Fuego y bronce 11. DJAHY #2
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11. DJAHY #2

Gurpa aguardaba impaciente y en silencio la llegada de los exploradores que antes del amanecer había despachado para conocer la posición del enemigo.

Pensó entonces en el peligro que corrían los carros donde se refugiaban los no combatientes: mujeres, ancianos, niños, heridos, enfermos, tullidos, provisiones, pertenencias; aquello que había configurado su vida en los últimos tiempos.

Todo eso estaba a escasa distancia en la retaguardia; no había sido posible alejarlo, ocultarlo, volverlo invisible.

Pensó en su mujer y su hija. En su padre.

Pensó en su hermano Kessi. Y apretó los puños.

Precisamente Appu estaba ciñéndose en esos momentos una vieja armadura de bronce que él mismo forjó treinta años antes. Muchos no podían permitirse disponer de una coraza metálica, pero un herrero sí. Kessi le sorprendió buscando la malatti entre los sacos y los arcones del interior del carro.

—¿Qué estás haciendo, padre? ¿Has perdido el juicio?

Appu se sobresaltó y se sintió ridículo por un instante, pero no permitió que esa sensación lo dominara. Y le dijo a su hijo algo hiriente de lo que se arrepintió al momento de decirlo.

—Mejor perder el juicio que el valor.

—No es solo el valor lo que he perdido en esta vida, padre. Deja esa espada. —Hizo una pausa—. Yo la empuñaré.

Titubeante, Appu le entregó el arma.

—Hijo, no puedo permanecer aquí sabiendo que al otro lado de esa colina se está librando una batalla.

—Por eso has de quedarte. Corremos un gran riesgo si el enemigo desborda a los nuestros y se presentan. Hemos de defender esto. Te necesito aquí, padre. Si hay que luchar quiero hacerlo contigo a mi lado. —Con un gesto señaló el costado de su brazo inútil—. Si te vas tendré que pelear yo solo.

Appu pensó en su nieto y su biznieta, cuyos padres se encontraban defendiendo sus vidas a poca distancia.

—Por Tar ḫ un… —murmuró, agachando la cabeza.

Azzari y Subaru formaban a unos treinta pasos a la izquierda de Gurpa.

Ella llevaba un escudo, como todos; era preciso para protegerse de la tormenta de flechas que a buen seguro iban a recibir.

Espada en el ceñidor, lanza en mano y honda en un diminuto morral donde guardaba también los proyectiles.

No pensaba en la pequeña Kaddusi, ya no.

Llevaba días haciéndolo y se había pasado la noche anterior en vela con la niña en brazos.

Esta vez no le molestaron los lloros, que acompañó con los suyos.

Pero ahora no era momento de pensar en su hija sino de ser certera con la honda, hábil con la espada, fuerte con la lanza y rápida con las piernas.

Junto a ella Subaru gritaba hasta quedarse sin voz.

Pocos lo hacían, solo los que querían ahuyentar su miedo; nadie se lo recriminaba.

De cuando en cuando sus ojos, que asomaban bajo el casco como los de un ratón asustado, miraban a su mujer.

Walmu hacía profundas respiraciones y cada vez que hinchaba el pecho su cuerpo se llenaba de calma.

No concebía otra manera de pelear que desde la serenidad y la confianza en el triunfo.

Quiso convencerse de haber llevado una buena vida.

Pese a haber perdido a su esposa muy pronto.

Pese a haber enterrado a la pequeña Šauška con tan solo diez años.

Pese a quedarse sin hogar y dormir en un carro desde hacía ya tanto que ni recordaba.

Todo aquello era lo que le había concedido la vida y, aunque daría la suya por recuperar esposa e hija, lo soportaba con humildad pues era el lote que los dioses le habían asignado.

Si le llegaba al fin la muerte la aceptaría con tranquilidad; si sobrevivía, daría gracias y seguiría adelante.

Kurunta en cambio disimulaba mal su nerviosismo.

Los dedos de sus enormes manos, con las que aferraba la lanza y el escudo, temblaban de modo casi imperceptible.

Con los ojos escudriñaba el horizonte deseando que apareciera de una vez el enemigo para poner fin así a la angustiosa espera, y ansiando también que no apareciera jamás.

Temía, sí, temía no estar a la altura de lo que se esperaba de él.

Aunque estaba lejos de tener la envergadura de Gurpa, alguien de su corpulencia y su fuerza debía dar ejemplo en la batalla.

Es por lo que se había esforzado en cada ocasión en que había tomado la lanza desde que abandonaron Wilios.

Pero ahora sentía que era diferente. Sentía que iba a morir.

Y no era capaz de luchar contra esa sensación.

Buzazu estaba seguro de haber aprendido todo lo que era posible aprender del gigante nešili .

Gurpa, su cuñado, su amigo, su jefe. Para la batalla lo había colocado al mando de la unidad de carros de guerra pasando por encima de las exigencias de los más veteranos.

Y Buzazu se había propuesto demostrar a todos que la responsabilidad no le venía en absoluto grande.

Él era una persona agradecida: no olvidaría nunca que Gurpa había vengado la muerte de su padre y había salvado a su hermana –en su mente era así– de una vida triste y solitaria, ya de por sí dura al estar condenada a vagar por las ciudades y aldeas en una caravana primero de mercaderes, luego de nómadas ḫ abiru .

Y a él Gurpa le había enseñado a pelear, a defenderse, a acatar órdenes –y no era fácil– y también a darlas.

Idrimi y él se habían convertido en sus hombres de confianza, pero con la muerte de este Buzazu se había quedado solo como único receptor del influjo que emanaba de Gurpa.

Eso le henchía de orgullo y colmaba todas sus expectativas.

Sentía por él una admiración que jamás había sentido por P ū sukš ē n, a quien quiso y respetó siempre, pero cuya visión de la vida era radicalmente opuesta a la suya.

Buzazu elevó un ruego a los dioses de Aššur e intentó convencerse de que si su padre pudiera verle en ese momento, no podría sentirse más orgulloso.

Los exploradores ya habían regresado y hablaban con Gurpa mientras sus caballos bufaban y cabeceaban inquietos. Se hizo el silencio en las filas, todos querían oír sus palabras.

—Ya están ahí, Gurpa. Ya vienen.

Gurpa, vestido como un guerrero de manera tan anárquica que nadie habría adivinado jamás que se tratara de un soldado nešili , asintió.

No volvió a escucharse ni una voz, ni un grito, los rostros perdieron su expresión y de pronto pareció como si todos estuvieran ya muertos.

A continuación el tiempo se hizo corto y largo a la vez.

Cualquier otro habría aprovechado ese lapso para arengar a los suyos, intentar transmitirles confianza en la victoria, elogiar sus virtudes y menospreciar las del enemigo.

Hacer renacer en sus ánimos el coraje que parecían haber perdido de repente.

Pero Gurpa no tenía fe en las arengas; él nunca las necesitó mientras la guerra fue su oficio y las creía aún más superfluas ahora que la lucha era por uno mismo y la propia familia.

Le sobrevino un momento de flaqueza: acudió como una losa a su cabeza el hastío experimentado recientemente por pelear y empuñar las armas.

Pensó también que aquella podría ser la última batalla, el último combate que librara: si ganaban se establecerían en las fértiles llanuras de Tameri, pero si morían todo habría acabado.

Lo sacó de sus pensamientos un leve y sordo rumor que parecía nacer de las entrañas de la tierra.

Habría jurado que el terreno que pisaba temblaba.

No tardaron en oírse trompetas y timbales y miles de hombres poblaron el ocre suelo de la llanura, que bajo sus pies desapareció por completo de la vista.

Al principio su frente era más corto que el de sus rivales, pero siguieron afluyendo hombres y carros a la llanura y, como si se tratara de un manto desplegándose sobre la tierra, pronto igualaron su longitud.

Los que vieron la ingente masa humana oscurecer el horizonte lamentaron no haber aprovechado el tiempo de espera concedido por los dioses para huir y salvar la vida. Ahora ya no había salvación posible.

Gurpa, el esclavo de los kaška que había convivido con cerdos, consumido su misma comida y dormido entre sus excrementos, distinguió los carros alineados delante de la infantería del faraón.

Por su mente pasó fugaz el rostro del cruel jefe kaška Taniti.

Adivinó la posición de los arqueros por el movimiento de sus brazos.

Vio infinidad de estandartes agitándose sobre las cabezas de escuadrones de guerreros que se movían como si fueran un solo hombre.

Vio los escudos rectangulares y las largas lanzas de los kemetyu , y los multicolores batallones de mercenarios que se desplegaban a su alrededor, unos con pequeñas cornamentas en sus cascos, otros de piel oscura, con corazas de bronce o de lino reforzado y endurecido, con protecciones de cuero, con escudos redondos, jabalinas, hachas y mazas.

Y Gurpa, a cuya sombra había combatido el rey Šuppiluliuma, fue capaz de reconocer con su único ojo los irisados caballos emplumados y cubiertos de escamas de bronce, y el carro forrado de cueros y vistosas telas, y el llamativo tocado de color lapislázuli del Señor de las Dos Tierras, User-ma ā t-R ā Meri-Amon R ā mese , el faraón.

Su posición en el centro de la línea de ataque era la esperada, rodeado y protegido por decenas de los mercenarios que Sakar había llamado sherden , una guardia personal cuyos miembros, si eran capaces de llegar a viejos, disfrutarían de una hacienda con tierras, obsequios del faraón, esclavos y sirvientes para ellos y sus familias.

Gurpa también había formado parte de una guardia real, había sido mešedi del cuerpo real del Gran Rey de Ḫ atti, el Tabarna Mi Sol Šuppiluliuma, hijo de Tudhaliya y nieto de Hattusili.