11. DJAHY #3
Se preguntó entonces dónde yacería ahora su cuerpo de no haber salido nunca de la fortaleza de Ḫ attuša.
Eso le dio el ánimo para agradecer a Tar ḫ un Dios de la Tormenta y a la Diosa Sol de Arinna la vida que le habían dado y el hecho de encontrarse ahora en ese preciso lugar frente a los diez, quince o veinte mil hombres del faraón de Kemet.
Volvió la cara hacia la derecha y miró a lo lejos en primera línea a Lupakki.
Se preguntó, y en seguida se dio cuenta de lo absurdo del pensamiento, hasta qué punto la victoria aquel día dependería de su sobrino.
El polícromo ejército del faraón siguió avanzando por la llanura al son de los timbales y trompetas, con los maryannu en primera fila, seguidos de una infantería que se impregnaba de la polvareda que levantaban los carros.
Gurpa imaginó que habría un breve momento de quietud en que el enemigo se detendría; entonces ambos ejércitos se observarían el uno al otro en una especie de duelo de nervios, una ordalía para desquiciar a los templados y sosegar a los impacientes.
Una prueba en la que calibrar las propias fuerzas al contemplar las del enemigo y de la cual saldría perdedor quien primero rompiera ese momento de calma en que el tiempo se detenía.
Aunque esa derrota no significara nada. Sin embargo, el ejército del faraón no aflojó la marcha sino todo lo contrario.
Los carros se precipitaron desbocados en carrera hacia donde Gurpa se encontraba, y pronto el estruendo de los tambores, el griterío de los hombres y el retumbar de los cascos de los caballos comenzaron a hacer mella en el ánimo del ejército de Gurpa, que esperaba nervioso a recibir alguna orden.
—Gurpa —oyó que alguien, con calculada sensatez, le decía—, si tú no dices algo lo hará cualquiera de los cabecillas y entonces nuestro frente se habrá roto antes de empezar la batalla.
El nešili parpadeó. Alzó un puño para poner a todos en alerta y lo mantuvo en alto como si estuviera retando a los dioses del cielo, inmóvil, acaparando las miradas ansiosas de quienes aguardaban la señal para iniciar el ataque.
Entonces vio al fin lo que estaba esperando: mientras los carros seguían al galope, una parte de la infantería enemiga hizo una brevísima pausa cuando se encontraba a unos doscientos pasos de distancia.
Apuntaron con sus arcos hacia el cielo que los guerreros de Gurpa tenían sobre sus cabezas, tensaron las cuerdas y las soltaron al unísono.
—¡Escudos en alto! ¡Escudos en alto! —gritó Gurpa.
Una nube oscureció una parte del cielo y, tras un instante eterno, se escuchó el sordo impacto de miles de flechas clavándose en los cueros de los escudos. Después de ese primer ataque no hubo tiempo que perder.
—¡Arqueros! ¡A mi voz! ¡Apuntad al maldito horizonte, más allá de los carros! —Gurpa confiaba en que sus órdenes fueran transmitidas a lo largo del frente; era esencial en esa fase inicial de la batalla—. ¡Disparad!
Devolvieron la andanada de flechas y con ello lograron lo que Gurpa pretendía: los kemetyu dejaron de avanzar, levantaron los escudos y apretaron los dientes.
De ese modo la distancia entre ellos y los carros que los precedían se agrandó.
Los proyectiles sobrepasaron a los vehículos, que no detuvieron su marcha y cayeron sobre la infantería.
—¡Arqueros! ¡Otra vez, apuntad! ¡Soltad las flechas! ¡Una vez más!
Dispararon dos andanadas más de flechas; entretanto los maryannu casi estaban ya sobre ellos.
Percibió entonces Gurpa algo de lo que no le había hablado Sakar y en lo que él tampoco había pensado, porque en el ejército de Ḫ atti no lo había visto nunca: descubrió que los carros enemigos estaban acompañados por guerreros que corrían detrás de ellos tanto como podían.
No iban ni vestidos ni armados de modo uniforme: tenían el aspecto de tropas de apoyo a la carga que llevaban a cabo los carros.
Afrontarían exhaustos y en completa desventaja el combate, dedujo Gurpa; era como enviarlos a una muerte casi segura.
En cualquier caso, no pensó más en ello. Era el momento de dar la orden.
—¡Hombres! ¡Paso firme y al ataque!
El frente de batalla dibujado por los nómadas del norte se movió por fin, como si lo sacudiera una fuerza invisible que lo empujaba hacia delante.
Caminaron al trote y el rugido que nació de sus gargantas se confundió con la batahola estruendosa que se les echaba encima.
Mientras avanzaba, Gurpa confió en que los carros que había situado a la derecha se hubieran puesto ya en marcha: las instrucciones de Buzazu eran sacudir las riendas en cuanto viera en el cielo la tercera andanada de flechas, y situarse en la brecha que de modo previsible se habría abierto entre los carros enemigos y los hombres de a pie.
Y si ese momento no llegaba en los primeros compases de la batalla, lanzarse igualmente al combate en apoyo de la infantería, que a buen seguro estaría pasando apuros frente a los vehículos del enemigo.
El choque fue brutal. Algunos maryannu embistieron con sus caballerías a los hombres que no tuvieron tiempo de apartarse de su camino; los cascos de los animales pisotearon cabezas y las ruedas trituraron piernas, y los gritos de agonía y dolor hicieron su aparición en el escenario como un anuncio de que la batalla acababa de comenzar.
Los vehículos se movían con rapidez entre los hombres, desarbolando todo intento de conservar el orden en las filas.
Algunos caracoleaban sin penetrar en ellas, flechando y disparando a gran velocidad.
Gurpa arrojó la lanza y la hoja asomó por la espalda de un auriga.
Lamentó su error: había apuntado al arquero que lo acompañaba.
Los caballos, al dejar de notar el azote de las riendas sobre sus ancas, se detuvieron y Gurpa corrió hacia el carro; el arquero quiso echar mano de su jabalina, pero Gurpa le atravesó el corazón con un puñal.
Tomó la pica y la arrojó contra otro enemigo.
Cogió las riendas del vehículo y las sacudió con fuerza, los caballos corrieron y él saltó a tierra antes de que chocaran desbocados contra otro carro, cuyos pasajeros se vieron sorprendidos por el fortísimo impacto.
Los dos vehículos volcaron y Gurpa se ocupó de que el auriga y el arquero caídos no volvieran a levantarse.
Notó que la furia lo llevaba en volandas y se sintió una prolongación del caos que se había desatado a su alrededor.
Pensó que tal vez no era una quimera soñar en la victoria, pero el pensamiento fue fugaz.
Los suyos comenzaban a desorganizarse, los vio correr de un lado a otro víctimas del terrible acoso de los carros, acribillados por las flechas y más pendientes de salvar sus vidas que de acabar con las del enemigo.
Algunos caían heridos, y entonces los guerreros que habían llegado junto con los carros se precipitaban sobre ellos y los remataban.
Los maryannu causaban estragos en las primeras líneas y no había manera de contenerlos.
Gurpa enseguida se dio cuenta de que sus hombres no estaban preparados para defenderse de una carga de carros; quizá tampoco lo estuviera él mismo.
Corrían como conejos atrapados entre los maryannu y sus propios compañeros situados detrás de ellos, que les cerraban el paso hacia posiciones más seguras.
Sakar le había dicho que un arquero solía llevar en su carcaj entre seis y ocho decenas de flechas; eso significaba que el ejército de nómadas del norte al completo podía morir asaeteado varias veces aquella mañana.
—¡Resistid! ¡Mantened el orden! ¡No os descompongáis!
Aparecieron al fin, viniendo desde el flanco derecho, los carros tan esperados por Gurpa.
Nunca se había alegrado tanto de ver a Buzazu, que viajaba a bordo del primer vehículo acompañado del auriga y el portador de escudos.
Establecieron con rapidez una línea por detrás de los carros enemigos sin que a estos, ocupados en flechar a los guerreros de a pie, pareciera importarles demasiado.
Su número era menor, pero supieron desplegarse a lo largo del terreno para suplir esa carencia y comenzaron a hostigarlos con sus flechas.
Al mismo tiempo mantuvieron a raya la infantería del faraón, que ya había alcanzado la posición donde se estaba realizando la sangría, e impidieron que pudieran entrar en contacto con los suyos.
Como Gurpa había temido, la mayoría de los carros iban tripulados por tres hombres y probablemente por eso habían tardado tanto en aparecer.
Aun así, pronto reconoció que eran más efectivos: los suyos eran vehículos lentos pero más consistentes y robustos que los ligeros carros de los maryannu , y la protección que proporcionaba el portador de escudos al auriga y al arquero hacía que su fiabilidad fuera mucho mayor.
Su intervención reavivó el ánimo de los guerreros; estos recobraron fuerzas al recibir también el apoyo de un gran número de arqueros, que acudieron en su ayuda desde otros puntos del frente.
Lo que vio entonces Gurpa le hizo recordar las palabras de Urtenu antes del enfrentamiento contra el ejército de Ugarit: «los maryannu son los primeros en entrar en combate y también los primeros en marcharse».
Uno tras otro, sin duda obedeciendo alguna indicación que el jefe de la escuadra les había dado, se apartaron de la refriega y se alejaron al galope, como si la tarea ya hubiera tocado a su fin.
Buzazu los vio también y se sintió henchido de satisfacción al saberse el causante de su huida.
—¡Que no escapen! ¡Tras ellos!
Gurpa vio a Buzazu hacer gestos a su escuadra de carros para que iniciara la persecución y frunció el ceño. Le llamó pero el fragor sofocó sus gritos. Hubo de correr hacia él mientras voceaba su nombre, hasta que al fin el auriga se apercibió y retuvo los caballos.
—¡Buzazu, no! ¡Que vuelvan todos!
—Pero ¿por qué? Nos temen, están huyendo como…