Fuego y bronce 11. DJAHY #4
78%

11. DJAHY #4

—Es su manera de actuar; han hecho lo suyo y se van.

—¿Y los dejaremos ir?

—Mira lo que tienes delante, Buzazu. —Señaló con la espada ensangrentada la infantería de los kemetyu , probablemente se trataba de los veteranos menfat y los kepeshy , y más allá los mercenarios medjay y los mashauash —. Y mira tus carros. Hacen falta aquí. Ahora nos toca a nosotros.

Olía a sangre y excrementos. El polvo y la tierra se cuajaba sobre las pieles y las vestimentas, húmedas de orines, sangre y sudor, y las recubría de una fina capa gris.

Las distancias entre ambos frentes hacía mucho que se habían reducido a la nada; los carros dirigidos por Buzazu no tenían ya espacio para maniobrar y los arqueros los abandonaban y luchaban a pie, blandiendo lanzas y espadas.

Habían equilibrado la degollina inicial de los maryannu provocando una gran mortandad entre las filas del ejército del faraón. Habían hecho un buen trabajo.

Entretanto, los emplumados caballos del Señor de las Dos Tierras habían desaparecido de la refriega y se habían retirado a lo alto de una colina, desde la cual el faraón podía observar a salvo el desarrollo de la contienda.

Por encima de su cabeza el sol, que al comenzar el día era reticente a dejarse ver, se había situado ahora casi en lo más alto del cielo.

Gurpa pudo ver en torno al faraón a toda una cohorte de hombres portadores de sombrillas y abanicos, moviéndose para librar a su señor de la canícula.

Junto a él un objeto grande brillaba con fuerza, una especie de pebetero sobre el cual refulgía una juguetona llama agitándose como si estuviera viva.

—Es el fuego de Ptah, lo llevan a la batalla para que el dios les dé fuerza y valor en el combate —le había explicado Sakar días atrás. Gurpa recordó su réplica y sonrió.

—Bien, pues combatiremos su fuego con nuestro bronce.

Gurpa habría preferido que sus hombres fueran más disciplinados.

Temió desde antes de la batalla que la anarquía y el desorden, habituales cada vez que los nómadas del norte llevaban a cabo alguna acción, les condujeran al desastre frente a las organizadas tropas de Kemet.

En otras ocasiones y contra fuerzas menos numerosas y eficientes habían eludido siempre la derrota, pero ahora el enemigo era diferente.

En su comprensión de la naturaleza, el mundo estaba regido por unas leyes y un orden que guiaban su marcha, y que todo ser vivo debía acatar si quería progresar y subsistir.

También los ejércitos, las batallas y las guerras se regían por normas, y la organización y la disciplina se hallaban en la base de ellas.

Le parecía milagroso que sus hombres no hubieran sido vencidos en ninguno de los combates que hasta el momento habían tenido en ciudades y aldeas.

Era como si la ley que operaba entre sus tropas fuera, precisamente, la de la ausencia de ley, de orden, de organización.

El caos era su aliado, y en el caos los suyos se movían como peces en el agua.

Eso era lo que le rodeaba en ese momento: el caos más absoluto.

Echó un vistazo en torno a sí y vio que ni siquiera las compañías de mercenarios que batallaban en el bando del faraón y se esforzaban por mantenerse agrupadas para no desintegrarse y sucumbir, ni siquiera ellas, cuya brutalidad era legendaria, eran capaces de contener la furia incontrolable que tenían enfrente.

Comprendió entonces que lo que mantenía el equilibrio del mundo y todo lo que sobre él existía, era tanto la constancia de unas leyes como la continua transgresión de las mismas.

La naturaleza se regía por el orden, pero también por el caos; ambos eran elementos necesarios. Y los nómadas del norte eran el caos.

La ferocidad con que se emplearon acabó haciendo mella en la numerosísima hueste del faraón, cuyas organizadas unidades de guerreros fueron desarboladas a medida que el azar las ponía delante de las lanzas y hachas de los hombres de Gurpa.

El miedo que instantes antes del choque había recorrido sus cuerpos ahora militaba en los de los kemetyu , y su lugar lo había ocupado la ira, el furor desatado.

Gurpa, que asestaba mandobles y clavaba y desclavaba la lanza como si se encontrara en los pantanos de Tummanna rodeado por las tribus kaška , intentó racionalizar lo que veía: ellos luchaban por un ideal, por un objetivo que daría sentido a sus vidas y a los tantos años que llevaban vagando por el mundo.

Luchaban por dar sentido a su pasado y por obtener un futuro.

En cambio el ejército del faraón lo hacía por sumisión a un líder, obedeciendo una orden de su señor. Quizá ahí radicara la diferencia.

Sin embargo, Gurpa sabía desde el principio que la lucha estaba condenada al fracaso.

Pelearían, sí, y vencerían sobre quien se les pusiera delante mientras tuvieran fuerzas para hacerlo.

Pero estas ya comenzaban a flaquear y, en cambio, la afluencia de guerreros del ejército de Kemet parecía no tener fin.

Acabarían aplastados por la ingente cantidad de hombres del faraón. Era inevitable.

Entonces creyó oír algo. Un sonido penetrante y agudo procedente de la lejanía, que recorrió la llanura.

El sonido se repitió varias veces. Eran las trompetas del ejército de Kemet.

Gurpa dedujo que estaban llamando a primera línea de combate a las tropas de refresco que el faraón debía de tener situadas en posiciones más retrasadas.

—Es el fin… —murmuró.

Los mercenarios del faraón fueron los primeros en mostrar sus escudos al enemigo y dejar de luchar.

Los kemetyu no tardaron en imitarlos. Y todos comenzaron a recular.

Al principio guardando un cierto orden, con pequeños pasos hacia atrás pero sin dejar de dar la cara al enemigo.

Luego el retroceso se convirtió en una especie de desbandada organizada.

Los hombres de Gurpa no comprendían qué estaba sucediendo.

—¡Se retiran! —gritó Buzazu. Los ojos le picaban a causa del sudor y el brazo izquierdo le ardía por un corte a la altura del hombro.

La sorprendente retirada del ejército del faraón se vio acompañada de un estruendoso griterío que nació en las gargantas de los nómadas del norte.

El júbilo fue incontenible. Esta vez nadie tuvo brío para perseguirlos, ni siquiera el impetuoso Buzazu; prefirieron quedarse en el campo de batalla, exultantes por la victoria y agotados por el esfuerzo, empuñando las armas y con las ropas sucias y manchadas de sangre.

Muchos se dejaron caer rendidos, entre lágrimas de alegría.

Gurpa miró hacia la colina donde antes había visto los estandartes del faraón. Estaba desierta.

—¡Victoria! ¡Victoria! —repitió Buzazu.

—Sí —dijo Gurpa—, es una victoria. Pero no los hemos derrotado.

—Pero si han huido… —replicó Buzazu.

—Quizá se están replegando para atacar de nuevo.

Más tarde, o mañana, o dentro de unos días.

Siguen siendo más que nosotros, Buzazu. Estoy seguro de que los que yacen aquí muertos son menos que los que se han ido por su propio pie.

—En torno a ellos había diseminados tantos cuerpos sin vida que apenas se veía el suelo.

Algunos aún se movían, y aquí y allá se escuchaban gemidos y estertores de muerte—.

Más nos vale reagruparnos y seguir alerta, no creo que esto haya terminado aún.

Los muertos de ambos bandos se contaban por miles. Muchos aún agonizaban y con la boca seca pedían un poco de agua. Si pertenecían a los nómadas del norte, eran auxiliados y rescatados de aquel escenario de desolación; si no, eran abandonados.

Azzari buscaba a Subaru. Lo había perdido de vista muy al principio del combate, cuando se produjo la primera embestida de los carros.

Recorría el campo de batalla con las lágrimas a punto de aflorar, gritando su nombre y volteando los cuerpos que se semejaban al de su esposo para verles la cara.

En su peregrinar entre cadáveres reconoció por su ancha espalda y el tono grave de sus lamentos al gigante alfarero, el amigo de su padre y su abuelo, Kurunta.

Sentado en el suelo, abrazaba un cuerpo sin vida y lo apretaba contra su pecho.

Azzari nunca pensó que Kurunta fuera capaz de llorar.

—Kurunta… —Azzari posó la mano en su hombro.

—¡Oh, pequeña! ¿Por qué? ¿Por qué todo esto?

¿Vale la pena llegar hasta aquí para tener este fin?

—Kurunta se balanceaba como mecido por el viento.

Sus sollozos le rompieron el alma a Azzari—.

Uno de ellos me arrojó una jabalina. Yo interpuse el escudo, o más bien la jabalina se encontró con él, y la bloqueó.

Pero la punta atravesó el cuero y la madera y me hirió en el costado.

—Azzari se fijó y vio sangre bajo la túnica desgarrada de Kurunta—.

Solo me cortó la piel, pero caí a tierra y el maldito se arrojó sobre mí.

Yo me vi ya muerto. Entonces él corrió hacia nosotros, lo empujó y lucharon.

Y lo mató. Pero cuando se acercaba para ayudarme cayó al suelo con una flecha clavada en la espalda.

Él me salvó, ¿entiendes? Vino corriendo hacia mí y me salvó, y a cambio ha perdido la vida.

¿Sabes qué me dijo antes de cerrar los ojos?

Que se sentía feliz porque al fin volvería a ver a su esposa y a la pequeña Šauška.

—Oh, por la Diosa, no… —lloró Azzari.

Entre los dos depositaron con suma delicadeza el cuerpo de Walmu en el suelo. Azzari ayudó como pudo a Kurunta a levantarse y se alejaron.