando flechas a todo aquello que se mueve. Estaremos más seguros aquí dentro.
Appu sabía que Kessi tenía razón y obedeció.
Los maryannu estaban asaltando el campamento, arrollando como salvajes las tiendas y matando a hombres, mujeres y niños.
Después de abandonar el campo de batalla se habían dirigido al galope hacia la retaguardia con la intención de saquear su impedimenta.
Ese era el objetivo: seguir hostigando antes de retirarse definitivamente, y hacerlo donde más frágil era el enemigo y más daño podían hacer.
La fuerza de contención que Gurpa había dispuesto por si se producía ese ataque había sucumbido con facilidad: los carros se limitaron a rodearla y acribillarla por la espalda.
El pánico se apoderó de los niños, que lloraban desconsolados, mientras Lamass ī trataba en vano de calmarlos con dulces palabras y de calmarse a sí misma. Kessi se acercó a la entrada de la tienda y separó un poco las pieles con la hoja de la espada para echar un vistazo.
—¿Qué está pasando? —quiso saber Appu.
Tardó en responder. Fuera, los carros de guerra circulaban en una y otra dirección a gran velocidad mientras sus arqueros se empleaban en disparar contra todo aquel que no había buscado refugio a tiempo, o bien contra los que intentaban enfrentarse a ellos.
Algunos maryannu habían puesto el pie en tierra y recorrían el campamento masacrando a quienes hallaban bajo las lonas de las tiendas.
La polvareda que se había levantado semejaba una niebla gris que lo enturbiaba todo. El escenario era desolador.
—No podemos salir ahí, padre.
—Pero tarde o temprano entrarán y entonces estaremos atrapados.
Aquella frase despertó en Kessi viejos recuerdos jamás olvidados. Miró a Lamass ī , a su nieta y a su sobrino, y en sus rostros vio fugazmente a Mikal y a los pequeños Azzari y Lupakki.
—De acuerdo —dijo, tratando de sosegar el corazón acelerado que le latía en el pecho—. Escuchadme: ahí fuera he visto detenido un carro con tan solo un hombre a bordo. Si podemos hacernos con él tal vez tengamos posibilidad de huir.
—¿Podremos ir los cinco en uno de esos carros? —quiso saber Lamass ī .
No era una pregunta baladí: sabía, por lo que Gurpa le había contado, que los kemetyu construían vehículos extremadamente pequeños, empleando maderas ligeras como el olmo, el cedro o el abedul. No tenían nada que ver con los sólidos carros que habían visto en otros lugares por donde habían pasado.
—Los niños son pequeños y pesan poco —dijo Kessi—. Y tú también eres menuda. Además, no hay otra opción.
Kessi volvió a asomarse: el carro que había visto antes seguía allí.
Los caballos piafaban retenidos por las riendas mientras el auriga miraba receloso a izquierda y derecha, esperando el regreso de su señor que estaría por los alrededores guerreando a pie.
En el interior de la tienda había una lanza; Kessi hizo señas a su padre y este comprendió.
Kessi recibió la lanza de manos de Appu y la sopesó; hacía muchos años que no usaba esas armas.
Con un solo brazo no resultaba fácil equilibrar el cuerpo al hacer el gesto del lanzamiento, y la fuerza en el impulso era menor.
Pero Appu no poseía ya energías suficientes para arrojar la lanza con garantías; tenía que hacerlo él.
Salió de la tienda y caminó con rapidez hasta que tuvo el auriga a la vista.
Estaba a unos veinte pasos de distancia.
Debía apresurarse, pero también asegurar el tiro.
Hizo una plegaria rápida a Tar ḫ un y Ḫ ašamili, esos dioses en los que tantas veces había dicho no creer; echó el brazo derecho y todo su cuerpo hacia atrás, y con un gesto violento lo impulsó hacia delante con fuerza y soltó el asta.
El auriga miró en ese momento en la dirección en que se encontraba Kessi y cuando adivinó lo que estaba haciendo, sintió el impacto de la lanza en su pecho.
La moharra atravesó la coraza de lino prensado que vestía y se clavó entre sus costillas.
Soltó las riendas y se desplomó, escurriéndose su cuerpo fuera del vehículo.
—¡Vamos! —gritó Kessi.
Lamass ī salió de la tienda con Kaddusi en brazos, seguida de P ū sukš ē n. Appu, cuyos movimientos eran más lentos, iba detrás del niño.
—¡Corred! ¡Deprisa! —apremió Appu.
Kessi ya había alcanzado el vehículo y sujetó las riendas para impedir la estampida de los animales. Se giró y vio venir a Lamass ī y los niños. Appu también lo hacía, pero sus zancadas eran más cortas y lentas. Entonces aparecieron a la izquierda dos caballos al galope.
—¡Padre!
El maryannu sujetaba su arco en tensión y estaba a punto de liberar la flecha, pero no fue necesario.
Los animales derribaron a Appu y él cayó bajo los cascos.
El carro le pasó por encima, su cuerpo dio varias vueltas en el suelo y quedó tendido en medio de una polvareda. Lamass ī gritó horrorizada.
El carro se refrenó un poco más adelante y giró para volver a la carga.
El auriga había visto al grupo, eran un objetivo fácil y el arquero quería hacer méritos ante sus dioses.
Kessi se sintió desfallecer al ver el a su padre desvencijado como un animal.
Vio también el regreso del maryannu y encontró fuerzas para reaccionar: en el carro del que se había apoderado había un escudo; soltó la malatti y lo cogió, y corrió hacia Lamass ī y los niños.
Llegó a tiempo de impedir que la flecha disparada por el arquero hiciera blanco en ellos.
El carro se detuvo a escasa distancia; el arquero contempló sus presas y esbozó una sonrisa.
Kaddusi y P ū sukš ē n lloraban y Lamass ī preguntaba de modo un tanto absurdo a Kessi qué iban a hacer para salvarse.
Él, desarmado, con solo un escudo como protección y con la terrible escena del maltrecho cuerpo de Appu ante sus ojos, comprendió que habían agotado los días de vida que los dioses les habían concedido.
Algo más lejos otro carro rodaba a gran velocidad en la dirección en que se encontraban ellos.
Y a su derecha Kessi vio otro guerrero acercándose.
Blandía en una mano una kepesh , el arma habitual de los kemetyu , y en la otra una jabalina.
Parecía divertido y molesto al mismo tiempo; hablaba con rapidez en su lengua y hacía gestos señalando alternativamente a Kessi y al carro.
Kessi supuso que era el propietario del vehículo, que regresaba enojado al descubrir al auriga muerto y el escudo en su poder. Casi tuvo ganas de reír.
—Vas a tener que quitarme el escudo —dijo Kessi. Su voz no albergaba ni un ápice de valentía, sino más bien la despreocupación de quien ya lo daba todo por perdido.
A bordo del carro que se acercaba al galope viajaba un único tripulante, un auriga que parecía acudir al rescate del guerrero que se había quedado sin el suyo.
Este se alegró al verlo y agitó la lanza.
En el otro carro, el arquero ya apuntaba con una flecha al grupo formado por Kessi, Lamass ī y los niños.
Diríase que todos ellos disputaban por conseguir las prebendas que concedía su señor el faraón a los guerreros más valientes.
Durante las frías noches de Amurru, el veterano Sakar y otros habían explicado frente al fuego de las fogatas que el faraón premiaba con lo que se conocía como el «oro del valor», tierras y riquezas sobre todo, a aquellos que le mostraran un mayor número de manos cortadas procedentes del enemigo.
Kessi se preguntó si se sumaría alguien más a disputar por el suculento festín de manos que suponía acabar con sus vidas.