Fuego y bronce 10. RETENU #9
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10. RETENU #9

—Sí, claro, a los carros. Pero también utilizan jinetes en el combate. Los usan como enlaces para transmitir órdenes a las unidades antes de entrar en batalla o cuando esta se halla en pleno apogeo.

—De acuerdo. Ahora háblame de los carros.

Sakar le explicó el modo en que los kemetyu los utilizaban en el combate: eran carros en su mayoría ligeros, con un tiro de dos caballos y solo dos hombres a bordo.

El faraón los colocaba de manera habitual en primera línea por delante de la infantería, pero a menudo también los desplazaba hacia uno u otro extremo del frente para que hostigaran o incluso desbordaran al enemigo por los flancos.

El cuerpo de élite, los maryannu , remarcó Sakar, era impresionante.

Los caballos estaban perfectamente adiestrados para obedecer el más leve tirón de riendas del auriga, y los arqueros que los acompañaban tenían mejor puntería que muchos otros con los pies puestos en tierra.

—El faraón tiene cientos de carros de guerra, Gurpa.

Miles, incluso. No puedes imaginar lo que es verlos desplegarse y avanzar al galope.

La nube de polvo que levantan te hace pensar que un dios airado se ha posado en la tierra y se cierne sobre ti con toda su furia destructora. .. es algo sobrecogedor.

El ejército de Kemet contaba también con una ingente cantidad de arqueros, cuyas potentes armas tenían un alcance de más de trescientos codos.

Había unidades de kepeshy provistos de largas espadas curvas, afiladas como hoces.

Había fuerzas de élite, los nakhtu-aa , bien armados con espadas y lanzas.

Pero el elemento más temible de que disponían los kemetyu en su ejército era precisamente los soldados que no eran kemetyu , es decir: los extranjeros, como el propio Sakar.

Las unidades de mercenarios agrupaban guerreros procedentes de los más diversos lugares: sherden de las regiones antaño tributarias a Ḫ atti, medjay de las secas tierras de Ta-seti, mashauash originarios del país de Labu , qeheq del desierto oriental, a ḫḫ iyawa venidos del otro lado del mar…

—Ha pasado mucho tiempo y he olvidado más de lo que estaría dispuesto a reconocer —añadió Sakar—, pero lo que te he dicho es fiel a la realidad.

O al menos lo era en aquella época, pero no creo que las cosas hayan cambiado en todos estos años.

—El rostro del viejo veterano se ensombreció—.

Son miles, Gurpa. El faraón cuenta con miles de hombres a su servicio.

Y no se trata de campesinos a los que les hayan puesto un puñal en la mano. Saben luchar.

—Nosotros también somos miles.

—Sí, pero muchos son mujeres, niños y viejos. Aún no he visto a una mujer usar un arco.

Gurpa pensó en Azzari y sonrió.

—Sabremos defendernos, Sakar. Cuento contigo para ello.

—¡Ja, ja! Eso no lo dudes, Gurpa. Soy viejo pero aún sé manejar la lanza y la espada. Y en algún momento habremos de abandonar este mundo y dejar que nuestro nefesh se reúna con los de nuestros padres y abuelos. Me agradará si ese momento me llega estando de nuevo en mi tierra.

Sakar se giró para irse, pero antes quiso añadir algo más.

—Se dice que eres herrero.

—Lo fui, sí. Mi hermano, mi padre, el padre de mi padre…

—En Kin ā na tenemos un dios llamado Ba’al. Él se enfrentó al temible Yâm, que quería sumir la tierra entera en el caos.

—Conozco a ese Ba’al…

Gurpa recordó Ugarit. Y recordó también las historias que Mikal les contaba a los pequeños Lupakki y Azzari en Wilios, en lo que ahora le parecía una vida vivida por otra persona.

—Ba’al es fuerte, pero no habría podido derrotar a Yâm de no contar con la ayuda del diestro y astuto Kôshar-wa-Hassis, el dueño del fuego. Kôshar forjó para él dos garrotes de bronce llamados Yagrush y Ayyumur, y con ellos Ba’al pudo vencer a Yâm —relató el veterano.

—Vaya, pues me alegro por Ba’al —dijo Gurpa, sin saber a dónde quería ir a parar.

—Entre los kemetyu —siguió hablando el viejo Sakar— también se cuenta cómo su dios Ptah, maestro constructor, fabricó las armas con las que Horus se impuso sobre Seth.

Y he oído a los a ḫḫ iyawa contar historias parecidas, de un dios que forjó con metal las armas de que se valió su campeón para derrotar al enemigo que pretendía asolar la tierra.

Durante el tiempo que pasé en Aššur, en cambio, no supe de ninguna historia semejante.

Allí no tienen un herrero divino, un dios forjador al que adorar, un «dueño del fuego» que fabrique armas salvadoras.

Y cuando tú apareciste en el grupo de ḫ abiru , mataste a Abdi Aširta y te convertiste en nuestro líder, entonces Idrimi lo supo.

—¿Idrimi? ¿Qué supo Idrimi? ¿De qué estás hablando?

—Tú eres nuestro herrero. Tú eres nuestro diestro y astuto Kôshar-wa-Hassis. Los hombres te llaman el dueño del fuego. Tú forjarás nuestras armas. Y nos salvarás.

Gurpa no supo qué decir. Despidió a Sakar con una palmada sobre los hombros y ocultó su inquietud hasta que se encontró a solas. Aquella noche fue incapaz de dormir, a pesar de las caricias con que Lamass ī intentó mitigar su preocupación.

Transcurrieron calurosos días y frías noches, y los nómadas del norte siguieron adentrándose en las regiones más meridionales de Retenu. Un día el grupo de jinetes que avanzaba en cabeza se topó con algo. Rápidamente avisaron a Gurpa.

—¿Alguien sabe qué dice ahí?

—Seguro que nada bueno.

—Pero solo son dibujos. ¿Qué significan?

—Es su forma de escribir, Subaru. Esos dibujos transmiten un mensaje.

—¿Un mensaje? ¿Cuál? ¿Un consejo para caminantes, un aviso para ladrones? ¿Qué?

—Quizá sea un aviso para caminantes y un consejo para ladrones —bromeó Buzazu.

—No sé lo que pone ahí, pero en el fondo da igual. Lo que cuenta es qué simboliza esa piedra ahí puesta.

Frente a ellos se erguía, en la ruta que transcurría en medio de la desértica llanura y que de forma regular recorrían los mercaderes entre Amurru y Ugarit, un bloque rectangular de piedra granítica del tamaño de dos hombres y dos pies de grosor.

Su superficie por ambos lados estaba cubierta con grabados distribuidos en líneas horizontales, y en el semicírculo de la parte superior aparecía representada de perfil una figura humana. Buzazu se fijó en ella.

—Me recuerda a la estatua que había en el templo de Ba’al.

—Merneptah —confirmó Gurpa—. O alguno de sus sucesores.

Gurpa no se molestó en llamar a Sakar; probablemente él podría traducir las inscripciones grabadas en el monolito. Como había dicho alguien, importaba poco lo que allí hubiera escrito.

—Bien, ¿nadie puede decirme qué significa esa roca en medio del camino? —insistió Subaru.

—Es una estela fronteriza —dijo Buzazu—. Un hito que señala el límite de las posesiones del Señor de las Dos Tierras. Si seguimos adelante estaremos en territorio de los kemetyu , o al menos de una región que depende del faraón. Esta estela significa que si avanzamos ya no habrá marcha atrás.

Todos miraron en silencio el enorme bloque de granito.

Subaru no comprendía la trascendencia del momento; Buzazu aguardó la reacción de Gurpa, que alzó la vista a la línea del horizonte que se les mostraba por el sur.

A menos de una jornada de distancia las cálidas aguas del mar les cerraban el paso por occidente; a la izquierda lo hacían las ardientes e incómodas colinas donde trashumaban las numerosas tribus nómadas que señoreaban al otro lado de la cordillera.

Al frente, en algún lugar, estaba su destino.

Gurpa respondió a la pregunta que nadie se había atrevido a formular.

—Nunca ha habido marcha atrás.

Tomó las riendas del caballo y las sacudió con fuerza.

Los demás hicieron lo mismo, y poco después cientos de carros tirados por bueyes, por asnos, mulos y caballos, miles de personas, hombres, mujeres y niños a lomos de animales o caminando, portando bultos al hombro, en fardos transportados por bestias o arrastrados en parihuelas, cruzaron la invisible línea que separaba el territorio de Amurru de la arenosa región de Amki en posesión del faraón de Kemet, señor del País de las Dos Tierras y dueño de todo que existía al otro lado del horizonte.