Fuego y bronce 11. DJAHY
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11. DJAHY

D ejarse envolver por el silencio del desierto por la noche era una de las sensaciones más impresionantes que Lupakki había experimentado jamás.

Llevaba veinte años vagando por la tierra y durmiendo más veces bajo la bóveda estrellada que a resguardo; y nunca se había sentido tan sobrecogido como cuando en medio de la nada lo rodeaba la oscuridad más absoluta, y la calma y una inmensa quietud se adueñaban de todo.

Ni siquiera el resplandor de las fogatas y su leve crepitar quebraban la sensación de paz y soledad que lo envolvía; la luz de las llamas dotaba de vida a su entorno, pero más allá el silencio y la negrura conferían un tizne ominoso a esa tierra que los kemetyu llamaban Retenu, y que él conocía desde que tenía uso de razón con el nombre de Amurru.

Fue al dejar atrás Ugarit cuando esa sensación comenzó a asaltar a Lupakki todas las noches: era como si arrastrara un peso que le hacía sentirse débil e insustancial.

Allí, precisamente en la tierra de Amurru.

Y sin embargo, ya no se encontraban en Amurru sino más al sur.

En un mundo de fronteras marcadas con simples monolitos que se erigían sobre la arena de los caminos, era fácil que la línea divisoria de una región con la limítrofe fuera difusa y que lo que los ojos percibían contaminara aquello que el entendimiento sabía.

Los paisajes áridos y secos que se extendían hasta el horizonte de forma ininterrumpida, la continuidad de los suelos terrosos salpicados por brotes insignificantes de vegetación, los inabarcables cielos grises surcados por nubes veteadas, no sabían de fronteras e iban en contra de lo que las estelas de piedra querían imponer.

Una noche Lupakki descubrió que del silencio y la oscuridad de esa tierra infinita y calmada también podía brotar sufrimiento y muerte.

Abrió los ojos alertado por el alboroto que oyó a su alrededor; al verle despierto, su padre le dio la noticia sin rodeos: los exploradores de Gurpa habían regresado de manera repentina y, al parecer, en un estado lamentable.

Ambos corrieron entre los carros y las tiendas alumbrados con una tea hasta el lugar donde Gurpa tenía su vehículo.

Allí una multitud se agolpaba en torno a dos hombres que llevaban ropajes sucios de polvo y sangre y mostraban rostros desfigurados por el cansancio y el dolor.

Uno de ellos no podía sostenerse en pie y descansaba en el suelo jadeante, mientras bebía un poco de agua que Gurpa le había ofrecido.

El otro hablaba de forma atropellada, tropezando con sus propias palabras hasta que las fuerzas le fallaron y cayó al suelo.

La luz de una antorcha reveló el asta quebrada de una flecha asomándole por la espalda a través de un orificio de la túnica; el dolor le había hecho desmayarse. Entonces fue el primero quien habló.

— Kemetyu … hay más de los que puedas… a menos de un bêru de aquí… nos persiguieron, compañeros muertos…

—¿Os han seguido? ¿Los habéis traído hasta aquí? —preguntó alarmado Buzazu, quien como siempre se encontraba junto a Gurpa.

—No… los perdimos, pero… —gimió.

—¿Habéis visto al faraón? ¿Está allí? —quiso saber alguien de la multitud.

La pregunta nació del miedo, como si la sola presencia del gobernante de Kemet bastara para amedrentarlos y quizá incluso derrotarlos; pero no hubo respuesta: el hombre perdió el conocimiento antes de poder decir nada.

—No necesitan seguir a nadie para averiguar dónde estamos —dijo Gurpa mirando a Buzazu—. Nuestro rastro no es difícil de encontrar, ¿no te parece? No se puede decir que pasemos desapercibidos.

Nadie durmió ya esa noche. Se alternaron las escenas de pánico con las de autosuficiencia y presunción; unos proponían levantar el campamento y huir cuanto antes mientras otros, víctimas de su propia bravuconería, llamaban a la batalla.

A estos últimos les sucedía que tras haber trabado combate con los kemetyu de Šumur y Kumidi, su miedo inicial se había convertido en arrojo e imprudencia.

Gurpa trataba de imponer entre los dos extremos un poco de sensatez.

No huirían, porque los perseguirían hasta ser cazados sin remedio, pero un exceso de confianza los podía conducir al desastre.

Establecieron puntos de vigilancia en el perímetro aquella misma noche.

Era improbable que el ejército del faraón atacara a oscuras, pero no querían correr ese riesgo.

Al menos cincuenta hombres fueron distribuidos por los cuatro puntos cardinales destinados a dar la voz de alarma ante cualquier eventualidad.

Gurpa reunió a todos los jefes y cabecillas para intentar planificar la presumible batalla que se iba a librar.

Como en tantas ocasiones, cada uno de ellos pretendía hacer la guerra por su cuenta otorgándose el poder de derrotar al enemigo sin precisar la ayuda de los demás.

Gurpa se esforzó en hacerles comprender que en esta ocasión no se enfrentaban a una escaramuza, ni se trataba de escalar los muros de una fortificación, ni el enemigo era una pequeña guarnición a la que pudieran rodear y superar con facilidad.

A su mente acudieron recuerdos del tiempo que pasó como soldado del ejército de Ḫ atti en Karao ğ lan, en la frontera con el territorio de los kaška .

Muchas veces aquellas tribus rebeldes superaban en número las fuerzas del Tabarna y a pesar de ello caían derrotadas a causa del desorden con que se desenvolvían en la batalla.

El peor enemigo de un ejército era él mismo, Gurpa era consciente de ello.

En ese momento de caos echó de menos las tropas perfectamente organizadas de Karao ğ lan, sometidas a una férrea disciplina y a una jerarquía de mando que, si bien los hombres detestaban, era innegable que constituían dos de los pilares de su eficiencia en el combate.

Y Gurpa sabía, Sakar lo había confirmado, que eso era exactamente lo que iban a encontrar en las tropas del faraón.

Los tiempos de Karao ğ lan habían vuelto y los papeles se habían invertido, se dijo: ahora ellos eran los advenedizos rebeldes y desorganizados. No era un buen augurio.

El día amaneció nublado. Fue una suerte porque habrían tenido el sol de cara.

Gurpa había ganado la batalla de la disciplina solo a medias: había conseguido establecer un cierto orden en la disposición de los hombres a lo largo del frente.

Era la primera vez que se sometían a algo así, de modo que las probabilidades de que actuaran de manera coordinada no eran muchas.

Nunca antes habían afrontado un combate en campo abierto, ni habían tenido delante un enemigo del calibre del ejército del faraón.

Gurpa había agrupado a los guerreros de infantería manteniéndolos juntos en función de su nacionalidad, formando una línea de varios hombres de fondo.

Echó de menos no poder separar lo que podría entenderse como infantería ligera de la pesada, dada la heterogeneidad del armamento de todos ellos.

Recordaba que en el ejército de Ḫ atti sí existía esa elemental distinción, y por eso resultaba relativamente fácil y rápido lanzar escaramuzas aprovechando la rapidez de movimientos de las tropas ligeras, para distraer así la atención del enemigo del ataque principal que llevarían a cabo las tropas pesadas.

Gurpa conocía también la importancia de los arqueros en las batallas campales, cuyo efecto podía sofocar una carga del enemigo de manera eficaz; por ello se preocupó especialmente de coordinar su participación en el combate, de forma que con una orden suya una lluvia de flechas se alzara al cielo en dirección al enemigo.

Colocó los carros de guerra en el extremo derecho del frente de batalla.

Disponía de unos quinientos vehículos, unos ligeros y otros más pesados, de cuatro radios y también de seis.

Esperaba, de acuerdo con lo que le había explicado Sakar, que los kemetyu colocaran los suyos en primera línea para llevar a cabo la carga inicial y confiaba en que, al hacerla, se separarían de su propia infantería, que inevitablemente quedaría rezagada, abriéndose así una brecha entre ellos.

Su intención era aprovechar esa brecha para colar por ella sus carros y aislar de ese modo a los del enemigo, rodearlos y neutralizarlos.

Había sugerido de nuevo a los cabecillas que fueran dos los tripulantes en cada vehículo, como ya hicieran en el ataque de Šumur, para obtener mayor rapidez y maniobrabilidad.

Sin embargo, muchos no hicieron caso alegando que estaban acostumbrados a montar tres hombres: un auriga, un arquero y un portador de escudos que los protegiera.

La organización de sus fuerzas se basaba en una distribución simple y básica; no había tiempo para nada más.

En cuanto al plan, no existía. Al margen del en cierto modo descabellado movimiento que debían ejecutar los carros, por completo supeditado a cómo se comportaran los vehículos y la infantería del faraón, los nómadas del norte no tenían previsto hacer otra cosa que defenderse con uñas y dientes.

Como lo habían hecho siempre. El cielo gris que les cubría sería testigo de su muerte gloriosa a manos del mejor enemigo posible, o bien, si así lo querían los dioses, de su victoria.

El frío y cortante viento de la mañana, no atemperado por el sol, penetró bajo sus túnicas de lino y les heló los huesos.

Ante sus ojos se extendía la gran llanura del territorio que los kemetyu conocían como Djahy, en el sur de Retenu; aquel iba a ser el lugar de su consagración o de su derrota.