10. RETENU #7
El muchacho tropezó y quedó tendido antes de lograr ponerse a salvo.
Los ojos de Idrimi se humedecieron y sus labios temblaron.
Cayó de costado y se llevó las manos a la herida del estómago.
La túnica de lino blanco se volvió roja.
Apoyó la cabeza contra el suelo, y lo último que vieron sus ojos fue el hacha de Subaru acercándose al niño, que lo miraba con espanto.
La mañana siguiente Kerkios volvió a dejar sola a Erita. Eumetas le condujo hasta una de las edificaciones de Maa, una especie de barracón de sólidos sillares de piedra y paredes de madera, adosado a la muralla interior.
—Podrías haber traído a tu hijo, Kerkios. Lo que voy a mostrarte sería como una lección de vida para él.
—Se ha quedado con su madre —explicó—. Ella está un poco… incómoda aquí en la isla y cuidarla le hace a Muballit sentirse importante.
Eumetas no pareció interesarse por la incomodidad de Erita.
—Espero que no lo dejes crecer sobre las rodillas de su madre; lo criará blando como un higo.
—No lo hará.
—A ti te ha ablandado.
Kerkios miró con ojos torvos a su tío y decidió obviar el comentario.
El lugar era umbrío pero el interior se abría a un patio descubierto.
En medio había un poste clavado en tierra, y ligado a él con gruesas cuerdas un hombre semidesnudo con la espalda sujeta al tronco.
Tenía la piel llena de heridas y sangre seca, suciedad y moratones.
Apenas podía abrir los ojos, hinchados por los hematomas.
—¿Querías que mi hijo viera esto?
—Se llama Wenamun y es timonel de los kemetyu .
Te contaré su historia. Quizá no hayas tenido tiempo aún de preguntarte cómo sé que esos nómadas del norte que te mencioné están cumpliendo su parte del plan y avanzan hacia Akupitija: pues lo sé porque hay hombres míos siguiéndolos.
Esos hombres emprendieron su camino de regreso a Kupirijo para informarme de lo que habían averiguado, subieron a un barco que les esperaba en Gubla y zarparon rumbo a Enkomi.
Cuando estaban a punto de perder de vista la costa se cruzaron con el barco de Wenamun y lo abordaron, claro.
Era una nave enorme, de al menos cuarenta y cinco codos de eslora; aunque su embarcación era mucho más pequeña, mis hombres no se arredraron: saltaron sobre la cubierta y se hicieron con él.
Y descubrieron que el único cargamento que transportaba era madera.
Troncos gigantescos, árboles talados y desmochados.
—¿Por qué me explicas todo eso, Eumetas?
Con un gesto llamó a uno de los individuos con lanza que había en el patio.
—Dile que vuelva a contárnoslo.
El hombre se acercó al maniatado y le dijo algo en una lengua desconocida para Kerkios. Wenamun, como si de la presteza en responder dependiera su vida, y tal vez así fuera, comenzó a hablar con voz quebrada y nerviosa. Lo hizo durante un largo rato. Cuando acabó, el lancero tradujo sus palabras.
—Dice que él, Wenamun, siervo de R ā , Dios del Sol, Señor de la luz, protegido de los dioses, fue enviado por User-ma ā t-R ā Meri-Amon R ā mese a la Montaña Alta de la Señora Hathor en Amki.
Allí honró con la sangre de cien reses y cien aves a Huwawa, guardián y señor de los bosques.
Este Huwawa su voz es el diluvio, su habla es fuego, su alientoesmuerte.
La hecatombe de Wenamun agradó a Huwawa y Wenamun obtuvo su aprobación.
En Ullaza mostró las palabras dibujadas en papiro por User-ma ā t-R ā Meri-Amon , y las tres centenas de hombres de Meri-Amon que estaban allí lo acompañaron a la montaña y talaron diez veces mil árboles âsh , los desbrozaron y los transportaron con bueyes y también por los cauces de los w ā dis hasta la ciudad de Gubla.
Wenamun estibó en las bodegas de centenares de kebenyut los troncos más pequeños, ató a las popas los más grandes y zarpó para cruzar el ‘Wadj wer rumbo a Kmt , donde su señor User-ma ā t-R ā Meri-Amon R ā mese le esperaba.
Pero uno de los kebenyut , aquel cuya espadilla sujetaba Wenamun, se rezagó y en las aguas fue asaltado por ḫ ȝ ty.u , extranjeros ikywš y škl a bordo de un barco con cabeza de ave y velas oscuras como el vino.
Su tripulación fue muerta, su nave apresada, su carga arrojada al mar y su cuerpo torturado y trasladado a la isla de Alasa, donde se encuentra ahora.
Y así es como ha venido a estar ante ti atado a este poste Wenamun, siervo de R ā , protegido de Amón y favorito de Huwawa; que ellos y los demás dioses de Kmt maldigan a quien toque un pelo de la cabeza de Wenamun.
El lancero terminó de traducir las palabras de Wenamun y Kerkios arrugó la nariz.
—Tendrás que ayudarme un poco, Eumetas, porque no he entendido ni la mitad de todo ese galimatías.
—Está muy claro: ese Meri-Amon es Ramsés, el faraón de Akupitija, y está llevando a su país ingentes cantidades de madera, tanta como no se había visto jamás, desde los lugares más recónditos a los que alcanza su poder.
Madera de âsh , Kerkios: de cedro. Los kemetyu usan ese material para fabricar dos cosas: sarcófagos para sus muertos y barcos.
Y yo no creo que el faraón esté planeando un suicidio colectivo de toda su raza.
Kerkios reflexionó. Empezaba a comprender.
—¿Este hombre ha dicho centenares de kebenyut ? Sé que esa palabra se refiere a un tipo de barcos de carga que usan en Gubla. Pero ¿centenares? ¿Llenos de troncos? Eso supone…
—… que el faraón está construyendo la mayor flota que puedas imaginarte.
Sí, barcos de guerra. ¿Y sabes por qué? Porque intuye algún peligro.
¿Y qué le hace pensar así? Yo no, desde luego, ya que hace mucho que no navego, ya me entiendes.
Me limito a controlar las rutas marítimas desde esta isla y asegurarme de que se mantenga un cierto equilibrio.
Y obtengo de todo ello el máximo beneficio posible, por supuesto.
No, yo no soy el culpable de que el faraón esté fabricando barcos: es Afareo, maldita sea.
Kerkios percibió al instante la crispación de su tío.
—Tu hermano y yo tomamos juntos Ugarit, es cierto, no lo negaré; pero después de eso debíamos ser discretos para, en el momento indicado, poder asestar al faraón el golpe de gracia y sin que él se lo esperara.
Sin embargo, la actitud de Afareo es la de un irresponsable.
¿Sabes que incluso se ha atrevido a enfrentarse a mí?
—El enfado creció en intensidad—. Desea mi posición en Kupirijo y ahora ha puesto sus miras en Akupitija.
Solo porque yo cometí el error de contarle mi idea.
Está quemando los puertos que los kemetyu tienen por toda la costa de Amki y Kin ā na.
Ha asaltado Akko, Ašqaluna, Gimti, Amqaru, Ašdod…
Y Ramsés se está preparando para luchar contra eso porque sospecha, y con razón, que en cualquier momento le llegará el turno al delta.
Kerkios recuperó en su memoria la imagen que tenía de Afareo siendo niño.
Cómo fue acusado de manera injusta por su padre, el dolor que sintió cuando se marchó y la alegría del reencuentro años después.
Pero esos recuerdos fueron enturbiados por la imagen del Afareo de los últimos tiempos, soberbio y dominante.
A pesar de todo, Kerkios se había reconciliado con él.
Era su hermano, a quien quería y cuyos defectos debía aprender a tolerar. Y tal vez también su tío.
—¿Y qué quieres de mí? ¿Que haga entrar en razón a Afareo? No pienso hacerlo.
—Por supuesto que no, a estas alturas ya no serviría de nada.
Lo que quiero es que te unas a mí una vez más.
Sin ti no podré ahogar a Ramsés en su maldito delta.
Estoy deseando tenerle entre mis manos y arrojar su cuerpo al río que cruza el país para que lo devoren los cocodrilos, esas bestias de mil dientes que dicen que viven allí.
Kerkios, te necesito a mi lado, no puedo confiar en nadie más.
Creí que Afareo… pero me equivoqué. ¿Es eso lo que quieres oír? Me equivoqué.
Kerkios se dio cuenta de que el enfrentamiento contra Akupitija se había convertido al mismo tiempo, en la mente de su tío, en un enfrentamiento contra Afareo.
—Creo que te equivocas, sí, pero no en eso sino en juzgar a Afareo tan duramente.
—¡Oh, por Posedao! —gritó irritado—. Bien, olvida a tu hermano. Quiero que estés conmigo en esto. Como cuando conquistamos esta maldita isla. Como en tantas otras ocasiones. Akupitija es la piedra preciosa más valiosa de este mundo: deseo compartirla contigo, pero para eso te necesito a mi lado.
Eumetas siguió hablando. Mencionó también las bondades y riquezas del País de las Dos Tierras, pero Kerkios ya no le escuchaba. Se había sumido en una lucha interior que en realidad sabía perdida desde el momento que subió al barco del emisario enviado a su miserable choza de Kutira.
—Ya no soy el que era, Eumetas. Ya no soy el de antes.
—¡Lo eres! Y si no, al menos quieres volver a serlo.
De lo contrario no habrías venido. Kerkios, yo pensé que si lo escuchabas de mí tal vez dudarías de todo lo que ahora sabes; por eso hice traer a ese hombre —señaló a Wenamun—, para que oyéndole a él no te cupiera duda de que las cosas son como te he explicado.
Ve ahora con tu esposa y tu hijo. Ve y diles a qué has venido aquí.
Diles que se preparen para vivir en el paraíso que nos espera a todos en Akupitija.
Kerkios abandonó el patio y salió del barracón, ebrio de rabia contra sí mismo y consciente de que su tío estaba en lo cierto, como casi siempre. Eumetas sonrió al verlo alejarse. Se acercó al lancero y le quitó el arma.
—Bueno, ha cumplido su cometido. Ya no es necesario.
Arrojó con fuerza la jabalina. La cuchilla se clavó en el poste, atravesándole el pecho y reventando el corazón de Wenamun. Escupió sangre por la boca y entre los dientes se le fue el soplo de vida, su nefesh , que ascendió al cielo sin sol que cubría sus cabezas.