10. RETENU #8
—Unos quinientos hombres. Dos compañías de soldados kemetyu , incluyendo un puñado de medjay de piel oscura y otros guerreros a sueldo. Eso era la guarnición de Šumur.
A lomos de un caballo, Gurpa escuchaba la información que le proporcionaban con la cabeza puesta en otros pensamientos.
Regresaban sin pérdida de tiempo al lugar donde habían dejado a los demás; atrás quedaba la ciudad, humeante dentro de sus murallas como un brasero de incienso. El calor apretaba también en el camino.
—No es esa la forma en que yo lo hubiese querido —dijo más para sí mismo que para Buzazu, que seguía hablando.
—Era arriesgado no hacer lo que hemos hecho, Gurpa, ya lo sabes. Quinientos hombres no son muchos, pero podrían haber bloqueado…
—Sí, bloqueado una huida que quién sabe si no sería necesaria, ante un ataque del faraón que tal vez no se produzca jamás.
—En otro tiempo no pensabas así. Eras tú mismo quien…
—Lo sé. Lo sé —repitió—. Somos lo que somos y hacemos lo que tenemos que hacer. Solo espero que los nuestros estén bien allá donde se han quedado.
Gurpa recordó haber recorrido Šumur al frente de más de un millar de guerreros, dejando tras de sí un reguero de sangre y cadáveres.
Como una procesión sagrada encargada de purificar a su paso casas y gentes, sometiéndolos a la catarsis de la muerte.
Y había descubierto en su deambular por la ciudad lo que ahora le recitaba su cuñado Buzazu: que Šumur, aun siendo la capital del norte de la región que los kemetyu llamaban Retenu, y por tanto un lugar muy importante para los intereses del faraón, contaba tan solo con dos compañías de soldados con los que defenderse de posibles ataques.
También le había dicho Buzazu, como si se tratara de un dato anecdótico que flotara por encima de la destrucción, que la población de Šumur era una amalgama de gentes nativas de Amurru y de otras muchas que provenían de otros lugares.
En medio de la matanza pudieron oír la lengua de los a ḫḫ iyawa en boca de artesanos que salían huyendo de sus talleres; la que se hablaba en Sardeis, en el País del río Seha, reino vecino de Wilios, sonó en las voces de las mujeres que sorprendieron tejiendo en las puertas de sus casas; palabras que Gurpa había oído en la isla de Alašiya las escuchó en Šumur.
También el idioma de los kemetyu y de los medjay , el de los hurritas, el luvita, el acadio y otros que le eran desconocidos.
Esa mezcolanza de lenguas y gentes era la misma que habían encontrado en Ugarit, Alalakh y más sitios a lo largo de su periplo; era en realidad la misma que se daba en el conjunto de pueblos que el destino le había llevado a guiar hacia Tameri.
Su familia y él eran de Ḫ atti, su esposa de Aššur, su sobrina Azzari de Wilios, Idrimi, su mejor amigo, de Ergani en Išuwa…
Un pensamiento le llevó a otro y la muerte de Idrimi se le hizo presente como el mayor de los pesos sobre su conciencia.
Era el precio que había tenido que pagar por la caída de Šumur.
Un peso que lo asfixiaba más que el de la propia destrucción de la ciudad.
Los habitantes de Šumur no eran enemigos: ¿por qué los mataron?
Los kaška sí lo eran y esa siempre fue la razón para acabar con ellos; ahora en cambio no existía motivo alguno.
Pero ¿por qué de repente le producía ese rechazo la sangre y la muerte de otros?
¿A él que había sido soldado y jamás se había preocupado por ello?
¿Por qué ahora todo eso sí ocupaba su pensamiento?
¿Acaso le había contagiado su hermano Kessi la apatía por la lucha, por la guerra?
Pese a ello, él no podía permitirse esa debilidad.
Hizo un gesto como si espantara una mosca y apartó así esos pensamientos de la mente.
Cuando llegaron junto al río Arantu, Walmu y Kurunta tardaron poco en narrar a los demás sus aventuras en Šumur, convirtiéndolas en hechos extraordinarios protagonizados por héroes.
Explicaron a Appu y Kessi su enfrentamiento con los hombres del faraón, unos guerreros que acudían al combate casi a pecho descubierto con escudos alargados hechos de cuero, extraños gorros en la cabeza y espadas con forma de hoz; otros llevaban cascos de cuernos y un disco aplanado clavado en medio de ellos, espadas de hojas largas similares a las usadas por los a ḫḫ iyawa y escudos redondos; otros tenían la piel negra como la noche, disparaban flechas y aplastaban cabezas con sus mazas.
Contaron también que les habían parecido menos numerosos de lo que esperaban, y no tan temibles.
Aunque era cierto que impresionaba verlos en formación, todos vestidos de igual manera y ejecutando maniobras como si se tratara de una sola persona; era la primera vez que veían algo así.
Explicaron después cómo Gurpa había irrumpido en la casa de quien era los ojos y los oídos del faraón en aquella región, lo había agarrado de las vestiduras y arrojado por la ventana.
Y cómo una vez acabó todo había prendido fuego su residencia, los graneros de Šumur y las casas de sus habitantes.
Kessi no aguardó al final de la historia y se fue.
La marcha hacia el sur se reanudó sin más demoras, y en su trayecto pasaron cerca de pequeñas aldeas que les ofrecían solícitas víveres y les lanzaban bienaventuranzas.
De este modo evitaban el saqueo. Otras en cambio, de mayor tamaño y protegidas por murallas o empalizadas, cerraban las puertas y con ello se condenaban a la destrucción.
Cayeron más poblaciones de Amurru y de Amki que contaban con guarniciones de kemetyu .
Los varios centenares de soldados que constituían la defensa de Ullaza tuvieron suerte: durante el ataque de los nómadas del norte ellos se encontraban a varios bêru de distancia, en las altas montañas del interior, talando cedros para su faraón; eso probablemente los libró de la muerte.
Corrieron peor fortuna los kemetyu , medjay y labu acantonados en Kumidi: fueron pasados a cuchillo y la fortaleza quemada y derruida.
Gurpa sabía que tarde o temprano dejarían de enfrentarse a simples guarniciones temerosas de perder la vida a manos de unos salvajes, y se las tendrían que ver con las disciplinadas tropas del Señor de las Dos Tierras.
En los días siguientes tuvo la precaución de recabar información sobre el ejército del faraón, contra quien él, a diferencia de su bisabuelo, nunca había llegado a enfrentarse.
Entre sus hombres hubo muchos que aseguraban conocer a fondo las tropas de Kemet, bien por haberlas sufrido o por haber militado en ellas como mercenarios.
Gurpa no prestó oídos a ninguno de los cabecillas, a quienes intuía demasiado seguros de sus posibilidades y, por tanto, poco fiables en sus valoraciones.
Prefirió depositar su confianza en alguien que conocía el ejército del faraón desde dentro: un viejo amigo del fallecido Idrimi, un veterano oriundo de una pequeña aldea de Kin ā na que pertenecía al grupo de Aššur.
Su nombre era Sakar: en su juventud había sido obligado a formar parte de una unidad de mercenarios del ejército de Kemet en varias campañas que los kemetyu emprendieron contra las tribus habbatum , sutu y aramu de Retenu; y rindió cuentas al faraón durante casi dos años, hasta que desertó.
—Sabía el castigo que me esperaba si me cogían.
Y sabía que mi familia iría a prisión por mi causa, como habría ido también si me hubiera negado desde el principio a ser reclutado.
Pero no me importó mucho: nunca me llevé bien con mi familia —acabó diciendo con cierto sentido del humor—.
Por eso el día que abandoné el ejército hui lejos y me dirigí tan al norte como pude: hasta el reino de Aššur.
Pero la vida da muchas vueltas y los dioses nos ponen a todos donde nos corresponde: casi cuarenta años después aquí estoy de nuevo, en Retenu.
Así que supongo que este es el lugar que me corresponde.
Sakar tenía tendencia a irse por las ramas y a llevar su relato al terreno personal, y Gurpa a menudo debía amonestarle para reconducir el tema.
Le contó que tras ser alistado entró a formar parte del grupo de los neferu , los novatos, y que los veteranos menfat disfrutaban gastándole bromas: cuando le dieron un saco donde guardar su ración de comida –carne de buey, pan, algunas verduras y un pequeño odre de vino–, impregnaron el interior del saco de sal solo para ver su expresión al probar los alimentos.
Al margen de las anécdotas personales, Sakar le dio detalles acerca de la estructura de las tropas.
—Ha pasado mucho tiempo, pero lo recuerdo bien —dijo.
Existían grandes escuadrones de soldados, explicó: quizá tres o cuatro en todo el ejército, cada uno de ellos formado por cinco millares de hombres.
Esos escuadrones estaban divididos en compañías de doscientos cincuenta hombres cada una, y estas a su vez en secciones de cincuenta soldados.
La mayoría de ellos iba armada con kepesh , espadas largas de hoja curva en su tramo final, útiles tanto para estocadas como para cortar y dar mandobles.
—Las unidades las dirige un portaestandarte, que da las órdenes a los soldados y los arenga sin cesar.
Si quieres un consejo, aunque quizá me equivoque, elimina a los portaestandartes y los soldados empezarán a moverse por el campo de batalla como serpientes sin cabeza.
También has de saber, Gurpa, que los kemetyu tienen cargos y oficios para todo.
Les encanta acompañar sus nombres con etiquetas que indiquen cuál es su misión: portaestandartes, comandantes de tropa, jefes de cincuenta hombres, jefes de las tropas auxiliares, escribas del ejército, jefes de arqueros, jefes de caballos…
—¿De caballos? ¿Hacen la guerra a caballo? ¿O te refieres a los carros?